Querido camarada:
Me han informado que, ante mi artículo
sobre la oposición pequeñoburguesa, usted ha reaccionado
diciendo que no quiere discutir conmigo sobre dialéctica, sino sobre
"cuestiones concretas". "Dejé de elucubrar sobre religión
hace mucho tiempo", añadió usted irónicamente. Oí
una vez a Max Eastman hacer la misma afirmación.
¿Es
lógico identificar la lógica con la religión?
A
mi modo de ver, esto significa simplemente que usted incluye la dialéctica
de Marx, Engels y Lenin en la esfera de la religión. ¿Qué
significa esto? La dialéctica, permítame recalcarlo una vez
más, es la lógica de la evolución. La lógica
indispensable para todas las esferas del conocimiento humano, lo mismo
que el almacén de una fábrica proporciona instrumentos para
todos los departamentos. Si no considera la lógica en general es
un prejuicio religioso (aunque sea feo el decirlo, los contradictorios
escritos de la oposición le inclinan a uno cada vez más a
esa lamentable idea), ¿qué lógica acepta usted? Conozco
sólo dos sistemas lógicos dignos de atención: la lógica
de Aristóteles (lógica formal) y la lógica de Hegel
(la dialéctica). La lógica aristotélica parte la inmutabilidad
de los objetos y los fenómenos. El pensamiento científico
de nuestra época estudia los fenómenos en origen, cambio
y desintegración. ¿Afirma usted que el progreso de las ciencias,
incluyendo el darwinismo, el marxismo, la física y la química
modernas, no tiene nada que ver con un cambio en la estructura de nuestro
pensamiento, nuestra forma de pensar? En otras palabras, ¿mantiene
usted que, en un mundo donde todo cambia, sólo el silogismo permanece,
eterno e inmutable? El Evangelio según San Juan comienza con estas
palabras: "En el principio, era el Verbo", es decir, en el principio era
la Razón del Verbo (razón expresada en palabras, es decir,
el silogismo). Para San Juan, el silogismo es uno de los pseudónimos
literarios de Dios. Si usted considera que el silogismo es inmutable, no
tiene origen ni desarrollo, el silogismo es para usted producto de la revelación
divina. Pero si reconoce usted que las formas del pensamiento lógico
se desarrollan en nuestro proceso de adaptación a la naturaleza,
haga el favor de decirnos quién, siguiendo a Aristóteles,
ha analizado y sistematizado el progreso consiguiente de la lógica.
Hasta que no clarifique usted este punto me tomaré la libertad de
afirmar que identificar la lógica (dialéctica) con la religión
indica superficialidad y un profundo desconocimiento de los problemas básicos
del pensamiento humano.
¿Está
el revolucionario obligado a luchar
contra
la religión?
Imaginemos,
sin embargo, que su insinuación más que presuntuosa es correcta.
Esto no le da ninguna ventaja. La religión, espero que esté
de acuerdo conmigo, distrae la atención del conocimiento correcto
a la ficción, y de la lucha por una vida mejor a falsas esperanzas
en el Más Allá. La religión es el opio del pueblo.
Quien no lucha contra la religión no merece el nombre de revolucionario.
¿Cómo justifica usted su renuncia a luchar contra la dialéctica,
si es una variedad de la religión?
Hace mucho tiempo que dejó
usted de preocuparse por el tema de la religión, dice usted. Pero
dejó de hacerlo por usted mismo solamente; y, además de usted,
hay otros seres en el mundo. Unos pocos más. Nosotros, los revolucionarios;
nunca dejamos de preocuparnos del problema de la religión, ya que
nuestra tarea consiste en emancipar de la influencia de la religión
no sólo a nosotros mismos, sino también a las masas. Si la
dialéctica es una religión, ¿cómo no lucha
usted contra la difusión de ese opio dentro de su propio partido?
