La discusión se está
desarrollando de acuerdo a su propia lógica interna, Cada campo,
de acuerdo con su carácter social y su fisonomía política,
intenta atacar los puntos en que su oponente es más débil
y vulnerable. Esto es precisamente lo que determina el curso de la discusión,
y no los planes preconcebidos de los líderes de la oposición.
Es estéril lamentarse ahora del curso que ha tomado la discusión.
Pero no hay que perder de vista a los provocadores stalinistas, que los
hay en el partido, y que tiene órdenes de enrarecer la atmósfera
de la discusión y llevar el debate ideológico hacia la escisión.
No resulta difícil reconocer a estos caballeros: su celo es excesivo
y, naturalmente, artificial: sustituyen ideas y argumentos por chismes
y calumnias. Deben ser denunciados y expulsados mediante el esfuerzo conjunto
de las dos fracciones. Pero debemos llevar hasta el final la lucha de principios,
es decir, hasta la total clarificación de las cuestiones más
importantes que se han planteado. Para ello, es necesario llevar la discusión
al nivel teórico en el que se basa el partido.
Una proporción considerable
de los militantes de la sección americana, y de nuestra joven Internacional,
procede del Comintern, en su período de decadencia, o de la Segunda
Internacional. Han tenido malos maestros. La discusión ha revelado
que amplios círculos del partido carecen de educación teórica
de base. Basta con recordar, por ejemplo, que el Comité Local de
Nueva York no respondió con una vigorosa defensa a los intentos
iluminados de revisar la doctrina marxista y nuestro programa, sino que
apoyó mayoritariamente a los revisionistas. Es una lástima,
pero se puede remediar, porque la sección americana, y toda la Internacional,
está compuesta por individuos honrados que buscan sinceramente el
camino de la revolución. Tienen el deseo y la voluntad de aprender.
Pero no hay tiempo que perder. Precisamente, la penetración del
partido en los sindicatos, y en el medio obrero en general, requiere la
preparación teórica de nuestros cuadros. Y no quiero decir
con "cuadros" el "aparato", sino el conjunto del partido. Cada militante
debe considerarse y actuar como un oficial del ejército proletario.
"¿Desde cuándo sois
especialistas en filosofía?", preguntaron irónicamente miembros
de la oposición a representantes de la mayoría. La ironía
está totalmente fuera de lugar en este caso. El socialismo científico
es la expresión consciente del proceso histórico inconsciente;
es decir, el sentido instintivo y elemental del proletariado para reconstruir
la sociedad sobre bases comunistas. Estas tendencias orgánicas de
la psicología de los trabajadores se abren a la vida con mayor rapidez
en esta época de crisis y guerras. La discusión ha revelado,
por encima de cualquier otro asunto, una división en el partido
entre una tendencia pequeñoburguesa y una tendencia proletaria.
La tendencia pequeñoburguesa revela su confusión en su intento
de reducir el programa del partido a la pequeña esfera de las cuestiones
"concretas". Por el contrario, la tendencia proletaria sitúa todas
las cuestiones parciales dentro de una unidad teórica. No está
en juego en el momento actual la extensión con que los miembros
de la mayoría, en tanto que individuos, aplican el método
dialéctico. Pero es importante que la mayoría en su conjunto
se plantea las cuestiones en forma proletaria, y tiende a asimilar la dialéctica,
que es "el álgebra de la revolución". Los miembros de la
oposición, por lo que me han contado, se retuercen de risa cada
vez que se menciona la palabra "dialéctica". Este método
indigno no les será de mucha ayuda. La dialéctica del proceso
histórico ha castigado más de una vez cruelmente a los que
se han burlado de ella.
El último artículo
del camarada Schatman, "Carta abierta a Leon Trotsky", es un síntoma
alarmante. Revela que Schatman se niega a aprender de la discusión
y persiste en sus errores, explotando para ello no sólo el bajo
nivel teórico del partido, sino incluso los prejuicios pequeñoburgueses
de su fracción. Todo el mundo conoce la facilidad de Schatman para
hacer girar varios acontecimientos históricos en torno a uno u otro
eje. Esta habilidad le ha convertido en un gran periodista. Pero, por desgracia,
no es suficiente. Es preciso saber elegir el eje adecuado. Schatman está
absorto en el reflejo de la política en la literatura y en la prensa.
No siente ningún interés por los actuales procesos, de lucha
de clases, por la vida de las masas, las relaciones entre las distintas
capas de la clase trabajadora, etc. He leído algunos artículos
muy buenos de Schatman, alguno hasta brillante, pero no he encontrado en
ellos el menor comentario sobre la vida actual de la clase trabajadora
americana o su vanguardia.
Debo hacer un comentario en este
sentido: este es el caso no sólo de Schatman, sino de toda una generación
revolucionaría que, debido a una especial coyuntura histórica,
se ha desarrollado fuera del movimiento obrero. He escrito más de
una vez, en ocasiones anteriores, del peligro de degeneraci6n al que están
sometidos estos valiosos elementos, a pesar de su devoción a la
causa revolucionaria. Lo que fue en su tiempo una característica
inevitable de la adolescencia se ha convertido en hábito. El hábito
ha llegado a ser enfermedad. Si la enfermedad no se cuida, puede ser fatal.
Para evitar este peligro, es preciso abrir, conscientemente, un nuevo capítulo
en la vida del partido. Los periodistas y propagandistas de la IV Internacional
deben abrir un nuevo capítulo en su propia conciencia. Es necesario
rearmarse. Es necesario enfrentarse con el eje adecuado; dar la espalda
a los intelectuales pequeñoburgueses y ponerse al lado de los trabajadores.
No puedo concebir nada más
peligroso para el partido que creer que la causa de la crisis actual es
el conservadurismo de su sección obrera, y que la solución
sería el triunfo de la sección pequeñoburguesa. De
hecho, el nudo de la crisis actual es el conservadurismo de los elementos
pequeñoburgueses que no poseen más que una formación
puramente propagandística, y todavía no han encontrado su
sitio en el camino de la lucha de clases. La crisis actual es la batalla
final de esos elementos por su autoconservación. Cada miembro de
la oposición, como individuo, puede, si quiere, encontrar un sitio
adecuado para él en el movimiento revolucionario. Como fracción,
están sentenciados. En la lucha que se está desarrollando,
Schatman no está en el bando en que debería estar. Como ocurre
tantas veces, su lado débil ha triunfado sobre sus rasgos más
válidos. Por decirlo así, su "Carta abierta" es una representación
de ese lado débil.
Schatman ha olvidado una nadería;
su posición de clase. De ahí sus extraordinarios zigzags,
sus vacilaciones e improvisaciones. Sustituye el análisis de clase
por una serie de anécdotas inconexas con el único propósito
de cubrir su propio fallo, de camuflar la contradicción entre su
ayer y su hoy. Schatman procede así con la historia del marxismo,
la historia de su propio partido y la historia de la Oposición Rusa.
Y va acumulando error sobre error. Todas las analogías históricas
a las que ha recurrido hablan, como veremos, contra él.
Es mucho más difícil
corregir errores que cometerlos. Debo pedir paciencia al lector a la hora
de seguirme a lo largo de todos los zigzags de las operaciones mentales
de Schatman. Por mi parte, me comprometo a no limitarme a denunciar errores
y contradicciones, sino a contraponer, del principio al fin, la posición
proletaria a la pequeñoburguesa, la posición marxista a la
ecléctica. De este modo, quizá podamos aprender algo de la
discusión.
Schatman pregunta indignado:
"¿Cómo hemos podido nosotros, irreconciliables revolucionarios,
convertirnos de pronto en una tendencia pequeñoburguesa? ¿Dónde
están las pruebas? ¿Cuándo se ha mostrado esta tendencia
entre los líderes de la oposición, en los dos últimos
años?" (Boletín Interno, núm. 7, vol. 2, enero de
1940, pág. 11). ¿Por qué no cedimos en el pasado a
la influencia de la democracia pequeñoburguesa? Por qué durante
la guerra civil española... y suma y sigue. Este es el argumento
base de Schatman en su polémica contra mí, y lo tocará
repetidamente, con variaciones de todas clases, concediéndole, aparentemente,
una importancia excepcional. No se le había ocurrido que podría
volverse contra él.
El documento de la oposición
"La guerra y el conservadurismo burocrático" concede que Trotsky
acierta nueve veces de cada diez, quizá 99 de cada 100. El carácter
de esta concesión es extremadamente magnánimo. La proporción
de mis errores es mucho mayor. ¿Cómo explicar, sin embargo,
que dos o tres semanas después de escribir este documento, Schatman
decidiese de pronto que Trotsky:
a) es incapaz de adoptar
una actitud crítica hacia la información que se le suministra,
aunque uno de sus informadores, durante diez años, ha sido el propio
Schatman;
b) es incapaz de distinguir una
tendencia proletaria de una pequeñoburguesa, una tendencia bolchevique
de una menchevique;
c) es el paladín de la absurda
concepción de la "revolución burocrática", en lugar
de la de la revolución de masas;
d) es incapaz de dar una respuesta
concreta a las cuestiones de Polonia, Finlandia, etc.;
e) está manifestando una
tendencia a capitular ante el stalinismo;
f) es incapaz de comprender el significado
del centralismo democrático; y así ad infinitum.
En una palabra, en dos o tres semanas,
Schatman ha descubierto que Trotsky se equivoca el 99 por 100 de las veces,
especialmente cuando el propio Schatman anda por medio. Este segundo porcentaje
también me parece muy exagerado, aunque esta vez sea en el sentido
opuesto. En cualquier caso, Schatman descubre mi "tendencia a suplantar
la revolución de las masas por la revolución burocrática"
muchos más abruptamente de lo que yo descubrí su desviación
pequeñoburguesa.
El camarada Schatman me invita a
presentar pruebas de la existencia de una tendencia pequeñoburguesa
en el partido e n el último año, o en los dos o tres anteriores.
Es completamente comprensible que no quiera saber nada del pasado más
lejano. Así es que, de acuerdo con su invitación, me ciño
a los tres últimos años. Por favor, presten atención.
Voy a responder a los argumentos puramente retóricos de mi implacable
crítico con documentos exactos.
I
El 25 de mayo de 1937 escribí
a Nueva York sobre la política de la fracción leninista del
Partido Socialista:
"... Debo citar dos recientes documentos:
a) la carta privada de "Marx" sobre el congreso, y b) el artículo
de Schatman "Hacia un partido socialista revolucionario". El mismo título
de este artículo demuestra que se ha adoptado una perspectiva falsa.
Creo que los hechos, incluido el último congreso, están demostrando
que el partido está evolucionando hacia una especie de ILP, es decir,
un miserable aborto político centrista, sin ninguna perspectiva
y no hacia un partido "revolucionario".
La afirmación de que "el
Partido Socialista Americano está hoy más cerca de las posiciones
del marxismo revolucionario que cualquier otro partido de la II o III Internacionales"
es un cumplido totalmente inmerecido; el PSA está más atrasado
que formaciones europeas análogas, como el POUM, ILP, SAP, etc.
Nuestro deber es no ocultar esta ventaja negativa de Thomas y compañía
y no hablar de "la superioridad de esta resolución (la resolución
sobre la guerra) sobre cualquier otra adoptada antes por el partido". Esta
es una apreciación puramente literaria, puesto que cada resoluci6n
debe tomarse de acuerdo con las necesidades imperativas de los acontecimientos
históricos y la situación política...
En los documentos citados en esta
carta, Schatman revelaba una adaptabilidad excesiva al ala izquierda de
los demócratas pequeñoburgueses -mimetismo político-;
¡un síntoma muy peligroso en un político revolucionario!
Es muy importante tomar nota de su alta estima hacia la postura tan radical
de Norman Thomas respecto a la guerra... en Europa. Los oportunistas, como
es sabido, son más radicales cuanto más lejos están
de los hechos, cuanto menos les afectan los hechos en cuestión.
Teniendo presente esta ley, no es difícil estimar en su justo valor
la acusación de "tendencia a capitular ante el stalinismo" que nos
hacen Schatman y sus aliados. Porque, desde el Bronx, es mucho más
fácil ser enemigo irreconciliable del Kremlin que de los pequeñoburgueses
americanos.
II
De creer al camarada Schatman, he
traído por los palos a la discusión el asunto de la composición
de clase de las dos fracciones. Pero también ahora nos podemos referir
al pasado reciente.
El 3 de octubre de 1937, escribía
a Nueva York:
"He señalado cientos de veces
que un trabajador que pasa inadvertido en la vida "normal" del partido
suele revelar cualidades muy interesantes en los cambios de situación,
cuando no son ya suficientes las fórmulas generales ni los cauces
normales, cuando son necesarias cualidades prácticas y conocimiento
de la vida diaria de los trabajadores. En estas condiciones, un trabajador
inteligente revela su seguridad en sí mismo y su capacidad política,
en general.
En el primer período de desarrollo
de la organización, es inevitable la preponderancia de los intelectuales.
Pero es, al mismo tiempo, un grave obstáculo para la educación
de los trabajadores mejor dotados... En el próximo congreso, es
preciso introducir en los comités locales y en el central todos
los trabajadores que sean posibles. Para un trabajador, la actividad directiva
es una magnífica escuela...
La dificultad principal es que en
toda organización hay miembros tradicionales de cada comité,
y que consideraciones secundarias, personales y de fracción juegan
un gran papel en la elaboración de las listas de candidatos".
Nunca he visto que el camarada Schatman
prestase atención o demostrase interés por este tipo de cosas.
III
De creer al camarada Schatman, también
he introducido en la discusión el problema de la fracción
del camarada Abern, como concentración de individuos pequeño
burgueses, artificialmente y sin ninguna base real. Ya el 10 de octubre
de 1937, en una época en que Schatman marchaba codo con codo con
Cannon, y se consideraba que Abern no capitaneaba ninguna fracción,
escribí a Cannon:
"El partido sólo tiene una
minoría de auténticos trabajadores industriales... Los elementos
no proletarios son una levadura muy necesaria, y creo que debemos estar
orgullosos de su calidad... pero... nuestro partido puede inundarse de
elementos no proletarios y llegar a perder su carácter revolucionario.
Por supuesto, no se trata de impedir la entrada de intelectuales por métodos
artificiales... sino orientar, en la práctica, toda la organización
hacia las fábricas, las huelgas, los sindicatos...
Un ejemplo concreto; no podemos
dedicar fuerzas iguales ni suficientes a todas las fábricas. Nuestra
organización local puede elegir, para su actividad en el próximo
período, dos o tres fábricas de su área y concentrar
allí todas sus fuerzas. Si tenemos dos o tres trabajadores en una
de ellas, podemos crear un comité de ayuda de cinco no trabajadores
para aumentar nuestra influencia en esa fábrica.
Se puede hacer lo mismo en los sindicatos.
No podemos introducir no trabajadores en ellos, pero podemos hacer comisiones
que ayuden a los camaradas que están dentro con propaganda oral
o escrita. Es condición indispensable no mandar a los trabajadores,
sino ayudarles; hacerles sugerencias, proveerles de argumentos, ideas,
panfletos, etc.
Las acciones de este tipo pueden
tener una enorme importancia educativa tanto para los camaradas trabajadores
como para los no trabajadores, que necesitan una sólida reeducación.
Tenemos, por ejemplo, un número
importante de judíos no obreros en nuestras filas. Pueden ser una
levadura muy valiosa si el partido es capaz de salir de su círculo
cerrado y conectar cada vez más con los trabajadores industriales
en la actividad diaria; creo que esto aseguraría también
una atmósfera más sana dentro del partido...
Podemos establecer inmediatamente
una norma general: un militante que no es capaz de ganar cada tres o seis
meses un obrero para el partido no es un buen militante.
Si establecemos seriamente esta
orientación y verificamos los resultados cada semana habremos evitado
un gran peligro: que los intelectuales y trabajadores de cuello blanco
acaben por suprimir a la minoría obrera, la condenen al silencio,
conviertan el partido en un club de discusión muy inteligente, pero
absolutamente inhóspito para los obreros.
Hay que elaborar normas paralelas
para el trabajo y el reclutamiento de la organización juvenil, pues
de lo contrario corremos el riesgo de producir dilettantes revolucionarios
en lugar de luchadores."
Como es obvio, no menciono en esta
carta el peligro de una desviación pequeñoburguesa al día
siguiente del pacto entre Hitler y Stalin, o del desmembramiento de Polonia,
pero sí queda claro que vengo previéndola persistentemente
desde hace dos años y más. Más aún: señalaba
-porque tenla presente precisamente la "inexistente" fracción de
Abern- la necesidad de que los elementos pequeñoburgueses judíos
del Comité de Nueva York se desvinculasen de su medio conservador
y se desparramasen por el movimiento obrero, para clarificar la atmósfera
del partido. Precisamente por eso, esta carta, escrita dos años
antes de que empezara esta discusión, tiene mucho más valor
que todos los escritos de los líderes de la oposición sobre
los motivos que me han impulsado a salir en defensa de la "banda de Cannon".
IV
Nunca ha sido para mí un secreto
la inclinación de Schatman a sucumbir a la influencia pequeñoburguesa,
especialmente a la académica y literaria. En época de la
Comisión Dewey, el 14 de octubre de 1937, escribí a Cannon,
Schatman y Warde.
"... Insisto en la necesidad de
introducir en el Comité representantes de grupos obreros, para crear
canales de comunicación entre él y las masas... Los camaradas
Warde, Schatman y otros se han mostrado de acuerdo conmigo en este punto.
Analicemos juntos las posibilidades prácticas de realizar este plan...,
pero después, a pesar que he planteado el tema repetidas veces,
no he vuelto a tener información y sólo he oído accidentalmente,
que el camarada Schatman se oponía. ¿Por qué? Lo ignoro."
Schatman nunca me ha comunicado
sus motivos. En mi carta, me expresé con la mayor diplomacia, pero
no me cabe la menor duda de que Schatman temía herir la excesiva
sensibilidad política de nuestros aliados temporales liberales,
aunque de labios afuera expresara su acuerdo conmigo; en este sentido,
Schatman demostró especial "delicadeza".
V
El 15 de abril de 1938 escribí
a Nueva York:
"Estoy un tanto asombrado de la
publicidad que se ha dado a la carta de Eastman publicada en el New International.
Estoy de acuerdo con que se publique la carta, pero la prominencia que
se le da en portada y su combinada con el hecho de silenciar el artículo
de Eastman en Harper's, es un tanto comprometedora para el New International.
Mucha gente puede interpretar este hecho como una debilidad nuestra; cerramos
los ojos a los principios cuando anda por medio la amistad."
VI
El 1 de junio de 1938 escribí
al camarada Schatman:
"Me resulta difícil comprender
por qué te muestras tan tolerante e incluso amistoso, con Mr. Eugene
Lyons. Por lo visto, habla en tus banquetes, a la vez que habla en los
banquetes de los Guardias Blancos."
Esta carta proseguía la lucha
por una mayor independencia de política de los denominados "liberales",
quienes, mientras luchaban contra la revolución, desean mantener
buenas relaciones con el proletariado, porque esto dobla su valor a los
ojos de la opinión pública burguesa.
VII
El 6 de octubre de 1938, casi un
año antes de que empezara la discusión, escribí sobre
la necesidad de que la prensa del partido se volviera decididamente de
cara a los trabajadores:
"Es muy importante a este respecto
la actitud del Socialist Appeal. Es, sin duda alguna, un periódico
marxista muy bueno, pero no un auténtico instrumento de acción
política... He intentado interesar en este sentido al equipo de
redacción del Socialist Appeal, pero sin éxito."
En estas notas es evidente un tono
de disgusto. Y no es accidental. El camarada Schatman está más
interesado en episodios literarios aislados de luchas acabadas hace mucho
tiempo que en la composición de clase de su propio partido o de
los lectores de su periódico.
VIII
El 20 de enero de 1939, en una carta
que ya he citado en relación con el materialismo dialéctico,
toqué otra vez el tema de la inclinación del camarada Schatman
hacia la fraternidad con el medio literario pequeñoburgués:
"No puedo entender por qué
el Socialist Appeal está descuidando tanto la información
sobre el Partido Stalinista. Dicho partido es actualmente una masa de contradicciones
y las escisiones deben ser inevitables. Nuestras próximas adquisiciones
importantes provendrán del Partido Stalinista. Deberíamos
concentrar en él nuestra atención política. Debemos
seguir el desarrollo de sus contradicciones día a día y hora
a hora. Alguien de la redacción debería dedicar la mayor
parte de su tiempo a seguir las ideas y acciones de los stalinistas. Podemos
provocar una discusión y, si es posible, publicar cartas de stalinistas
vacilantes.
Esto sería mil veces más
importante que invitar a Eastman, Lyons y demás a presentar sus
paridas individuales. Estaba un poco enfadado porque habías publicado
el último artículo de Eastman, tan insignificante y arrogante...
Pero lo que me ha dejado completamente perplejo es que hayas invitado personalmente
a esa gentuza a manchar las escasas páginas del New International.
La perpetuación de esta polémica puede interesar a algunos
intelectuales pequeñoburgueses, pero no a los elementos revolucionarios.
Estoy firmemente convencido de que
es necesaria una cierta reorganización del Socialist Appeal y del
New International; alejarlos de Eastman, Lyons y demás y acercarlos
a los trabajadores y, en este sentido, al Partido Stalinista."
Los últimos acontecimientos
han demostrado, aunque sea triste reconocerlo, que Schatman no se alejó
de Eastman y compañía, sino que, por el contrario, se acercó
más a ellos.
IX
El 27 de mayo de 1939 volví
a escribir sobre el carácter del Socialist Appeal, en relación
con la composición de clase del partido:
"Me he dado cuenta en seguida de
que estáis teniendo dificultades con el Socialist Appeal. El periódico
está muy bien hecho, desde el punto de vista periodístico;
pero es un periódico par a los trabajadores, y no de los trabajadores...
Tal como es, el periódico
está dividido entre varios escritores, muy buenos individualmente,
pero que, colectivamente, no permiten al trabajador "entrar" en las páginas
del Appeal. Todos hablan para los trabajadores (y lo hacen muy bien), pero
nadie los escucha. A pesar de su brillantez literaria, el periódico
es, en cierto modo, víctima de la rutina periodística. No
se habla en absoluto de cómo el trabajador vive, lucha, se enfrenta
a la policía o toma una copa. Y todo esto es muy importante para
un periódico que es un instrumento revolucionario del partido. No
se trata de hacer un periódico sumando las fuerzas de un hábil
equipo de redacción, sino de conseguir que los trabajadores hablen
por sí mismos.
Para lograr el éxito es necesario
un cambio valiente y radical...
Por supuesto, no es sólo
un problema del periódico, sino de toda la política del partido.
Sigo siendo de la opinión de que tenéis demasiados chicos
y chicas pequeñoburgueses, todos muy buenos y dedicados al partido,
pero que no son del todo conscientes de que su deber no es sólo
discutir entre ellos, sino lanzarse al fresco ambiente de los trabajadores.
Repito mi propuesta: todo militante que en un cierto tiempo, pongamos de
tres a seis meses, no sea capaz de ganarse un trabajador para el partido
deberá pasar el status de simpatizante y, tras otros tres meses,
ser expulsado del partido. En algunos casos puede ser injusto, pero el
partido, en su conjunto, recibiría un choque que, en estos momentos,
necesita mucho. Es necesario un cambio muy radical."
Al proponer medidas tan draconianas,
como la expulsión de los militantes pequeñoburgueses que
se mostrasen incapaces de establecer vínculos personales con los
trabajadores, no estaba pensando en "defender" la fracción de Cannon,
sino en salvar al partido de la degeneración.
X
Escribí al camarada Cannon
respecto a ciertos comentarios escépticos sobre el SWP que habían
llegado a mis oídos, el 16 de junio de 1939:
"La situación de pre-guerra,
el incremento del nacionalismo y demás son obstáculos naturales
a nuestro desarrollo y la causa profunda del desánimo que se observa
en nuestras filas. Debemos subrayar una vez más que, cuanto más
pequeñoburguesa sea la composición del partido, más
vulnerable será a los cambios de la opinión pública
oficial. Este es un argumento más de la necesidad de una valiente
y activa reorientaci6n hacia las masas.
Los razonamientos pesimistas que
mencionas en tu artículo son, naturalmente, reflejo de la presión
patriótica y nacionalista de la opinión pública oficial:
"Si el fascismo vence en Francia... Si el fascismo vence en Inglaterra...
Etc." Las victorias del fascismo son importantes, pero más lo es
la agonía de muerte del capitalismo."
Planteé este problema de
la dependencia del ala pequeñoburguesa del partido de la opinión
pública oficial varios meses antes de que empezara esta discusión,
y no la traje por los pelos para desacreditar a la oposición.
El camarada Schatman pedía
que estableciese "precedentes" de tendencia pequeñoburguesas entre
los líderes de la oposición en el pasado. Acabo de hacerlo,
singularizando además al mismo camarada Schatman. Todavía
tengo muchos más materiales para ello. Dos cartas -una del camarada
Schatman y otra mía-, que son unos "precedentes" muy notables, y
que citaré concretamente en relación con otro tema. Schatman
puede objetar que en las faltas y errores denunciadas en la correspondencia
han incurrido también otros camaradas, algunos miembros de la mayoría
actual. Puede ser. Pero no se repite en vano el nombre de Schatman. Mientras
que otros han cometido errores circunstanciales, él ha evidenciado
una tendencia.
En cualquier caso, puedo demostrar,
documentos en mano -y espero haberlo hecho-, en contra de la afirmación
de Schatman de que mis juicios han sido "repentinos" e "inesperados", que
mi artículo "La oposición pequeñoburguesa..." no es
más que un resumen de mi correspondencia con Nueva York durante
los tres últimos años (en realidad, durante los diez últimos).
Schatman quería "precedentes" ahí los tiene. Y hablan completamente
contra él.
El
bloque filosófico contra el marxismo
Los círculos de
la oposición creen que yo introduje el tema del materialismo dialéctico
porque no tenía una respuesta "concreta" para la cuestión
de Finlandia, Latvia, India, Afganistán, Baluchistán, etc.
Este argumento, vacuo de por sí, es interesante porque revela el
nivel al que se mueven algunos elementos de la oposición, su actitud
hacia la teoría y hacia la lealtad ideológica más
elemental. No olvidaré mencionar, sin embargo, que mi primera conversación
seria con los camaradas Schatman y Warde, en enero de 1937, nada más
llegar a México, fue sobre la necesidad de propagar insistentemente
el materialismo dialéctico. Tras la escisión de nuestra Sección
americana del Partido Socialista, insistí en la posible publicación,
lo antes posible, de un órgano teórico, con la idea de educar
al partido, sobre todo a sus nuevos miembros, en el espíritu del
materialismo dialéctico. Por aquella época escribí
que era precisamente EE.UU., donde la burguesía inyecta constantemente
a los trabajadores empirismo vulgar, el lugar donde era más necesario
impulsar la elevación del movimiento a un nivel teórico adecuado.
El 20 de enero de 1939 escribí al camarada Schatman, respecto a
su artículo "Intelectuales en retirada":
"El apartado sobre dialéctica
es el peor golpe que usted personalmente, como editor del New International,
podría haberle dado al marxismo... ¡Bien! Hablaremos de ello
públicamente."
Así es que avisé a
Schatman con más de un año de antelación de que pensaba
iniciar una lucha abierta contra sus tendencias eclécticas. Por
esa época, todavía no se había empezado a hablar de
la oposición; pero yo sabía ya que el bloque filosófico
contra el marxismo podría preparar el terreno para un bloque político
contra el programa de la IV Internacional.
El carácter de las diferencias
que han surgido no hace sino confirmar mis temores, basados tanto en la
composición social del partido, como en la mala educación
teórica de sus cuadros. No me ha hecho falta cambiar mis ideas ni
introducir temas "artificialmente". No he hecho sino plantear las cosas
tal y como están actualmente. Dejadme añadir que me siento
avergonzado por tener que justificarme de haber tenido que salir en defensa
del marxismo en una de las secciones de la IV Internacional.