¿O pretende usted insinuar
que la religión no tiene importancia política? ¿Es
posible ser religioso y a la vez un comunista coherente y un luchador revolucionario?
Naturalmente mantenemos la actitud más considerada del mundo los
principios religiosos de un trabajador, de la retaguardia no consciente.
Si desea luchar por nuestro programa, le admitimos como miembro del partido;
pero, al mismo tiempo, el partido tratará persistentemente de educarle
en los principios del materialismo y el ateísmo. Si está
de acuerdo con esto, ¿cómo se niega usted a luchar contra
la "religión" que profesan los miembros de su partido que, a mi
entender, más se interesan en cuestiones teóricas? Obviamente
ha olvidado usted el aspecto más importante de la cuestión.
Entre la burguesía educada
hay mucha gente que ha roto con la religión, pero cuyo ateísmo
es sólo para su consumo privado: guardan sus pensamientos para sí
mismos, pero en público suelen mantener que es bueno que el pueblo
sea religioso. ¿Es posible que usted mantenga este punto de vista
hacia su propio partido? ¿Es posible que esto explique su negación
a discutir con nosotros los fundamentos filosóficos del marxismo?
Si es así, bajo su desdén por la dialéctica se esconde
un tono de desprecio hacia el partido.
Por favor, ahórrese decir
que he basado mis argumentos en una frase dicha en una conversación
privada y que no ha rechazado públicamente el materialismo dialéctico.
No es verdad. Su desafortunada frase me ha servido sólo de ejemplo.
Por lo menos en una ocasión usted se ha negado a aceptar, por varias
razones, la doctrina que constituye la base teórica de nuestro programa.
Esto lo sabe todo el mundo en el partido. En el artículo "Intelectuales
en retirada", escrito por usted en colaboración con Schatman y publicado
en el teórico del partido, afirma usted categóricamente que
rechaza el materialismo dialéctico. ¿No tiene el partido
derecho a saber por qué? Usted asume de hecho que en la IV Internacional
un editor de un órgano teórico puede confinarse a sí
mismo a decir: "Rechazo definitivamente el materialismo dialéctico",
como si se tratase de preferir una determinada marca de cigarrillos. Una
doctrina filosófica correcta, esto es, un método de pensamiento
adecuado, es de importancia tan significativa para un partido revolucionario
como un buen almacén es importante para la producción. Es
todavía posible defender la vieja sociedad con los métodos
materiales e intelectuales heredados del pasado. Pero es absolutamente
imposible pensar que podamos destruir esta sociedad levantar una nueva
sin analizar críticamente los métodos se utilizaban antes.
Si el partido ha establecido erróneamente las bases de su pensamiento,
es deber elemental de da militante señalar el camino correcto. De
otro modo, conducta podría ser interpretada como la actitud de un
caballero académico hacia una organización proletaria que,
después de todo, es incapaz de crear una doctrina realmente "científica".
¿Y qué puede ser peor que esto?
Cualquiera
que esté familiarizado con la historia de las luchas de tendencias
dentro de los partidos obreros sabe que las discusiones promovidas por
los oportunistas, e incluso por la reacción burguesa, empiezan muchas
veces por cuestionar la dialéctica. Los intelectuales pequeñoburgueses
consideran que la dialéctica es el punto más vulnerable del
marxismo y además se aprovechan de que a los trabajadores les resulta
mucho más difícil darse cuenta de las divergencias en el
campo filosófico que en el campo político. Este hecho tan
conocido puede refutarse por una larga serie de experiencias. En primer
lugar, no podemos olvidar que todos los grandes revolucionarios -Marx,
Engels, Lenin, Luxemburg, Mehring-, se mantuvieron en el campo del materialismo
dialéctico. ¿Podemos asumir que todos ellos eran incapaces
de distinguir entre ciencia y religión? ¿No es demasiado
presuntuoso por su parte afirmarlo, camarada Burnham? Los ejemplos de Bernstein,
Kautsky y Franz Mehring son extremadamente instructivos. Berstein rechazó
abiertamente la dialéctica por "escolástica" y "mística".
Kautsky se mostró indiferente ante el asunto, de modo similar al
camarada Schatman. Mehring fue un incansable propagandista y defensor del
materialismo dialéctico. Siguió durante décadas las
innovaciones en filosofía y literatura, denunciando infatigablemente
el carácter reaccionario del idealismo, neo-kantismo, utilitarismo,
todo tipo de misticismo, etc. El destino r de estos tres individuos es
bien conocido; Berstein acabó sus días de pulcro demócrata
pequeñoburgués; Kautsky pasó de centrista a vulgar
oportunista. Mehring murió como un verdadero comunista revolucionario.
En Rusia, tres eminentes académicos
marxistas, Struve, Bulgakow y Berdyaev, empezaron por rechazar las ideas
filosóficas del marxismo y acabaron en el bando de la reacción
y la iglesia ortodoxa. En EE.UU. Eastman, Sidney Hoock y su pandilla utilizaron
la oposición dialéctica como coartada para pasar de servidores
del proletariado a servidores de la burguesía. Ejemplos de este
tipo se encuentran en todos los países. El ejemplo de Plejanov,
que parece una excepción, no hace sino confirmar la regla. Plejanov
fue un destaca pagador del materialismo dialéctico, pero durante
su amplia vida no tuvo oportunidad de participar en la lucha de clases.
Su pensamiento estaba divorciado de la práctica. La revolución
de 1905 y la Guerra Mundial le arrojaron al campo de la socialdemocracia
pequeñoburguesa, y posteriormente se vio obligado a renunciar a
la dialéctica. Durante la Guerra Mundial, Plejanov fue el representante
del imperativo categórico kantiano en el campo de las relaciones
internacionales: "No hagas a los otros lo que no quisieras que hacieran
contigo." Lo único que prueba el ejemplo de Plejanov es que el materialismo
dialéctico, por sí mismo, no hace a un hombre revolucionario.
Schatman, por otro lado, afirma
que Liebknecht ha dejado un trabajo póstumo contra la dialéctica,
que escribió en prisión. Cuando uno está en la cárcel
se le ocurren muchas ideas que no pueden confirmarse mediante la discusión
con otros. Liebknecht, a quien nadie, y menos él mismo, considera
un teórico, se ha convertido en un símbolo de heroísmo
en el movimiento obrero mundial. Si alguno de los oponentes americanos
de la dialéctica demuestra igual espíritu de sacrificio e
independencia del patriotismo durante la guerra, diremos que es, sin duda,
un revolucionario. Pero esto no resuelve el problema del método
dialéctico.
Es imposible saber cuáles
hubieran sido las conclusiones finales de Liebknecht si hubiera permanecido
en libertad. En cualquier caso, antes de publicar su trabajo se lo hubiera
mostrado a sus amigos más competentes, Mehring o Rosa Luxemburgo.
Probablemente, tras oír su opinión, hubiese tirado el manuscrito
al fuego. Supongamos, sin embargo, que, en contra de la opinión
de sus camaradas teóricamente más preparados, hubiese publicado
el manuscrito. Mehring, Luxemburgo, Lenin, etc., no habrían propuesto
expulsarle del partido, naturalmente; por el contrario, le hubieran defendido
y rechazado una propuesta tan descabellada. Pero no habrían formado
un bloque filosófico con él, sino que habrían denunciado
claramente sus errores teóricos.
La conducta del camarada Schatman
nos parece bastante distinta. "Como podéis observar -dice, ¡y
para señalar a la juventud!- Plejanov era un destacado teórico
del materialismo dialéctico y acabó como un oportunista;
Liebknecht era un verdadero revolucionario y rechazó la dialéctica."