En su "Carta abierta" el camarada
Schatman se refiere explícitamente al hecho de que el camarada Vincent
Dunne comentara favorablemente el artículo sobre los intelectuales.
Yo también dije de él: "Algunas partes son excelentes." Pero,
como dice el proverbio ruso, una cucharada de alquitrán estropea
un barril de miel. Estamos hablando precisamente de esa cucharada de alquitrán.
El apartado dedicado al materialismo dialéctico incluye una serie
de concepciones monstruosas desde el punto de vista marxista, cuya intención
era, como hemos visto después claramente, preparar el terreno para
una alianza política. En vista de la terquedad con que insiste Schatman
en que he utilizado dicho artículo como pretexto, permitidme que
cite de nuevo el pasaje central del apartado en cuestión:
"... nadie ha demostrado todavía
que el acuerdo o desacuerdo con las abstractas doctrinas del materialismo
dialéctico afecte (!) a los acontecimientos políticos de
hoy o de mañana, y los partidos políticos, sus programas
y sus luchas se basan en estos acontecimientos concretos". (The New International,
enero de 1939, ver contenido de Carta a James P. Cannon.) ¿No es
suficiente? Lo más sorprendente es esa fórmula, tan inútil
a los revolucionarios: "... los partidos políticos, sus programas
y sus luchas se basan en estos acontecimientos concretos". ¿Qué
partidos? ¿Qué programas? ¿Qué luchas? Se mezclan
aquí todos los partidos políticos. El partido del proletariado
es diferentes a todos los demás. Y no se basa en absoluto en esos
"acontecimientos concretos". Es diametralmente opuesto, desde sus mismas
bases, a los partidos de chalanes burgueses y traperos pequeñoburgueses.
Su misión es preparar la revolución social y regenerar la
humanidad mediante el cambio de sus bases materiales y morales. Para no
desviarse bajo la presión de la opinión pública ni
de la represión policial, el proletario revolucionario, en especial
si se trata de un líder, necesita una visión del mundo clara,
precisa, completamente racional. Sólo sobre la base de una concepción
marxista unificada es posible enfocar correctamente las cuestiones "concretas".
Precisamente ahora empieza la traición
de Schatman, una auténtica traición teórica, no un
mero error, como quise creer el año pasado. Siguiendo los pasos
de Burnham, Schatman enseña al joven partido revolucionario "que
nadie ha podido demostrar" que el materialismo dialéctico afecte
a la actividad política del partido. "Nadie ha podido demostrar",
es decir, el marxismo no sirve para nada en la lucha del proletariado.
Por tanto, el partido no tiene la más mínima razón
para apoyar y defender el materialismo dialéctico. Esto no es más
que el rechazo del marxismo, del método científico en general,
la capitulación más vergonzosa al empirismo. Precisamente
esto es la alianza filosófica de Schatman con Burnham, y a través
de él con los sacerdotes de la "Ciencia" burguesa. Era precisamente
a esto, y sólo a esto, a lo que yo me refería en mi carta
del 20 de enero del año pasado.
El 5 de marzo me contestó
Schatman: "He releído el artículo de Burnham y Schatman al
que se refiere usted, y aunque, a la luz da sus palabras, haría
alguna que otra modificación (!) si tuviera que escribirlo de nuevo,
no puedo estar de acuerdo con lo esencial de su crítica."
Esta respuesta, como pasa siempre
con Schatman en situaciones serias, no quiere decir nada en sí misma;
pero da la impresión de dejar abierta una vía para retirarse.
Hoy, en el frenesí de la lucha fraccional, promete "hacerlo una
y otra vez". ¿Hacer qué? ¿Capitular ante la "Ciencia"
burguesa? ¿Rechazar el marxismo?
Schatman me explicó largo
y tendido (ahora veo con qué propósitos) la utilidad de tal
o cual alianza política. Pero yo estoy hablando de lo injustificable
de su traición teórica. Una alianza puede justificarse según
su contenido y sus circunstancias. Pero ninguna alianza puede justificar
una traición teórica. Schatman arguye que su artículo
tenía un carácter puramente político. Yo no hablo
del artículo, sino del apartado en el que renuncia al marxismo.
Si
un libro de texto de física dedica sólo dos líneas
a decir que Dios es la causa primera, se puede decir que el autor es un
oscurantista sin miedo a equivocarse.
Schatman no contesta a la acusación,
pero trata de distraer la atención, dirigiéndola a asuntos
irrelevantes. "¿En qué difiere lo que usted llama "mi alianza
filosófica con Burnham" de la de Lenin con Bogdanov? ¿Por
qué aquélla se basaba en principios y ésta carece
de ellos? Me gustaría mucho conocer su respuesta a estas preguntas."
Pues bien, voy a mostrar la diferencia, o mejor dicho, la oposición
política que existe entre ambas alianzas. Estamos tratando el tema
del método marxista, ¿no es eso? Pues ahí reside precisamente
la diferencia. Lenin nunca declaró, en beneficio de Bogdanov, que
el materialismo dialéctico fuera superfluo para resolver "cuestiones
políticas concretas". Lenin nunca confundió teóricamente
el partido bolchevique con los partidos en general. Era orgánicamente
incapaz de semejantes abominaciones. Y no sólo él, sino cualquiera
de los bolcheviques serios. Esa es la diferencia. ¿La véis?
Schatman me prometió sarcásticamente prestar todo su interés
a una respuesta clara. Creo que he dado la respuesta. Y no exijo el "interés".
Lo
abstracto y lo concreto; economía y política
El apartado más
lamentable de la lamentable obra de Schatman es el capítulo "El
estado y el carácter de la guerra". "¿Cuál es nuestra
posición? -dice-. Sencillamente, ésta; es imposible deducir
directamente nuestra política en una guerra determinada, de caracterizaciones
abstractas del carácter de clase del estado implicado en dicha guerra,
y particularmente de las formas de propiedad que prevalecen en dicho estado.
Nuestra política debe surgir del análisis concreto del carácter
de la guerra en relación con los intereses de la revolución
socialista internacional." (Op. cit., pág. La guerra actual y el
destino de la sociedad moderna. La cursiva es mía.) ¡Vaya
lío! Si es imposible deducir nuestra política directamente
del carácter de clase de un estado, ¿podemos hacerlo indirectamente?
¿Por qué es abstracto el análisis del carácter
de un estado y concreto el de una guerra? Desde un punto de vista formal,
podríamos decir con el mismo derecho (de hecho, con mucho más),
que nuestra política respecto a la URSS no debe deducirse de una
caracterización abstracta de la guerra como "imperialista", sino
del análisis concreto del carácter del estado en unas circunstancias
históricas dadas. El sofisma fundamental, sobre el que Schatman
construye todos los demás, es bastante simple: dado que la base
económica determina no inmediatamente la superestructura; dado que
el carácter de clase de un estado no es suficiente para resolver
los problemas políticos, por lo tanto... perdemos seguir adelante
sin examinar la base económica ni el carácter de clase del
estado; reemplazándolos, según la periodística frase
de Schatman, por la "realidad de los acontecimientos vivos". (Op. cit.,
ver introducción pag. La teoría del "colectivismo burocrático".)
El mismo artificio que construyó
Schatman para justificar su alianza filosófica con Burnham (el materialismo
dialéctico no determina inmediatamente nuestra política...
luego no afecta, en general, "a las tareas políticas concretas"),
se repite ahora palabra por palabra en relación a la sociología
marxista; ya que las formas de propiedad no determinan inmediatamente la
política de un estado, es posible tirar por la borda la sociología
marxista en general, a la hora de determinar "tareas políticas concretas".
Pero, ¿por qué detenerse
aquí? Puesto que la ley del valor de trabajo no determina los precios
"directa" ni "inmediatamente"; puesto que las leyes de la selección
natural no determinan "directa" ni "inmediatamente" el nacimiento de un
lechón; puesto que la ley de la gravedad no determina "directa"
ni "inmediatamente" que un policía borracho se caiga rodando por
las escaleras.... dejamos a Marx, Darwin, Newton y demás amantes
de las "abstracciones" cubrirse de polvo en los estantes. Esto es nada
menos que el entierro solemne de la ciencia, porque el desarrollo científico
va, sobre todo, de las causas "directas" e "inmediatas" a las más
profundas y remotas, de la variedad caleidosc6pica de los acontecimientos
a la unidad de las fuerzas rectoras.
La ley del valor del trabajo no
determina los precios "inmediatamente, pero, por lo menos, los determina.
Un fen6meno concreto, como la bancarrota del New Deal, encuentra su explicación,
en último análisis, en la "abstracta" ley del valor. Rooswelt
no lo sabía, pero un marxista no podía ignorarlo. Las formas
de propiedad determinan, no inmediatamente, sino a través de amplias
series de factores intermedios y de su interacci6n recíproca, no
sólo la política, sino incluso la moral. Un político
proletario que ignora la naturaleza de clase del estado acabará
igual que el policía que ignoraba la ley de la gravedad; es decir,
rompiéndose las narices.
Obviamente, Schatman no tiene en
cuenta la distinción entre lo abstracto y lo concreto. Al enfrentarse
a lo concreto, nuestra mente opera con abstracciones. Incluso ese perro
"concreto", "dado", es una abstracción, porque cambia constantemente,
por ejemplo, moviendo la cola cuando le señalamos con el dedo. La
concreción es un concepto relativo, no absoluto; lo que es concreto
en un caso, es abstracto en otro; es decir, insuficientemente definido
para determinado propósito. Para obtener un concepto lo bastante
"concreto" para satisfacer una necesidad determinada, es necesario correlacionar
varias abstracciones en una sola, lo mismo que para reproducir una secuencia
viva en la pantalla es necesario combinar varios fotogramas.
Lo concreto es una combinación
de abstracciones, pero no una combinación arbitraria o subjetiva,
sino la que corresponde a las leyes del movimiento de un fenómeno
determinado.
"El interés de la revolución
socialista internacional", al que apela Schatman contra la naturaleza de
clase del estado, significa, en ese momento dado, la más vaga de
todas las abstracciones. Después de todo, el tema que nos ocupa
es precisamente este: ¿de qué forma concreta podemos servir
mejor los intereses de la revolución? Y no podemos evitar recordar
que la misión de la revolución socialista es crear el estado
obrero. Por lo tanto, antes de ponerse a hablar sobre la revolución
socialista es preciso distinguir entre "abstracciones" como burguesía
y proletariado, estado burgués y estado obrero, etc.
Schatman malgasta su tiempo, y el
de los demás, en probar que la propiedad nacionalizada no determina
"por si misma", "automáticamente", "directamente", "inmediatamente",
la política del Kremlin. Existe una rica literatura marxista sobre
la forma en que la estructura económica determina la superestructura
política, jurídica, filosófica, artística etc.
La opinión de que lo económico determina directa e inmediatamente
la creatividad de un compositor o el veredicto de un juez es una burda
caricatura del marxismo que han hecho circular los académicos de
todos los países, para disimular su impotencia intelectual.
Pero respecto al tema que nos ocupa,
la interrelaci6n entre las bases económicas del Estado soviético
y la política del Kremlin, permitidme recordar al desmemoriado Schatman
que llevo diecisiete años hablando públicamente de la creciente
contradicción entre las bases sentadas por la Revolución
de Octubre y las tendencias de la "superestructura" del estado. He seguido
paso a paso la creciente independencia de la burocracia respecto al proletariado
soviético y el incremento de su dependencia respecto a clases y
grupos de dentro y fuera del país. ¿Tiene Schatman algo que
añadir a éste análisis?
Sin embargo, aunque lo económico
no determine lo político directa ni inmediatamente, sino en último
análisis, por lo menos, lo determina. Los marxistas hacemos esta
afirmaci6n contra los teóricos burgueses y sus discípulos.
A la vez que analizamos y denunciamos la creciente independencia de la
burocracia respecto al proletariado, no perdemos de vista las fronteras
sociales objetivas de tal "independencia"; es decir, la propiedad nacionalizada,
suplementada por el monopolio del comercio exterior.
¡Sorprendente! Schatman sigue
apoyando el slogan sobre la revolución política contra la
burocracia soviética. ¿Ha pensado alguna vez seriamente en
el significado de esa consigna? Si mantenemos que las bases sentadas por
la Revolución de Octubre se reflejan "automáticamente" en
la política del estado, ¿por qué íbamos a proponer
una revolución política contra la burocracia? Si, por el
contrario, la URSS ha dejado de ser un estado obrero, sería precisa
una revoluci6n social, no política. Schatman, consecuentemente,
defiende la siguiente consigna: l) por el carácter de la URSS como
estado obrero; 2) por el antagonismo irreconciliable entre las bases sociales
del estado y la burocracia. Pero, a la vez que la repite, trata de socavar
sus bases teóricas. ¿Para demostrar una vez más la
independencia de su política respecto a "abstracciones" científicas?
Con el pretexto de luchar contra
la caricatura burguesa del materialismo dialéctico, Schatman abre
de par en par las puertas al idealismo histórico. Para él,
las formas de propiedad o la naturaleza de clase del estado son cuestiones
indiferentes a la hora de analizar la política de un gobierno. El
propio estado no es sino un animal de sexo indeterminado. Con los pies
bien plantados en su lecho de plumas, Schatman nos explica pomposamente
-hoy, en 1940- que además de la propiedad nacionalizada hay que
tener en cuenta la basura bonapartista y su política reaccionaria.
¡Vaya novedad! ¿Qué se cree? ¿Qué está
hablando en un jardín de infancia?