Este argumento, si quiere decir algo, significa que el materialismo dialéctico
no es el único instrumento de un revolucionario. Con los ejemplos
de Plejanov y Liebknecht, Schatman le da la vuelta a la historia. Refuerza
y "profundiza" la idea de su artículo del año pasado, es
decir, que la política no depende del método, que el método
está divorciado de la política por el milagro de la inconsistencia.
Schatman parece romper la regla mediante la falsa interpretación
de dos excepciones. Si argumenta así un "partidario" del marxismo,
¿qué podemos esperar de un oponente? La revisión del
marxismo se convierte así en su liquidación total; más
aún, en la liquidación de toda doctrina y todo método.
¿Qué
propone usted a cambio?
El
materialismo dialéctico no es, por supuesto, una doctrina eterna
e inmutable. Pensar lo contrario es, precisamente, traicionar el espíritu
de la dialéctica. El desarrollo futuro del pensamiento científico
creará una doctrina más profunda en la que el materialismo
dialéctico no será más que un elemento estructural.
Sin embargo, carecemos de base para suponer que esta revolución
filosófica se produzca antes que la decadencia del régimen
burgués, sin mencionar el hecho de que no nace un Marx todos los
días, ni todas las décadas. La misión, a vida o muerte,
del proletariado de hoy consiste en rehacer el mundo de arriba a abajo,
no en reinterpretarlo de nuevo. En un futuro próximo, podemos esperar
grandes revolucionarios de acción, pero no un nuevo Marx. La humanidad
sólo sentirá la necesidad de revisar la herencia cultural
del pasado cuando haya sentado las bases de una cultura socialista, y entonces
la sobrepasará ampliamente, no sólo en el campo de la economía,
- sino también en el de la creación intelectual. El régimen
de la burocracia bonapartista de la URSS es doblemente criminal, porque
crea desigualdades crecientes en todas las esferas de la vida y porque
degrada la actividad intelectual en el país al nivel de los zoquetes
del GPU.
Pero imaginémonos por un
momento que el proletariado es tan afortunado en esta época de guerras
y revoluciones que llega a producir un nuevo teórico -o una constelación
de teóricos- capaces de sobrepasar el marxismo y, en especial, de
llevar la lógica más allá del materialismo dialéctico.
En ese caso, ni qué decir tiene que todos los trabajadores avanzados
deberán aprender de estos nuevos maestros y todos los viejos teóricos,
reeducarse en sus ideas. Pero entre tanto, suena a música del futuro.
¿O no? ¿Quiere usted decirme qué trabajos teóricos
actuales pueden sustituir el materialismo dialéctico como doctrina
del proletariado?
Si los tuviera usted a mano, seguramente
no se negaría a luchar contra "el opio de la dialéctica".
Pero no existen. Mientras intenta desacreditar la filosofía del
marxismo, usted no propone nada para, sustituirla.
Imagínese usted un joven
médico aficionado que arguye a un cirujano experimentado que la
anatomía, neurología y fisiología modernas son inútiles,
que dejan muchos problemas sin resolver y que sólo "burócratas
conservadores" pueden trabajar con un bisturí en base a esas "pseudo-ciencias".
Supongo que el cirujano pediría a su irresponsable colega que abandonara
el quirófano. Nosotros tampoco, camarada Burnhan, podemos rendirnos
ante insinuaciones baratas sobre la filosofía del socialismo científico.
Por el contrario, y ya que el problema se ha planteado a quemarropa en
el curso del debate de fracciones, debemos decir, cara a todos los miembros
del partido, especialmente a los jóvenes: cuidado con la infiltración
en vuestras filas del escepticismo burgués. Recordad que hasta el
momento, el socialismo no ha encontrado mejor expresión científica
que el marxismo. No olvidéis que el método del socialismo
científico es el materialismo dialéctico. ¡Ocupaos
de estudios serios! Estudiad a Marx, Engels, Plejanov, Lenin y Mehring.