Schatman
se alía... también con Lenin
Para camuflar su falta
de entendimiento de la esencia del problema de la naturaleza del Estado
soviético, Schatman se aferra a las palabras que Lenin pronunció
contra mí, el 30 de diciembre de 1920, en la llamada Discusión
Sindical: "El camarada Trotsky habla de estado obrero... Permitidme corregirle,
eso es una abstracción... Nuestro estado es, en realidad, un estado
de obreros y campesinos... Nuestro estado actual es el que debe defender
el proletariado organizado en él, y debemos utilizar estas organizaciones
obreras para defender a los trabajadores contra el estado, y para la defensa
del estado por los trabajadores." Basándose en esta cita, Schatman
se apresura a declarar que he repetido mi "error" de 1920. Pero en su precipitación,
deja escapar un error aún mayor que hay en la propia cita. El 19
de enero de 1921, el propio Lenin escribió, respecto a su discurso
del 30 de diciembre: "Afirmé que nuestro estado no es un estado
obrero, sino un estado de obreros y campesinos..." Al leer el informe de
la discusión, me doy cuenta de que estaba equivocado... Debería
haber dicho: El estado obrero es una abstracción. El nuestro es
un estado obrero con las características siguientes: l) la población
campesina predomina sobre la obrera, y 2) es un estado obrero con deformaciones
burocráticas." Podemos sacar dos conclusiones de este episodio:
a Lenin le importaba tanto la definición sociológica precisa
del estado que estimó necesario autocorregirse en plena polémica.
Y a Schatman le importa tan poco la naturaleza del Estado soviético
que, en veinte años, no se ha dado cuenta ni del error de Lenin
ni de su corrección.
No voy a entrar ahora en detalles
sobre lo adecuado de la crítica que me hizo Lenin. Creo que era
incorrecta. En realidad, no había diferencia alguna entre nuestras
definiciones del estado. Desde mi punto de vista, la formulación
de Lenin de la cuestión del estado -unida a la corrección
que hizo días después- es completamente exacta. Pero escuchemos
el increíble uso que hace Schatman de la definición de Lenin:
"igual que hace veinte años se podía decir que el "estado
obrero" era una abstracción, hoy podemos decir que el "estado obrero
degenerado" es otra abstracción". (Op. cit., pág. La teoría
del "colectivismo burocrático".) Es evidente que Schatman no ha
entendido a Lenin. Hace veinte años, el término "estado obrero"
no podía considerarse, de ninguna manera, una abstracción;
es decir, algo irreal o inexistente. La definición de "estado obrero",
aunque correcta en sí misma, era inadecuada para tareas particulares,
en concreto, para la defensa de los trabajadores a través de sus
sindicatos, y sólo en este sentido era abstracta. Sin embargo, en
relación con la defensa de la URSS frente al imperialismo, esta
misma definicí6n era en 1920, y lo es hoy todavía, totalmente
concreta, y por ello los trabajadores están obligados a defender
dicho estado.
Schatman no está de acuerda.
Escribe que: "Igual que fue preciso, en relación con el problema
de los sindicatos, hablar de qué clase de estado obrero había
en la URSS, es preciso establecer ahora, en relación con el tema
de la guerra, el grado de degeneración del estado soviético...
Y este grado de degeneración no puede establecerse sólo mediante
referencias abstractas a la existencia de propiedad nacionalizada, sino
observando la realidad de los acontecimientos vivos Desde este punto de
vista es imposible explicar por qué en 1920 la cuestión del
carácter de la URSS salió a colación en relación
con los sindicatos, es decir, con un asunto interno, mientras que hoy lo
es respecto a la defensa de la URSS, es decir, en relación con el
destino global del estado. En el primer caso, el estado obrero atacaba
a los trabajadores; en el segundo, a los imperialistas. La analogía
es coja de ambas piernas; Schatman identifica lo que contraponía
Lenin.
Por lo menos, si tomamos las palabras
de Schatman al pie de la letra, podemos concluir que lo que le interesa
es el grado de degeneración (¿de qué?, ¿de
un estado obrero?); es decir, diferencias cuantitativas de evaluación.
Supongamos que Schatman ha logrado establecer el grado (¿dónde?)
más precisamente que yo. Pero, ¿cómo pueden afectar
diferencias cuantitativas en la evaluación de la degeneración
de un estado obrero a nuestra decisión de defensa de la URSS? Schatman,
permaneciendo fiel al eclecticismo, es decir, a sí mismo, habla
de la cuestión de grado en un esfuerzo por mantener el equilibrio
entre Burnham y Abern. Pero lo que está actualmente sobre el tapete
no es el grado determinado por la "realidad de los acontecimientos vivos"
( ¡qué terminología tan "científica, concreta
y experimental"!), sino si esos cambios cuantitativos han llegado a ser
cualitativos; es decir, si la URSS es todavía un estado obrero,
dentro de su degeneración, o si se ha transformado en un nuevo tipo
de estado explotador.
Para esta cuestión básica,
Schatman no tiene respuesta. Ni la necesita. Sus argumentos son pura imitación
de los de Lenin, que hablaba en relación a un tema diferente, con
un contenido diferente y que contenían un error grave. Lenin, en
la versión corregida, declaraba: "El estado actual no es sólo
un estado obrero, sino un estado obrero con deformaciones burocráticas."
Schatman declara: "El estado en cuestión no es sólo un estado
obrero degenerado, sino...", sino ¿qué? Schatman no tiene
nada más que decir. Público y orador se quedan mirándose,
con la boca abierta.
¿Qué significa "estado
obrero degenerado" en nuestro programa? El mismo programa responde con
un grado de concreción ampliamente adecuado para resolver el problema
de la defensa de la URSS: l) los rasgos que, en 1920, eran "deformaciones
burocráticas" del sistema soviético, se han convertido en
un régimen burocrático independiente que ha devorado los
soviets; 2) la dictadura burocrática, incompatible con las tareas
internas e internacionales del socialismo, ha introducido, y sigue introduciendo,
profundas deformaciones en la vida económica del país; 3)
sin embargo, el sistema de economía planificada, sobre la base de
la propiedad estatal de los medios de producción, se ha conservado
básicamente, y sigue siendo una conquista colosal de la humanidad.
La derrota de la URSS por el imperialismo significaría no sólo
la liquidación de la dictadura burocrática, sino de la economía
planificada; el desmembramiento del país bajo esferas de influencia
diferentes; una nueva estabilizaci6n del imperialismo, y un nuevo debilitamiento
del proletariado mundial.
De la circunstancia de que las "deformaciones
burocráticas" se han convertido en un régimen de autocracia
burocrática deducimos que la defensa de los trabajadores a través
de sus sindicatos (que han sufrido la misma degeneración que el
estado) es hoy, en contraste con 1920, completamente idealista; es necesario
destruir la burocracia; esta tarea se puede cumplir sólo mediante
la creación de un partido bolchevique ilegal en la URSS.
De la circunstancia de que la degeneración
del sistema político aún no ha destruido la economía
estatal planificada, sacamos la consecuencia de que todavía el deber
del proletariado del mundo es defender la URSS contra el imperialismo y
ayudar al proletariado soviético en la lucha contra la burocracia.
¿Qué es exactamente
lo que Schatman encuentra abstracto en nuestra definición de la
URSS? ¿Qué enmiendas concretas propone? La dialéctica
nos enseña que "la verdad es siempre concreta". Podemos, pues, aplicar
esta regla a la crítica. No es suficiente con calificar de abstracta
una definición. Es preciso señalar exactamente qué
le falta. De otro modo, la crítica es estéril. En vez de
concretar o cambiar la definición que tacha de abstracta, Schatman
la reemplaza por el vacío. No es suficiente. El vacío, hasta
el más pretencioso, es la peor de las abstracciones, si no se le
puede dar ningún contenido. No es asombroso que el vacío
teórico haya desplazado al análisis de clase en la política
de impresionismo aventurero.
A continuación,
Schatman cita las palabras de Lenin, "la política es economía
concentrada" y, en ese sentido, "lo político no puede, pero de hecho
alcanza primacía sobre lo económico". Basándose en
estas palabras de Lenin, Schatman me recomienda que le haga el favor de
interesarme sólo en lo económico (medios de producción
nacionalizados), dejando a un lado lo político. Este segundo intento
para sacar partido de Lenin no es superior al primero. ¡El error
de Schatman es aquí muy grave! Lo que Lenin quería decir
es: cuando las tareas, intereses y procesos económicos adquieren
un carácter consciente y generalizado (es decir, "concentrado"),
entran, en virtud de este mismo hecho, en la esfera de la política,
y constituyen su esencia. En este sentido, la política como economía
concentrada, surge de la actividad económica diaria, atomizada,
inconsciente y no generalizada.
Desde el punto de vista marxista,
una política es correcta en la medida en que "concentre" profunda
y extensamente la economía; esto es, expresa las tendencias progresivas
de su desarrollo. Por ello basamos nuestra política, por y sobre
todo, en el análisis de las formas de propiedad y de las relaciones
de clase. Sólo sobre estas bases teóricas podemos hacer un
análisis concreto de factores de la "superestructura". Por ejemplo,
cuando acusamos a la fracción opuesta de "conservadurismo burocrático",
buscamos inmediatamente los orígenes sociales (es decir, de clase)
del fenómeno. Si utilizásemos otros procedimientos, se nos
podría tachar de "marxistas platónicos" o, más simplemente,
de imitamonos.
"La política es economía
concentrada". Podemos aplicar esta máxima al Kremlin, también.
¿O es que, como excepción de la regla general, la política
del Gobierno de Moscú no es "economía concentrada", sino
el puro reflejo de los deseos de la burocracia? Nuestro intento de reducir
la política del Kremlin a economía nacionalizada, deformada
por los intereses de la burocracia, provoca la frenética resistencia
de Schatman. Con respecto a la URSS, no se guía por la generalización
consciente de la economía, sino por la observación de la
"realidad de los acontecimientos vivos", es decir, por el capricho, la
improvisación, sus simpatías y antipatías. Contrapone
su política impresionista a la nuestra, basada en el análisis
sociológico y al mismo tiempo nos acusa de... no entender de política.
¡Increíble, pero cierto! Podemos estar seguros de que, en
último análisis, la loca y caprichosa política de
Schatman es también "economía concentrada", pero, ¡qué
le vamos a hacer!, economía de la pequeña burguesía
desclasada.
Comparación
con guerras burguesas
Schatman
nos recuerda que en su tiempo las guerras burguesas eran progresistas,
y luego se volvieron reaccionarias, y que esto no es suficiente, sin embargo,
para definir socialmente a un estado implicado en la guerra. Esta afirmaci6n
no sólo no clarifica la cuestión, sino que la embrolla más.
Las guerras burguesas pudieron ser progresistas sólo en la época
en que todo el régimen burgués era progresista; ,en otras
palabras, en la época en que la propiedad burguesa, en contradicción
con la feudal, era un factor constructivo y de progreso. Las guerras burguesas
se volvieron reaccionarias cuando la propiedad burguesa se convirtió
en un obstáculo para el desarrollo, ¿Quiere decir Schatman,
en relación a la URSS, que la propiedad estatal de los medios de
producción se ha convertido en un obstáculo para el desarrollo,
y que la extensión de esta forma de propiedad a otros países
es una política económica reaccionaria? Obviamente, Schatman
no quiere decir eso. Simplemente, no saca conclusiones lógicas de
sus propios pensamientos.
El ejemplo de las guerras burguesas
es muy instructivo, aunque Schatman lo pase por alto. Marx y Engels luchaban
por una república alemana unificada. En la guerra de 1870-71, permanecieron
al lado de los alemanes, a pesar de que la lucha por la unificación
fue explotada y deformada por los parásitos dinásticos.
Schatman remarca el hecho de que
Marx y Engels se volvieron contra Prusia tras la anexión de Alsacia-Lorena.
Pero este giro no hace sino ilustrar más claramente nuestro punto
de vista. No podemos olvidar que aquella era una guerra entre dos estados
burgueses. Los dos campos tenían un denominador común de
clase. Sólo se podía decidir cuál era "el mal menor"
-en tanto que la historia deja siempre, en general, una puerta abierta
a la opción- en base a factores suplementarios. Del lado alemán,
el problema era crear un estado nacional burgués, como campo para
el desarrollo económico y cultural. En esta fase, el estado nacional
era un factor de progreso histórico. Por eso, Marx y Engels permanecieron
del lado de Alemania, a pesar de Hohenzollern y sus junkers. La anexión
de Alsacia-Lorena violó el principio del estado nacional y sentó
las bases de una guerra de revancha. Marx y Engels, naturalmente, se volvieron
contra Prusia. No corrieron el peligro de servir a un sistema económico
inferior en contra de uno superior porque, repito, en los dos campos prevalecían
las relaciones burguesas. Si Francia hubiera sido un estado obrero en 1870,
Marx y Engels hubieran estado de su Fiarte desde el principio, porque -me
da vergüenza tener que repetirlo tantas veces- se guiaban en su actividad
por criterios de clase.
Hoy, en los viejos estados capitalistas,
ya no hay que construir las nacionalidades. Por el contrario, la humanidad
está sufriendo la contradicción entre el desarrollo de las
fuerzas productivas y el armazón del estado nacional. La misión
del proletariado internacional es construir una economía planificada
sobre las bases de la propiedad socializada y libre de fronteras nacionales,
al menos en Europa. Es precisamente esta misión la que se expresa
en nuestro slogan: "¡Por los Estados Unidos Socialistas de Europa!"
La expropiación de los propietarios privados en Finlandia y Polonia
es un factor de progreso en sí misma. Los métodos burocráticos
del Kremlin cumplen en este proceso el mismo papel que los intereses dinásticos
de los Hohenzollern en la unificación de Alemania. Siempre que debamos
elegir entre la defensa de formas de propiedad reaccionarias por métodos
reaccionarios y formas de propiedad progresivas por métodos burocráticos,
no debemos situar los dos términos en el mismo plano -decir que
ambos son igual de malos-, sino elegir el mal menor. No hay en esto más
"capitulación" ante el stalinismo que lo que había de capitulación
ante los Hohenzollern en la política de Marx y Engels. Es necesario
añadir que el papel que jugaron los Hohenzollern en la guerra de
1870-71 no justifica ni la necesidad histórica general de la dinastía
ni su propia existencia.
Derrotismo
coyuntural o el huevo de Colón
Veamos
a continuación cómo resuelve Schatman, ayudado del vacío
teórico, un problema especialmente vital. Escribe: "Nunca hemos
apoyado la política internacional de la URSS, pero... ¿qué
es la guerra? La guerra es la continuación de la política
por otros medios. Entonces, ¿por qué tenemos que apoyar una
guerra que es la continuación de una política que no apoyábamos
ni apoyamos?" (Op. citado, pág. La teoría del "colectivismo
burocrático".) No podemos negar la perfección del argumento;
bajo la forma de un simple silogismo, se nos presenta una completa teoría
del derrotismo. ¡Tan sencillo como el huevo de Colón! Puesto
que nunca hemos apoyado la política internacional del Kremlin, nunca
deberemos apoyar a la URSS. ¿Por qué no?
Pero Schatman no es capaz de decir
eso. En un pasaje anterior, escribe: "Decimos -la minoría nunca
ha dicho lo contrario- que si los imperialistas atacan la Unión
Soviética con la intención de destruir hasta la última
conquista de la Revolución de Octubre y reducir a Rusia a un conjunto
de colonias, apoyaremos incondicionalmente a la URSS." (Op. cit., pág.
15.) ¡Permítame, permítame, permítame! La política
internacional del Kremlin es reaccionaria; la guerra es la continuación
de esta política reaccionaria; no podemos apoyar una guerra reaccionaria.
¿Por qué, inesperadamente, Schatman cambia de posición
y afirma que si el pernicioso imperialismo "ataca" a la URSS, con la poco
recomendable intención de convertirla en una colonia, bajo esas
excepcionales "condiciones", deberemos defender la URSS... "incondicionalmente"?
¿Qué sentido tiene esto? ¿Qué lógica?
¿O es que Schatman, siguiendo el ejemplo de Burnham, ha relegado
la lógica al terreno de la religión y otras piezas de museo?
La clave de todo este lío
está en el hecho de que la afirmaci6n "nunca hemos apoyado la política
internacional del Kremlin" es una abstracción. Debe ser analizada
y concretada. Actualmente, la burocracia, tanto en política interior
como exterior, pone por encima de todo sus intereses parasitarios. En este
sentido, luchamos a muerte contra ella; pero, en último análisis,
los intereses de la burocracia reflejan, aunque en forma muy distorsionada,
los intereses del estado obrero. Defendemos esos intereses con nuestros
propios métodos. Por lo tanto, no nos oponemos a que la burocracia
(con sus propio métodos) salvaguarde la propiedad estatal, el monopolio
del comercio exterior, o se niegue a pagar las deudas zaristas. En una
guerra entre la URSS y el mundo capitalista -independientemente de las
"circunstancias" de esa guerra y las "intenciones" de tal o cual gobierno-
estaría implicado el destino de las conquistas históricas
que defendemos incondicionalmente; es decir, a pesar de la política
reaccionaria de la burocracia. Por lo tanto, la clave del problema es -en
última y decisiva instancia- la naturaleza de clase de la URSS.
Lenin dedujo su política
de derrotismo del carácter imperialista de la guerra; pero no se
detuvo ahí. Dedujo el carácter imperialista de la guerra
de un estado específico del desarrollo del régimen capitalista
y de su clase dirigente. Puesto que el carácter de una guerra está
determinado, precisamente, por el carácter de clase de la sociedad
y el estado, Lenin nos recomendó que, al determinar nuestra política
respecto a una guerra imperialista, hagamos abstracción de circunstancias
"concretas" como democracia o monarquía, agresión o defensa
nacional. Por el contrario, Schatman propone que deduzcamos el derrotismo
de circunstancias coyunturales. Este derrotismo es indiferente al carácter
de clase de la URSS o de Finlandia. Es suficiente con el carácter
reaccionario de la burocracia o con la "agresión". El que Francia,
Inglaterra o los EE.UU. envíen aviones y bombas a Finlandia no afecta
la política de Schatman. Pero si las tropas inglesas llegasen a
desembarcar en Finlandia, Schatman le pondría a Chamberlain un termómetro
debajo de la lengua y determinaría sus intenciones: si iba a defender
a Finlandia de la agresión imperialista de la burocracia del Kremlin
o si, además, pensaba destruir "hasta la última conquista
de la Revolución de Octubre". Estrictamente de acuerdo con la lectura
del termómetro, Schatman, el derrotista, estaría dispuesto
a convertirse en defensista. Esto es lo que implica el sustituir los principios
por "la realidad de los acontecimientos vivos".
Como ya hemos visto, Schatman pide
insistentemente precedentes: ¿cuándo y dónde han demostrado
los líderes de la oposición oportunismo pequeñoburgués?
Puedo suplementar la respuesta que ya le he dado con dos cartas que cruzamos
sobre el tema de la defensa y métodos de defensa con motivo de la
Revolución Española. El 18 de septiembre de 1937, Schatman
me escribía:
"... dice usted que "si tuviéramos
un militante en las Cortes votaría contra la política militar
de Negrín". 0 es un error tipográfico, o nos parece una incongruencia.
Si, como hemos entendido hasta ahora, en la guerra española no predomina
el elemento de la guerra imperialista, y si el elemento predominante todavía
es la lucha entre una democracia burguesa decadente, con todo lo que esto
implica, y el fascismo, no entendemos cómo sería posible
votar en las Cortes contra la política militar... Si en el frente
de Huesca un socialista preguntase a un bolchevique por qué se opone
a la propuesta de Negrín de dedicar un millón de pesetas
a la compra de fusiles para el frente, ¿qué respondería?
No creemos que pudiera tener una respuesta adecuada ... " (La cursiva es
mía.)
La carta me sorprendió extraordinariamente.
Schatman pretendía confiar en el pérfido gobierno de Negrín,
basándose simplemente en una consideración negativa: el "elemento
de la guerra imperialista" aun no era predominante en España.
El 20 de septiembre le contesté:
"Votar la política militar
de Negrín implica un voto de confianza a su gobierno... Hacerlo
sería un crimen. ¿Cómo explicaríamos nuestro
voto a los trabajadores anarquistas? Muy sencillamente: no tenemos confianza
en la capacidad de este gobierno para llevar la guerra a la victoria. Acusamos
a este gobierno de proteger a los ricos y atacar a los pobres. Este gobierno
debe caer. Mientras no seamos capaces de reempazarlo, estaremos luchando
bajo su mando. Pero expresaremos nuestra desconfianza en él en cada
oportunidad que tengamos; es nuestra única posibilidad de movilizar
a las masas contra el gobierno y preparar su caída. Cualquier otra
política sería una traición a la revolución."
El tono de esta respuesta no refleja
sino débilmente la... impresión que me produjo la postura
oportunista de Schatman. Los errores aislados son inevitables, pero hoy,
dos años y medio después, podemos analizar esta correspondencia
bajo una nueva luz. Puesto que defendemos a la burocracia burguesa contra
el fascismo, no podemos negar nuestra confianza al gobierno. burgués.
Al aplicar este mismo teorema al caso de la URSS, se convierte en su opuesto:
puesto que no tenemos confianza en el gobierno del Kremlin, no debemos
defender el estado obrero. El pseudo-radicalismo es sólo el anverso
del oportunismo.
La
renuncia al criterio de clase
Volvamos
de nuevo al ABC. En sociología marxista, el punto de partida de
todo análisis es la definición de clase de un fenómeno
dado, sea estado, partido, filosofía, tendencia, escuela literaria,
etc. En muchos casos, sin embargo, la mera definición de clase es
inadecuada, puesto que una clase consta de diferentes estratos, pasa por
distintos estados de desarrollo, bajo diferentes condiciones, o está
sometida a la influencia de otra clase. Es preciso tener en cuenta, en
ese caso, esos factores secundarios o terciarios para redondear el análisis
y, según nuestra intención, los tendremos en cuenta total
o parcialmente. Pero para un marxista, el análisis de un fenómeno
es imposible sin una caracterización de clase de dicho fenómeno.
El esqueleto y el sistema muscular
no agotan la anatomía de un animal; sin embargo, un tratado de anatomía
que intentase "abstraerse" de los músculos y los huesos se quedaría
flotando en el aire. La guerra no es un órgano, sino una función
de la sociedad, es decir, de su clase dominante. Pero es imposible estudiar
una función sin conocer el órgano que la produce, es decir,
el estado, y es imposible comprender el órgano sin haber analizado
la estructura general de organismo, es decir, la sociedad. Los músculos
y los huesos de la sociedad son las fuerzas de producción y las
relaciones de clase (propiedad). Schatman pretende que la funci6n (la guerra)
puede ser estudiada "concretamente", independientemente del órgano
que la produce (el estado). ¿No es monstruoso?
Este error fundamental va acompañado
de otro aun más llamativo. Después de separar la función
del órgano, se pone a analizarla en contra de todas sus premisas;
no va de lo abstracto a lo concreto, sino que disuelve lo concreto en abstracciones.
La guerra imperialista es una de las funciones del capital financiero,
es decir, de la burguesía en una etapa determinada de su desarrollo,
en la que descansa sobre un capitalismo con una estructura específica,
el capital monopolista. Estas definiciones son lo bastante concretas para
nuestras conclusiones políticas. Pero, al extender el concepto de
guerra imperialista también al estado soviético, Schatman
socava el terreno que tiene bajo los pies. Para justificar, aunque sea
superficialmente, la aplicación de la misma designación a
la expansión del capital financiero y del estado obrero, Schatman
se ve obligado a prescindir de la estructura social de ambos, declarándolas...
"abstracciones". De este modo, jugando al escondite con el marxismo, ¡define
lo concreto como abstracto y desprecia lo abstracto por concreto!
Este extravagante juego con la teoría
no es accidental. Todo pequeñoburgués estadounidense está
dispuesto a llamar "imperialista" a cualquier ocupación de territorio,
especialmente en este momento, en el que los EE.UU. no están ocupados
en invadir nada. Pero si le dijéramos al mismo pequeñoburgués
que toda la política exterior del capital financiero es imperialista,
independientemente de que en un momento dado se esté anexionando
Finlandia o "defendiéndola" de que se la anexione otro, nuestro
pequeño burgués estallaría de pía indignación.
Por supuesto, los líderes de la oposición son muy diferentes
de un pequeñoburgués ordinario, tanto en sus intenciones
como a nivel político. Pero tienen las mismas bases de pensamiento.
Un pequeñoburgués siempre intenta separar los acontecimientos
políticos de sus bases sociales, porque hay un conflicto orgánico
entre el enfoque de clase de los hechos y la posición social y la
educación de los pequeñoburgueses.
Mi afirmación de que el Kremlin,
por métodos burocráticos, estaba impulsando la revolución
en Polonia, ha sido transformada por Schatman en la afirmación de
que, en mi opinión, es presumiblemente posible la "revolución
burocrática" del proletariado. Ha limitado rígidamente mi
expresión. No es sólo incorrecto, sino desleal. No se trata
de la "revolución burocrática", sino sólo de un impulso
por medios burocráticos. Negar ese impulso es negar la realidad.
Las masas populares de Ucrania occidental y Bielorrusia, en cualquier caso,
sintieron ese impulso, lo comprendieron y lo utilizaron para dar un cambio
fundamental a las relaciones de propiedad. Un partido revolucionario que
no sepa notar ese impulso en su momento ni utilizarlo, no valdrá
para nada.
Este impulso en dirección
a la revolución socialista fue posible sólo porque la burocracia
de la URSS tiene sus raíces en la economía de un estado obrero.
La utilización revolucionaria de este "impulso" fue posible sólo
dado el carácter de clase de la lucha en los territorios ocupados,
según el modelo de la Revolución de Octubre. Por último,
la estrangulación o semiestrangulación de este movimiento
de masa fue posible sólo por el aislamiento del' movimiento mismo
y por el poder de la burocracia de Moscú. Quien no sepa explicar
la interacción dialéctica de estos tres factores: el estado
obrero, las masas oprimidas y la burocracia bonapartista, hará mejor
callándose y no hablando inútilmente sobre los sucesos de
Polonia.
En las elecciones para la Asamblea
Nacional de Ucrania y Bielorrusia, el programa electoral, naturalmente
dictado por la burocracia del Kremlin, contenía tres puntos muy
importantes: inclusión de ambas provincias en la Federación
de la URSS: confiscación de las fincas de los señores en
favor de los campesinos: nacionalización de las grandes industrias
y de la Banca. Los demócratas ucranianos, a juzgar por su conducta,
estimaron como mal menor la unificación en un estado único.
Y, desde el punto de vista de la lucha posterior por la independencia,
estaban en lo cierto. Creemos que, entre nosotros, nadie negará
lo progresivo de los otros dos puntos del programa. Tratando de negar que
sean las bases sociales de la URSS las que imponen al Kremlin un programa
social revolucionario, Schatman se refiere al caso de Estonia, Lituania
y Latvia, donde las cosas quedaron igual que estaban. ¡Increíble
argumento! Nadie ha dicho que la burocracia soviética, en todo momento
y lugar, quiera o pueda expropiar a la burguesía. Lo único
que hemos dicho es que ningún otro Gobierno podría haber
llevado a cabo la revolución social que se vio obligada a llevar
a cabo la burocracia del Kremlin en Polonia del Este a pesar de su alianza
con Hitler. Si no lo hubiera hecho, no hubiera podido incluir el territorio
en la Federación de la URSS.
Schatman está enterado de
la revolución en sí. No puede negarla. Pero es incapaz de
explicarla. Aunque, al menos, intenta salvar la cara. Escribe: "En la Ucrania
polaca y la Rusia Blanca, donde, además de la explotación
de clase se daba la opresión nacional.... los campesinos empezaron
por tomar ellos mismos la tierra, expulsando a los señores que a
empezaban a darse a la fuga", etc. (op. cit., pág. El proletariado
y sus dirigentes). El Ejército Rojo no tuvo nada que ver con todo
esto. Llegó a Polonia sólo como "fuerza contrarrevolucionaria",
para suprimir el movimiento. Pero, ¿por qué no han hecho
la revolución los obreros y campesinos de la Polonia ocupada por
Hitler? ¿Por qué huyen de ella principalmente los revolucionarios,
los "demócratas" y los judíos, mientras que de Polonia del
Este huyen sobre todo los terratenientes y los capitalistas? Schatman no
tiene tiempo para pensar en esto; tiene demasiada prisa en explicarme que
la concepción de la "revolución burocrática" es absurda,
ya que sólo los trabajadores pueden conseguir su propia emancipación.
¿No tengo otra vez razón para decir que parece que cree estar
en un jardín de infancia?