Os será cien veces más útil que el estudio de los
tendenciosos, estériles y absurdos tratados sobre el conservadurismo
de Cannon. ¡Deje que, al menos, el debate actual tenga este resultado
positivo; que la juventud intente meterse en la cabeza las bases teóricas
serias de la lucha revolucionaria!
El
falso "realismo" político
En
su caso, sin embargo, la cuestión no se reduce a la dialéctica.
La forma en que usted explica en su resolución por qué no
somete ahora a la decisión del partido el asunto de la naturaleza
de la URSS significa en realidad que la somete, si no jurídica,
al menos sí teórica y políticamente. Sólo un
niño no se daría cuenta de ello. Pero esta declaraci6n tiene
otro significado, todavía más ultrajante y pernicioso. Significa
que usted separa la política de la sociología marxista. Y,
para nosotros, el punto crucial del asunto es precisamente ese. Si es posible
dar una definición correcta del estado sin utilizar el materialismo
dialéctico; si es posible determinar la política adecuada
sin un análisis de clase del estado, ¿necesitamos para algo
el marxismo?
Aunque no están de acuerdo
entre sí sobre la naturaleza del Estado soviético, los líderes
de la oposición coinciden en afirmar que la política exterior
del Kremlin debe calificarse de "imperialista" y que la URSS no debe ser
apoyada "incondicionalmente". (¡Vasta y sustancial plataforma!) Cuando
la "pandilla" de la oposición plantee en el Congreso el asunto de
la naturaleza de la URSS (¡qué crimen!), os habréis
puesto de acuerdo previamente para estar en desacuerdo, es decir, para
votar de forma diferente. Se ha dado un precedente de este tipo en el Gobierno
"nacional" inglés, cuando los ministros "están de acuerdo
en estar en desacuerdo", es decir, en votar de forma diferente. Pero los
ministros de Su Majestad tienen la ventaja de que están muy de acuerdo
sobre la naturaleza de su estado, y pueden permitirse el lujo de no estarlo
en cuestiones secundarias. Pero los líderes de la oposición
no tienen una situación tan favorable. Se permiten el lujo de no
estar de acuerdo en la cuestión fundamental, con tal de estarlo
en las secundarias. Si esto es marxismo y política de principios,
no sé lo que será el oportunismo sin principios.
Parece usted creer que, al negarse
a discutir sobre materialismo dialéctico y sobre la naturaleza de
clase del Estado soviético, y limitarse a "cuestiones concretas",
se porta como un "Político realista". Pero esto es sólo el
resultado de un conocimiento inadecuado de la historia de las luchas de
fracciones en el movimiento obrero en los últimos cincuenta años.
En cada conflicto de principios, los marxistas hicieron enfrentarse claramente
a partido con los problemas fundamentales de la doctrina y el programa,
porque consideraban que sólo bajo estas condiciones encontrarían
su sitio y proporción adecuada los asuntos "concretos". Por el otro
lado, los oportunistas de todas clases, especialmente los que ya habían
sufrido alguna derrota en una discusión de principio, oponían
al análisis de clase marxista una postura "concreta" y coyuntural
que, como de costumbre, había formulado bajo la presión de
la democracia burguesa. Esta división de papeles ha persistido durante
décadas de debates fraccionales. La oposición, permítame
asegurarle, no ha inventado nada nuevo. Está siguiendo la tradición
del revisionismo teórico y el oportunismo político.
A finales del siglo pasado se rechazaron
sin piedad los intentos revisionistas de Bernstein, que cayó en
Inglaterra bajo la influencia del empirismo y utilitarismo anglosajones
-la peor clase de filosofía-. Pero los oportunistas alemanes dieron
de pronto un paso atrás en filosofía y sociología.
En los congresos y la prensa regañaban sin cesar a los "pedantes"
marxistas, que reemplazaban las "cuestiones políticas concretas"
por consideraciones generales de principios. Léase los textos de
los socialdemócratas alemanes de finales del siglo pasado y principios
de éste... y quedará asombrado de cómo la mort saisit
le vof, que dicen los franceses.