En el órgano parisiense de
los mencheviques -quienes, si es posible, tienen una actitud más
irreconciliable hacia el Kremlin que el propio Schatman- se dice que: "en
las aldeas -frecuentemente al acercarse las tropas soviéticas (es
decir, antes de entrar, L. T.)- surgen comités de campesinos por
todas partes, los órganos elementales de la revolución campesina
se autorregulan... " Las autoridades militares se apresuraron a someter
estos comités a los órganos burocráticos que han creado
en las ciudades. Pero, al menos, se vieron obligados a apoyarse en ellos
porque si no les era imposible llevar a cabo la revolución agraria.
Dan, el líder de los mencheviques,
escribía el 19 de octubre: "De acuerdo con el testimonio unánime
de todos los observadores, la aparición del Ejército y la
burocracia soviéticas supone -no sólo en el territorio ocupado,
sino también alrededor- un importante impulso para la revuelta y
la transformación social." Por tanto, yo no me he inventado el "impulso";
ha sido el "testimonio unánime de los observadores", quienes tienen
ojos y oídos. Dan va más allá y expresa la suposición
de que: "las olas engendradas por este impulso no sólo herirán
a Alemania en un período relativamente corto, sino también,
en una u otra medida, a otros estados".
Otro autor menchevique escribe:
"Aunque no quede en el Kremlin nada que pueda oler a revolución,
la simple entrada de las tropas soviéticas en la Polonia oriental,
que ha vivido tantos años sometida a relaciones agrarias semi-feudales,
crea un movimiento agrario torrencial. Al acercarse las tropas soviéticas,
los campesinos ocupan las fincas de los señores y forman comités
campesinos." Observad: al acercarse las tropas soviéticas, y no
al retirarse, como harían suponer las palabras de Schatman. Cito
testimonios de los mencheviques porque están muy bien informados,
sus fuentes de información son los emigrados polacos y judíos
en Francia, y también porque, como han capitulado ante la burguesía
francesa, estos caballeros no serán sospechosos de capitular ante
el stalinismo.
Además, el testimonio de
los mencheviques es confirmado por la prensa burguesa:
"La revolución agraria en
la Polonia soviética ha tenido la fuerza de un movimiento espontáneo.
Tan pronto como se enteraron de que el Ejército Rojo había
atravesado el río Zhruez, los campesinos empezaron a repartiese
las tierras de los señores. La tierra se ha dado a pequeños
propietarios. Se ha expropiado de este modo alrededor del 30 por 100 de
la tierra cultivable." (New York Times, 17 de enero de 1940.)
Bajo la apariencia de un nuevo argumento,
Schatman me devuelve mis propias palabras de que el hecho de la expropiación
en Polonia oriental no puede modificar nuestra apreciación general
de la política del Kremlin. ¡Claro que no! Nadie se lo ha
propuesto. Con la ayuda del Comintern, el Kremlin ha desorientado y desmoralizado
a las masas hasta el punto de facilitar una nueva guerra imperialista haciendo,
además, extremadamente difícil la utilización de esta
guerra con propósitos revolucionarios. Comparada con estos dos crímenes,
la ayuda a la revolución en dos provincias, pagada además
con creces por el sometimiento de Polonia, es de importancia secundaria,
y no modifica el carácter reaccionario general de la política
del Kremlin. Pero, por iniciativa de la misma oposición, la cuestión
que se plantea ahora no es de carácter general, sino el reflejo
de esta política general bajo determinadas circunstancias de tiempo
y lugar. Para los campesinos de Galizia y Bielorrusia, la revolución
agraria era de fundamental importancia. La IV Internacional no podía
boicotear esta revolución con el pretexto de que la iniciativa la
había tomado la burocracia reaccionaria. Nuestro deber fundamental
era participar en la revolución del lado de los obreros y campesinos
y, en esa medida, del lado del Ejército Rojo. Al mismo tiempo, era
necesario prevenir incansablemente a las masas del carácter reaccionario
de la política del Kremlin en general, y de los peligros que éste
podía acarrear a los territorios ocupados. La política bolchevique
consiste precisamente en saber cómo combinar estas dos tareas, o
mejor dicho, estas dos caras de la misma tarea.
Tras demostrar tan gran perspicacia
en la comprensión de los problemas de Polonia, Schatman se lanza
sobre mí, con autoridad redoblada, en relación con los acontecimientos
de Finlandia. En mi artículo "La oposición pequeñoburguesa
... " escribí que "la guerra entre Finlandia y la URSS parece que
empieza a suplantarse con una guerra civil, en la que el Ejército
Rojo se encontraría, en un determinado momento, en el mismo bando
que los campesinos y trabajadores finlandeses..." Esta fórmula tan
cautelosa no ha agradado a mi duro juez. Mi evaluación de los sucesos
de Polonia ya le había sacado de quicio. Schatman escribe en la
página 16 de su carta: "Encuentro todavía menos justificadas
sus -¿cómo decirlo?- asombrosas apreciaciones sobre Finlandia."
Siento mucho que Schatman se asombre tanto, en vez de pensar un poco.
En los Estados Bálticos,
el Kremlin se contentó con ganancias estratégicas, indudablemente
con la idea de que, en el futuro, estas bases militares estratégicas
le permitirían sovietización de estas áreas fronterizas
del imperio de los zares. Estos éxitos en el Báltico, conseguidos
mediante tratados diplomáticos, se tropezaron con la resistencia
de Finlandia. Capitular ante esta oposición hubiera supuesto para
el Kremlin poner en peligro su prestigio e incluso sus éxitos en
Latvia, Estonia y Lituania. Por tanto, y en contra de sus planes iniciales,
el Kremlin se vio obligado a recurrir a la fuerza de las armas. Ante este
hecho, cualquier persona con dos dedos de frente se habría preguntado:
¿Qué es lo que pretende el Kremlin?; ¿asustar a la
burguesía finlandesa y arrancarle algunas concesiones, o algo más?
No hay una respuesta "automática" a esta pregunta. Es necesario
-a la luz de las tendencias generales- orientarse sobre los síntomas
concretos. Los líderes de la oposición son incapaces de ello.
Las operaciones militares comenzaron
el 30 de noviembre. El mismo día, el Comité Central del Partido
Comunista de Finlandia, situado indudablemente en Moscú o Leningrado,
lanzaba un manifiesto por radio al pueblo trabajador finlandés.
Proclamaba: "Por segunda vez en su historia, la clase trabajadora de Finlandia
está iniciando una lucha contra el payaso de la plutocracia. El
primer intento de obreros y campesinos de 1918 terminó con la victoria
de los capitalistas y los terratenientes. Pero esta vez... ¡vencerá
el pueblo trabajador! " Este manifiesto prueba claramente que no se trataba
sólo de amedrentar al gobierno burgués de Finlandia, sino
de provocar una insurrección en el país y suplementar la
invasión del Ejército Rojo con una guerra civil.
La declaración del 2 de diciembre
del llamado "Gobierno Popular" dice: "En distintas partes del país,
el pueblo se ha levantado y proclama la creación de una república
democrática." Esta afirmación es obviamente artificial, pues,
de lo contrario, el manifiesto hubiera mencionado los lugares en que habían
tenido lugar los intentos de insurrección. Sin embargo, es posible
que hubiera habido algunos intentos que acabaron en fracaso, y por ello
se estimó más conveniente no entrar en detalles. En cualquier
caso, las "noticias" sobre insurrecciones, constituían una llamada
a la insurrección. Más aún; la declaración
incluía la información de la "formación del primer
cuerpo de ejército finlandés, que en el curso de futuras
batallas se verá incrementado por voluntarios de las filas de los
trabajadores y campesinos revolucionarios". Aunque este "cuerpo" fuera
de mil hombres, o de cien, su importancia respecto a la política
del Kremlin es incuestionable. Al mismo tiempo, los cables repetían
las noticias sobre expropiaciones de los terratenientes en las regiones
fronterizas. No cabe la menor duda de que esto es lo que sucedió
durante el primer avance del Ejército Rojo. Incluso si consideramos
que estos despachos son una invención, no pierden su significado
de llamada a la revolución agraria. Por tanto, tengo perfecto derecho
para afirmar: "la guerra entre Finlandia y la URSS parece que empieza a
ser suplementada por una guerra civil". Es cierto que a primeros de diciembre
sólo disponía de parte de esta información. Pero conocía
el trasfondo de la situación general, y, me atrevo a añadir,
comprendía su lógica interna, por lo que los síntomas
aislados me permitían establecer las direcciones generales de la
lucha. Sin estas conclusiones semi-apriorísticas, uno puede ser
un observador de los acontecimientos, pero nunca un participante activo.
Pero, ¿por qué no encontró respuesta de las masas
la llamada del "Gobierno Poular"? Por tres razones: primera, Finlandia
está completamente dominada por un aparato militar reaccionario
que se apoya no sólo en la burguesía, sino también
en las capas superiores del campesinado y de la burocracia obrera; segunda,
la política del Kremlin triunfó a la hora de convertir al
Partido Comunista de Finlandia en un factor insignificante; tercera, el
régimen de la URSS es incapaz de producir entusiasmo entre las masas
trabajadoras finlandesas. Incluso en la Ucrania de 1918 a 1920 los campesinos
respondieron con mucha lentitud a los llamamientos a ocupar las fincas
de los señores porque el poder del soviet local era todavía
débil, y cada victoria de los Blancos provocaba expediciones de
castigo contra ellos. Con menos razón podemos sorprendernos ahora
de que los campesinos finlandeses tarden en responder a la llamada a la
revolución agraria. Serían necesarios serios triunfos del
Ejército Rojo para que los campesinos se pusieran en movimiento.
Pero durante este primer avance tan mal preparado sólo ha sufrido
derrotas. En estas condiciones, no se puede hablar de levantamiento campesino:
Era imposible esperar una guerra civil independiente en la Finlandia actual;
mis cálculos hablaban bastante explícitamente de suplementar
las operaciones militares con medidas de guerra civil. Y pienso -por lo
menos mientras no haya sido aniquilado el ejército finlandés-
sólo en los territorios ocupados y las regiones próximas
a ellos. Hoy, 17 de enero, mientras escribo estas líneas, recibo
un despacho desde Finlandia en el que se dice una provincia fronteriza
ha sido invadida por finlandeses que emigrados y se están matando,
literalmente, entre hermanos. ¿Qué es esto, si no es un episodio
de guerra civil? En cualquier caso, cualquier avance del Ejército
Rojo en Finlandia confirmaría nuestra visión general de la
guerra. Schatman no tiene ni un análisis de la guerra ni la sombra
de un pronóstico. Se autolimita a una noble indignación,
y a cada paso se hunde más en el lodo.
La llamada del "Gobierno Popular"
incita al control obrero. ¿Qué significa esto?, exclama Schatman.
Si no hay control obrero en la URSS, ¿cómo puede haberlo
en Finlandia? Aunque sienta decirlo, Schatman no comprende, en absoluto,
la situación. En la URSS el control obrero es una etapa ya superada.
Pasaron del control sobre la burguesía a la administración
de la propiedad nacionalizada. De la administraci6n obrera, al dominio
de la burocracia. El nuevo control obrero significaría control sobre
la burocracia. No podría establecerse más que en el caso
de un levantamiento con éxito contra la burocracia. En Finlandia,
el control obrero sólo significa todavía la expulsión
de la burguesía nativa, cuyo puesto piensa ocupar la burocracia.
Sin embargo, no podemos pensar que el Kremlin sea tan estúpido como
para pretender dominar Polonia oriental o Finlandia mediante comisarios
importados. Por tanto, su necesidad primaria es la creación de un
nuevo aparato administrativo entre la población trabajadora de las
áreas ocupadas. Para llevar a cabo esta tarea son precisos varios
pasos. El primero es la creación de comités campesinos y de control obrero.
Schatman se aferra al hecho de que
el programa del gobierno de Kuusinen es "formalmente el programa de una
democracia burguesa". ¿Quiere decir con esto que el Kremlin está
más interesado en establecer la democracia burguesa en Finlandia
que en someterla a la URSS? Ni él mismo sabe lo que quiere decir.
En España, en donde el Kremlin no preparaba la unión con
la URSS, quedó demostrada la habilidad de Moscú para defender
la democracia burguesa contra la revolución proletaria. En aquella
situación internacional a la burocracia del Kremlin le interesaba
cumplir esa misión. Ahora la situación es diferente. El Kremlin
no está interesado en demostrar su inutilidad a Francia, Inglaterra
y EE.UU. Como han probado los hechos, está decidido firmemente a
socializar Finlandia, sea de una vez o por etapas. El programa del gobierno
de Kuusinen, incluso desde el punto de vista formal, es idéntico
al de los bolcheviques en 1917. A decir verdad, Schatman hace mucho hincapié
en la significación que atribuyo al manifiesto del "idiota" de Kuusinen.
Sin embargo, me tomo la libertad de considerar que el "idiota" de Kuusinen,
actuando en la esfera del Kremlin y con el apoyo del Ejército Rojo,
representa un factor político mucho más serio que montones
de sabihondos superficiales, que se niegan a pensar a través de
la lógica (dialéctica) interna de los acontecimientos.
Como resultado final de todo este
notable análisis, Schatman propone una política derrotista
respecto a la URSS, añadiendo (para uso de emergencia) que "no dejará
de ser un patriota de su clase". Esta información nos satisface
mucho. El problema es que Dan, el líder de los mencheviques, ya
el 12 de noviembre escribía que si la URSS invadía Finlandia,
el proletariado mundial "debería tomar decisivamente una postura
derrotista respecto a esta violencia" (Sozialisticheski Vestnik, 19-20
de noviembre, ver final de pág. Carta a Sherman Stanley). Es preciso
añadir que, bajo el régimen de Kerensky, Dan era un defensista
rabioso. Sólo la invasión de Finlandia le ha convertido en
derrotista. Naturalmente no ha dejado de ser "un patriota de su clase".
¿De qué clase? La pregunta no carece de interés. En
el análisis de los hechos, Schatman difiere de Dan, que está
más cerca de¡ teatro de los acontecimientos y no puede reemplazarlos
por la ficción; pero, en compensación, a la hora de las "conclusiones
políticas concretas", se convierte en un "patriota" de la misma
clase que Dan. En sociología marxista, con el permiso de la oposición,
esta clase se llama pequeña burguesía.
La
teoría de las "alianzas"
Para justificar su alianza con Burnham
y Abern -contra el ala proletaria del partido, contra el programa de la
IV Internacional y contra el ámbito marxista- Schatman ha utilizado
también la historia del movimiento revolucionario, que -de acuerdo
con sus propias palabras- ha estudiado con el propósito de transmitir
las grandes tradiciones a la generaci6n más joven. El fin en sí,
es, por supuesto, excelente. Pero requiere un método científico.
Sin embargo, Schatman ha empezado por sacrificar el método a una
alianza. Sus ejemplos históricos son arbitrarios, traídos
por los pelos y, por tanto, falsos.
No toda colaboración es una
alianza, en el sentido más completo del término. Frecuentemente
se producen acuerdos temporales que no se transforman, ni llegarán
a transformarse, en alianzas prolongadas. Por otro lado, el militar en
el mismo partido no puede decirse que sea precisamente una alianza. He
pertenecido junto con el camarada Burnham (y espero seguir perteneciendo
muchos años) al mismo partido internacional, pero no estamos aliados.
Dos partidos pueden aliarse entre sí contra un enemigo común;
ésta es, por ejemplo, la política del "Frente Popular". Dentro
del mismo partido, tendencias cercanas, pero no coincidentes por completo,
pueden aliarse contra una tercera.
Hay dos cuestiones de significación
decisiva para evaluar las alianzas internas del partido: l) ¿Contra
quién o contra qué se dirige la alianza?; 2) ¿Cuál
es la correlación de fuerzas dentro del bloque? Por ejemplo, dentro
de nuestro partido es muy permisible una alianza entre internacionalistas
y centristas para luchar contra el chauvinismo. Los resultados de la alianza
dependerían, en este caso, de la claridad del programa de los internacionalistas,
su cohesión y disciplina, ya que estos rasgos no son menos importantes
que el peso numérico a la hora de establecer una correlación
de fuerzas.
Como he dicho antes, Schatman recurre
a la alianza de Lenin y Bogdanov. Ya he afirmado que Lenin no hizo la más
mínima concesión teórica. Vamos a examinar ahora el
aspecto político de esa "alianza". Antes de nada, es preciso establecer
que no se trató de una alianza, sino de colaboración en una
organización común. La fracción bolchevique llevaba
una vida independiente. Lenin no formó ningún "bloque" con
Bogdanov contra otras tendencias de la organización. Por el contrario,
lo formó con los "bolcheviques conciliadores" (Dubroninsky, Rykov
y otros) contra las herejías teóricas de Bogdanov. En esencia,
lo que intentaba Lenin era mantenerse mientras fuera posible en una y la
misma organización política que Bogdanov, organización
que, aunque se la denominaba "fracción", tenía todos los
rasgos de un partido. Si Schatman no cree que la oposición es una
organización independiente, a su referencia a la "alianza" Lenin-Bogdanov
le faltan piezas.
Pero el error al establecer la analogía
no se queda en esto. La fracción-partido bolchevique llevaba a cabo
una lucha contra los mencheviques, que ya se habían revelado completamente
como agentes pequeñoburgueses de la política de la burguesía
liberal. Esto era mucho más serio que la acusación de "conservadurismo
burocrático", cuyas raíces de clase aún no ha podido
encontrar Schatman. La colaboración de Lenin con Bogdanov era la
colaboración de una tendencia proletaria con una tendencia centrista
y sectaria, contra el oportunismo pequeñoburgués. Las líneas
de clase están definidas claramente. La "alianza" (si alguien quiere
llamarla así en un momento dado) estaba plenamente justificada.
También es muy significativa
la historia posterior del "bloque". En la carta a Gorki que cita Schatman,
Lenin expresa su esperanza de que sea posible separar la política
de lo puramente filosófico. Schatman olvida añadir que la
esperanza de Lenin no llegó a realizarse. Las diferencias surgidas
en el terreno filosófico invadieron todos los demás, hasta
los problemas más corrientes. Si la "alianza" no desacreditó
al bolchevismo fue porque Lenin tenía un programa completo, un método
correcto y una fracción muy unida, en la que el grupo de Bogdanov
era sólo una minoría inestable.
Schatman ha llevado a cabo una alianza
con Burnham y Abern contra el ala proletaria de su propio partido. La correlación
de fuerzas dentro del bloque está completamente en contra suya.
Abern tiene su propio grupo. Burnham, con el apoyo de Schatman, puede crear
una fracción de intelectuales desilusionados del bolchevismo. Pero
no tiene ni un programa, ni un método, ni un grupo de adeptos independientes.
El carácter ecléctico del "programa" de la oposición
está determinado por las tendencias contradictorias que tiene en
su interior. Cuando se produzca el colapso -que es inevitable- Schatman
saldrá de la lucha sin nada, como no sea el daño que ha hecho
al partido y a sí mismo.
Schatman añade que en 1917,
Lenin y Trotsky se unieron tras una larga lucha, y que sería, por
tanto, incorrecto recordar sus pasadas diferencias. Este ejemplo es muy
peligroso, porque Schatman lo utilizó ya una vez, para explicar
su alianza con Cannon.... contra Abern. Pero, dejando esto de lado, la
analogía histórica es falsa. Al unirse al partido bolchevique,
Trotsky reconoció amplia y totalmente la corrección de los
métodos leninistas de construcción del partido. Si no salió
a relucir en 1917 el problema de la "revolución permanente" fue
porque, para ambas partes, la cuestión había sido zanjada
ya por el desarrollo de los hechos. La revolución proletaria, y
no combinaciones episódicas o subjetivas, fue la base de la unión.
Y ésta si es una base sólida. Además, en este caso
no se trataba de una alianza, sino de la unificación en un mismo
partido, contra la burguesía y sus agentes pequeñoburgueses.
Dentro del partido, la "alianza de octubre" entre Lenin y Trotsky se realizó
contra las vacilaciones de los elementos pequeñoburgueses en torno
al problema de la insurrección.
Igual de superficial es la referencia
de Schatman a la alianza de Trotsky y Zinoviev en 1926. Entonces, la lucha
no se dirigía contra el "conservadurismo burocrático" como
rasgo psicológico de unos cuantos individuos poco simpáticos,
sino contra la burocracia cada vez más poderosa en el mundo, sus
privilegios, sus normas arbitrarias y su política reaccionaria.
El espectro de diferencias permisible dentro de una bloque viene determinado
por el carácter del adversario.
La relación de elementos
dentro del bloque era, por otra parte, muy diferente. La oposición
de 1923 tenía su propio programa y sus propios cuadros, compuestos
básicamente por trabajadores, no intelectuales, como afirma Schatman,
eco fiel de los stalinistas. La oposición Zinoviev-Kamenev reconoció,
a petición nuestra, en un documento especial, que la oposición
de 1923 estaba en lo correcto en todas las cuestiones fundamentales. Ya
que teníamos tradiciones diferentes y no estábamos de acuerdo
en todo, nunca llegó a producirse la fusión. los dos grupos
siguieron siendo fracciones independientes. Sin embargo, la oposición
de 1923 hizo a la de 1926 ciertas concesiones de principio en temas importantes
-con mi voto en contra-, concesiones que consideré y sigo considerando
impermisibles. Cometí un error al no protestar abiertamente por
dichas concesiones. Pero no había mucho espacio para protestas abiertas,
puesto que trabajábamos ilegalmente. En cualquier caso, informé
de mi postura sobre los temas discutidos a ambos bandos. En la oposición
de 1923, el 99 por 100, si no más, compartían mis puntos
de vista, y no los de Zinoviev o Radek. Con semejante relación de
fuerzas dentro de los dos grupos del bloque, se puede hablar de errores
circunstanciales, pero no de aventurerismo.
Con Schatman el caso es diferente.
¿Quién estaba en lo cierto en el pasado, cómo y dónde?
¿Por qué estuvo primero con Abern, luego con Cannon y otra
vez con Abern? La explicación que da a las duras luchas fraccionases
del pasado es la de un nene de teta, no la de un político responsable:
Jhonny estaba un poco equivocado, Marx otro poco, todos estábamos
un poquito equivocados; ahora, todos estamos un poquito en lo cierto. Quién
y en qué se equivocaba, ni palabra. No hay tradición. El
ayer está fuera de su pensamiento y, ¿por qué? Porque
en el organismo del partido el camarada Schatman es como un riñón
flotante.
En su búsqueda de analogías
históricas, Schatman cita un ejemplo que tiene cierto parecido con
el bloque actual. Me refiero a la llamada alianza de agosto de 1912. Participé
activamente en ella, creándola, en cierto sentido. Políticamente
difería de los mencheviques en todas las cuestiones fundamentales.
Difería también con los bolcheviques de extrema izquierda,
los Vperyodists. En líneas generales, con, quien estaba más
de acuerdo era con los bolcheviques, pero estaba contra el "régimen"
de Lenin porque todavía no había comprendido que a la hora
de llevar a cabo un fin revolucionario es indispensable un partido firmemente
centralizado. Y de este modo formé una alianza de elementos heterogéneos,
dirigida contra el ala proletaria del partido.
En ella, los "liquidators" tenían
su propia fracción, los Vperyodists algo parecido, y yo estaba aislado.
Redactaba yo mismo muchos de los documentos y, sobre diferencias de principio,
trataba de dar la impresión de unanimidad en "cuestiones políticas
concretas". ¡Ni una palabra del pasado! Lenin sometió a la
alianza de agosto a una crítica sin piedad, y a mí me tocó
la peor parte. Probó que, puesto que no estaba políticamente
de acuerdo ni con los mencheviques ni con los Vperyodists, estaba llevando
a cabo una política aventurera. Era duro, pero cierto.
Dejadme mencionar, como "atenuantes",
el hecho de que consideraba mi deber, no la defensa de los intereses de
los ultraizquierdistas, sino conseguir la unidad del partido. Los bolcheviques
también fueron invitados a la conferencia de agosto. Pero como Lenin
se negó en rotundo a unirse a los mencheviques (en lo que, ahora,
le doy toda la razón), quedé enredado en esa alianza antinatural
de mencheviques y vperyodists. La segunda circunstancia atenuante es que
el fen6meno del bolchevismo, como representante auténtico del partido
revolucionario, se estaba desarrollando por primera vez, no había
antecedentes prácticamente en la II Internacional. Pero no quiero
absolverme de la culpa. A pesar de que la concepción de la revolución
permanente estaba en la perspectiva correcta, todavía no me había
librado, en la esfera organizativa, de los rasgos propios de un revolucionario
pequeñoburgués. Estaba enfermo de conciliadorismo hacia los
mencheviques y de disgusto hacia el centralismo leninista. Nada más
acabar la conferencia de agosto, el bloque empezó a desintegrarse
en sus componentes iniciales. Al cabo de pocos meses, estaba fuera del
bloque, no sólo en principio, sino organizativamente.
Hoy tengo que decirle a Schatman,
con la misma acritud que me lo dijo a mí Lenin hace veintisiete
años: "Tu bloque no tiene principios. Tu política es aventurera."
Espero, de todo corazón, que saque de estas acusaciones las mismas
conclusiones que saqué yo.
Schatman parece sorprenderse de que
"Trotsky, el líder de la oposición de 1923, pueda soportar
el burocratismo de la fracción de Cannon". En esto, como en el asunto
del control obrero, Schatman muestra su falta del sentido de la perspectiva
histórica. Es verdad que, para justificar su dictadura, la burocracia
soviética ha utilizado los principios del centralismo bolchevique,
pero en este proceso los ha transformado en todo lo contrario de lo que
eran. Pero esto no desacredita, en último término, los métodos
del bolchevismo. Durante muchos años, Lenin educó al partido
de la disciplina proletaria y del centralismo más severo. Al hacerlo,
hubo de sufrir cientos de veces el ataque de las pandillas y fracciones
pequeñoburguesas. El centralismo bolchevique era un factor progresivo,
y aseguró el triunfo de la revolución. No es difícil
comprender que la lucha de la actual oposición del SWP no tiene
nada en común con la lucha de la oposición rusa de 1923 contra
la casta privilegiada de los burócratas, pero, en cambio, tiene
gran parecido con la lucha de los mencheviques contra el centralismo bolchevique.
De acuerdo con la oposición,
Cannon y su grupo son "la expresión de un tipo de política
cuya mejor definición es conservadurismo burocrático". ¿Qué
significa esto? La dominaci6n de una aristocracia obrera conservadora,
que comparte los beneficios de la burguesía nacional, no es posible
sin el apoyo directo o indirecto del estado capitalista. La dominación
de la burocracia stalinista no sería posible sin el GPU, el ejército,
etc. La burocracia soviética apoya a Stalin porque es el burócrata
que mejor defiende sus intereses. La burocracia sindical apoya a Lewis
y Green porque ellos, como burócratas capaces y diestros, salvaguardan
mejor que nadie los intereses de la aristocracia obrera. Pero, ¿sobre
qué bases descansa el "conservadurismo burocrático" del SWP?
Obviamente, no en intereses materiales, sino en la selección de
una serie de tipos burocráticos que se han unido contra otra serie
de tipos innovadores, con iniciativa y espíritu dinámico.
La oposición no ha establecido las bases materiales del "conservadurismo
burocrático". Todo se reduce a psicología pura. En esas condiciones,
un trabajador con dos dedos de frente se dirá: "Es posible que el
camarada Cannon tenga ahora tendencias burocráticas -me resulta
difícil juzgar desde lejos-, pero si la mayoría del Comité
Nacional y del partido, que no tiene ningún interés en los
"privilegios" burocráticos, le apoya, no lo hará por sus
tendencias burocráticas, sino a pesar de ellas. Esto significa que
sus otras virtudes personales compensan este fallo." Esto es lo que diría
cualquier miembro serio del partido. Y, en mi opinión, estaría
en lo cierto.
Para dar entidad a sus acusaciones,
los líderes de la oposici6n han reunido un montón de anécdotas
y episodios aislados, que pueden contarse por cientos o miles en cualquier
partido, y que en muchos casos es imposible comprobar objetivamente. Estoy
dispuesto a ser indulgente con la sección de cuentos de la oposición,
pero voy a recordar uno en el que soy testigo y parte. Los líderes
de la oposición cuentan con arrogancia lo fácilmente, presumiblemente
sin crítica ni discusión previas, que el grupo de Cannon
aceptó el programa de medidas transitorias. He aquí lo que
escribí al camarada Cannon, sobre ese programa, el 15 de abril de
1938:
"Te mando un esquema del programa
transitorio y una nota sobre el trabajo del partido. Sin tu visita a México
no hubiera sido capaz de escribir este esquema, pues he aprendido mucho
en las discusiones, lo que me ha permitido ser más explícito
y concreto..."
Schatman debería estar enterado
de esa circunstancia, pues fue uno de los que tomaron parte en la discusión.
Los rumores, las especulaciones
personales y los chismes no son muy útiles, pero abundan en los
círculos pequeñoburgueses, en los que la gente no está
unida por los lazos del partido, sino por relaciones personales, y en donde
falta el hábito de una visión de clase de las cosas. Ha ido
de boca en, boca que me habían visitado exclusivamente representantes
de la mayoría, y que me habían sacado del buen camino. ¡Queridos
camaradas, no creáis esas tonterías! Recojo la información
política por los mismos métodos que realizo el resto de mi
trabajo. Una parte orgánica de la fisonomía política
de todo político es su acritud crítica ante la información.
Si fuera incapaz de distinguir entre la información falsa y la verdadera,
¿qué valor tendrían mis juicios?
Conozco personalmente por lo menos
a veinte miembros de la fracción de Abern. Estoy agradecido a muchos
de ellos por la amistosa ayuda que me han prestado en mi trabajo, y los
considero a todos, o a casi todos, como valiosos militantes del partido.
Pero he de decir también que lo que les distingue a todos, en mayor
o menor grado, es un aire pequeñoburgués, falta de experiencia
en la lucha de clases y, por tanto, falta de conexión con el movimiento
proletario. Sus rasgos positivos les unen a la IV Internacional. Los negativos
les convierten en la fracción más conservadora.
Se está metiendo en la cabeza
a los militantes del partido una actitud contra lo intelectual y los intelectuales",
dice el documento sobre "conservadurismo burocrático" (Boletín
Interno, vol. 2, núm. 6, enero de 1940, pág. 12). Este argumento
no viene a cuento. No se pone en cuestión a esos intelectuales que
están completamente al lado de los proletarios, sino a los que intentan
llevar el partido hacia el eclecticismo pequeñoburgués. El
mismo documento declara: "Se está llevando a cabo una propaganda
contra Nueva York que puede ser el origen de una serie de prejuicios muy
poco saludables." ¿A qué prejuicios se refieren aquí?
Aparentemente, al antisemitismo. Si existe en nuestro partido antisemitismo,
o cualquier otro racismo, debemos luchar abiertamente contra ellos, y no
mediante insinuaciones. Pero la cuestión de los judíos intelectuales
o semiintelectuales de Nueva York es social, no nacional. En nueva York
hay muchos judíos proletarios, pero Abern no ha construido con ellos
su fracción. Los elementos pequeñoburgueses de la fracción
han sido incapaces, hasta el momento, de llegar a los obreros judíos.
Se han contentado con su propio medio.
Ha sucedido más de una vez
en la historia -mejor dicho, no ha pasado otra cosa, a lo largo de toda
la historia- que, en la transición del partido de un periodo al
siguiente, elementos que jugaban un papel progresista en el pasado, pero
que se han mostrado incapaces de adaptarse a las nuevas tareas.
Se han unido frente al peligro y
han puesto de relieve sus peores rasgos. Este es el caso, hoy, de la fracción
de Abern, cuyo cerebro teórico es Burnham y Schatman su periodista.
"Cannon sabe -insiste Schatman- lo espúreo que es introducir el
"tema Abern" en la discusión. Sabe, como todo líder informado
del partido, que en los últimos años no ha habido nada parecido
a un "grupo Abern"." Me tomo la libertad de afirmar que si alguien está
deformando la realidad es el propio Schatman. He seguido el desarrollo
de las relaciones internas de la sección americana durante diez
años, Tengo muy clara la composición específica y
el papel especial que ha jugado la organización de Nueva York. Schatman
recordará tal vez que, cuando yo estaba todavía en Prinkipo,
recomendé trasladar el Comité Central de Nueva York y su
atmósfera pequeñoburguesa a un centro industrial de provincias.
Cuando llegué a México tuve oportunidad de aprender mejor
el inglés y, gracias a las visitas de muchos amigos del Norte, me
fui haciendo una idea más clara de la composición social
y de la psicología política de los distintos grupos. Sobre
la base de mis propias observaciones personales durante los tres años
pasados, puedo afirmar que la fracción de Abern ha existido siempre,
si no "dinámica", al menos "estáticamente".
Los miembros de la fracción
de Abern resultan fáciles de reconocer con un mínimo de experiencia
política, no sólo por sus rasgos sociales, sino por su forma
de enfocar todos los problemas políticos. Ellos han negado siempre
que constituyeran formalmente una fracción. Hubo un período
en que varios de ellos trataron de disolverse en el partido. Pero lo intentaron
contra sus propios deseos, y en cuanto surgía un tema polémico,
formaban un grupo. Estaban muy poco interesados en cuestiones de principio,
en especial en el cambio de la composición de clase del partido,
y mucho en conflictos personales, combinaciones por arriba y cosas que
pasan en el "cuartel general". Es la escuela de Abern. He prevenido constantemente
a muchos de estos camaradas de que esta vida artificial les llevaría,
más pronto o más tarde, a una explosión fraccional.
Los líderes de la oposición
hablan irónicamente de la composición proletaria de la fracción
de Cannon; a sus ojos, este "detalle" no tiene mayor importancia ¿Qué
es esto, si no es desdén pequeñoburgués mezclado con
ignorancia? En 1903, en el Segundo Congreso de los Socialdemócratas
Rusos, cuando tuvo lugar la escisión entre los bolcheviques y los
mencheviques, había sólo tres trabajadores entre un montón
de delegados. Los tres permanecieron con la mayoría. Los mencheviques
se rieron de Lenin por conceder a este hecho una gran significación
sintomática. Los mencheviques explicaron la postura de los tres
trabajadores por su "inmadurez". Pero ahora sabemos que era Lenin el que
estaba en lo cierto.
Si la sección proletaria
de nuestro partido americano está "políticamente atrasada",
la primera labor de los más "avanzados" debiera haber sido elevar
el nivel de los trabajadores. Pero, ¿por qué no ha encontrado
la oposición vía libre hacia los trabajadores? ¿Por
qué dejan esa tarea a la "pandilla" de Cannon? ¿No son los
trabajadores bastante buenos para la oposición? ¿O es que
la oposición no les va a los trabajadores?
Estoy lejos de creer que la sección
proletaria del partido sea perfecta. Los trabajadores sólo alcanzan
gradualmente su conciencia de clase. Los sindicatos crean un medio cultural
adecuado para las desviaciones oportunistas. Tendremos que enfrentarnos
inevitablemente con este problema en un futuro próximo. Más
de una vez el partido deberá recordar a sus propios sindicalistas
que la adaptación pedagógica a las capas más atrasadas
del proletariado no debe convertirse en adaptación política
a la burocracia conservadora de los sindicatos. Cada nueva etapa de desarrollo,
cada incremento en las filas del partido, en la complicación de
sus métodos de trabajo, abre nuevas posibilidades, pero también
nuevos peligros. Los trabajadores de los sindicatos, incluso los educados
en la escuela más revolucionaria, muestran a menudo una tendencia
a liberarse del control del partido. En el momento actual, sin embargo,
éste no es el problema En el momento actual, la oposición
no proletaria, que arrastra a la mayoría de la juventud no proletaria,
está intentando revisar nuestra tradición, nuestra teoría,
nuestro programa, y lo hace a la ligera, de paso, en aras de la lucha contra
"la pandilla de Cannon". En el momento actual, no son los sindicalistas
quienes muestran su desprecio hacia el partido, sino los oportunistas pequeñoburgueses.
Precisamente para evitar que los sindicalistas se vuelvan un día
de espaldas al partido, es preciso rechazar ahora enérgicamente
a estos oportunistas pequeñoburgueses.
Además, no podemos olvidar
que los errores, actuales o futuros, de los camaradas que trabajan en los
sindicatos, no son, sino el reflejo de las presiones del proletariado americano,
tal como es hoy día. Es nuestra clase. No vamos a ceder a la presión.
Pero ella nos muestra nuestra principal vía histórica. Los
errores de la oposición, sin embargo, reflejan la presión
de otra clase, que nos es ajena. La ruptura ideológica con esa clase
es una condición indispensable del triunfo futuro.
Los razonamientos de la oposición
respecto a la juventud son completamente falsos. Sin conquistar a la juventud
proletaria, el partido no podrá desarrollarse. Pero el problema
es que tenemos una juventud casi totalmente pequeñoburguesa, muchos
con un pasado socialdemócrata, es decir, oportunista. Los líderes
de esta juventud tienen virtudes innegables y gran habilidad, pero, por
desgracia, han sido educados en el espíritu del oportunismo pequeñoburgués
y, si no se desarraigan de su medio, si no se instalan en distritos industriales
para hacer el trabajo sucio diario entre el proletariado, se perderán
para siempre para el movimiento revolucionario. Desgraciadamente, Schatman
ha adoptado respecto a la juventud, como a tantas otras cuestiones, una
postura totalmente falsa.
Podemos ver hasta qué punto el
pensamiento de Schatman, surgido de un punto de partida falso, ha llegado
a ser totalmente infundado, en el hecho de que desprecie mi postura, calificándola
de defensa de la "pandilla de Cannon", e insista varias veces en que, en
Francia, apoyé también erróneamente a la "pandilla
de Molinier". Todo se reduce a mi apoyo personal a grupos aislados, sin
referencia a su programa. El ejemplo de Molinier no sirve más que
para oscurecer aún más el asunto. Intentaré aclararlo.
Molinier fue acusado de indisciplina, arbitrariedad y de meterse en toda
clase de aventuras financieras para apoyar el partido y su fracción,
no de rechazar nuestro programa. Sin embargo, Molinier era un hombre muy
enérgico y con indudable capacidad para la acción. Creí
necesario -no sólo en interés de Molinier, sino de todo el
partido- agotar todas las posibilidades de convertirle y reeducarle en
el espíritu de la disciplina proletaria. Como muchos de sus adversarios
tenían todos sus defectos y ninguna de sus virtudes, traté
de convencerlos de que no provocaran una escisión, sino que probaran
una y otra vez a Molinier. Y esta fue mi "defensa" de Molinier en la adolescencia
de la vida de nuestra sección francesa.
Como considero que una actitud paciente
hacia los camaradas débiles o indisciplinados y los intentos repetidos
para reeducarlos en el espíritu revolucionario son completamente
necesarios, he aplicado estos métodos no sólo con Molinier.
He hecho intentos de acercar al partido a Kurt Landau, Field, Weisbord
y muchos otros. En muchos casos, mis esfuerzos fueron infructuosos; en
otros, conseguí rescatar a valiosos camaradas.
'En ningún caso hice la menor
concesión de principios a Molinier. Cuando decidió fundar
un periódico sobre la base de las, "cuatro consignas", en lugar
de nuestro programa, y ejecutar independientemente el plan, estuve entre
los que insistieron en su expulsión inmediata. Pero no oculto el
hecho de que, en el Congreso Fundacional de la IV Internacional estuve
a favor de probar de nuevo a Molinier y su grupo dentro de la estructura
de la Internacional, para ver si se habían convencido de lo erróneo
de su política. Tampoco esta vez sirvió para nada el intento.
Pero no renuncio a repetirlo otra vez, si se dan las condiciones adecuadas.
Es curioso que, entre los enemigos más encarnizados de Molinier
hubiese gente, como Vereecken y Sneevliet, que al final han roto con la
IV Internacional y se ha unido a él con todo éxito.
Algunos camaradas que conocen mis
archivos me reprochan amistosamente que haya perdido y siga perdiendo tanto
tiempo con "deshauciados". Les contesto que he tenido muchas veces la oportunidad
de observar que la gente cambia con las circunstancias y que no estoy dispuesto
a deshauciar a nadie sobre la base de unos cuantos errores, aunque sean
muy serios.
Cuando tuve claro que Schatman -y
una sección del partido tras él- se estaban metiendo en un
callejón sin salida, le escribí que, si podía, cogería
un avión y me iría a discutir con él en Nueva York
setenta y dos horas seguidas. Le pregunté si, en caso de que yo
no pudiera ir, querría él venir a verme. No me contestó.
Estaba en su derecho. Puede que, en el futuro, los camaradas que revisen
mis archivos citen esta carta mía a Schatman como un paso en falso,
y la relacionen con mi postura con Molinier. No me convencerán.
Es una tarea extremadamente difícil formar una vanguardia proletaria
internacional en las condiciones actuales. Cazar individuos a expensas
de los principios sería imperdonable. Pero considero de siempre
mi deber hacer todo lo posible por retener a los camaradas equivocados
o que intentan apartarse de nuestro programa.
Cito una palabras de Lenin -pronunciadas
en la Discusión Sindical que Schatman ha utilizado tan irrelevantemente-
que deberían grabarse en la mente muchos camaradas: "Un error siempre
empieza siendo pequeño. Luego, crece. Las diferencias siempre empiezan
por nimiedades. Todo el mundo se ha hecho alguna vez una heridita, pero
si la heridita se infecta, puede producir una enfermedad mortal." Así
hablaba Lenin el 23 de enero de 1921. Es imposible no cometer errores;
unos lo hacen con mayor frecuencia, otros con menos. El deber de un revolucionario
proletario es no mantenerse en el error, no situar su ambición personal
sobre los intereses de la causa, detenerse a tiempo. ¡Y es hora de
que el camarada Schatman se detenga! De otro modo, el arañazo, que
es ya una úlcera, puede degenerar en gangrena.
24 de enero de 1940.
Coyoacan, D. F.