No desconoce usted el gran papel
que jugó "Iskra" en el desarrollo del marxismo ruso. "Iskra" empezó
luchando contra los autodenominados "economistas" del movimiento obrero
y contra los "narodniki" (Partido de los Social-revolucionarios). El principal
argumento de los "economistas" era que "Iskra" flotaba en la esfera de
la teoría, mientras que ellos se proponían dirigir el movimiento
obrero "concreto". El principal argumento de los social-revolucionarios
era que "Iskra" pretendía crear una escuela de materialismo dialéctico
mientras ellos derrocaban la autocracia zarista. Debo decir que los terroristas
narodniki se tomaron muy en serio sus propias palabras; sacrificaron sus
vidas bomba en mano. Nosotros les decíamos: "En algunas ocasiones,
una bomba es una cosa excelente, pero primero tenemos que clarificar nuestras
ideas". La experiencia histórica demostró que la mayor revolución
conocida en la historia no la dirigió el partido que empezó
poniendo bombas, sino el partido que empezó con materialismo dialéctico.
Cuando los bolcheviques y los mencheviques
eran todavía miembros del mismo partido, se producía, tanto
en el período anterior como en el mismo congreso, una lucha a muerte
sobre el orden del día. Lenin solía poner al principio los
puntos sobre el carácter de la monarquía zarista, el análisis
del carácter de la clase de revolución, el análisis
de las etapas de la revolución por las que estábamos pasando,
etcétera. Martov y Dan, los líderes de los mencheviques,
objetaban invariablemente: "Somos un partido político y no un club
de sociólogos; no tenemos que llegar a un acuerdo sobre la naturaleza
de clase de la economía zarista, sino sobre "tareas políticas
concretas"". Cito de memoria, pero no tengo ninguna posibilidad de equivocarme,
porque estas discusiones se repetían año tras año
y llegaron a estereotiparse. Debo decir que yo mismo cometí muchos
errores en este sentido. Pero he aprendido algo desde entonces.
Lenin siempre explicaba a estos
enamorados de las "tareas políticas concretas" que nuestra política
es de principios, y no coyuntural; que la táctica está subordinada
a la estrategia; que, para nosotros, el contenido principal de cada campaña
política es guiar a los trabajadores de los problemas concretos
a los generales, para enseñarles el verdadero carácter de
la sociedad moderna y de sus fuerzas fundamentales. Los mencheviques sentían
siempre la urgente necesidad de saltarse a la torera sus diferencias de
principio, mientras que Lenin, por el contrario, solía plantearlas
a quemarropa. Los argumentos actuales de la oposición contra la
filosofía y la sociología y a favor de las "cuestiones políticas
concretas" son copia exacta de los argumentos de Dan. ¡Ni una palabra
nueva! Es triste que Schatman vaya a respetar la política de principios
del marxismo sólo cuando sea lo bastante viejo para estar en los
archivos.
El recurso a las "cuestiones políticas
concretas" suena especialmente torpe e inadecuado en sus labios, camarada
Burnham, puesto que fue usted, y no yo, quien planteó primero el
problema de la naturaleza de la URSS, forzándome a mi vez a plantear
el tema del método mediante el que podemos determinar el carácter
de clase del estado. Es verdad que usted retiró su resolución.
Pero esa maniobra de la fracción no tiene sentido, objetivamente.
Uno llega a conclusiones políticas desde premisas sociológicas,
aunque las haya olvidado temporalmente en la cartera. Schatman llega exactamente
a las mismas conclusiones sin ninguna premisa; se adapta a usted, Abern
se aprovecha, para sus "combinaciones organizativas", tanto de la ausencia
de premisa como de la premisa escondida. Esta es la situación real
en el campo de la oposición. Usted procede como anti-marxista; Schatman
y Abern, como marxistas "platónicos". No es fácil establecer
quién es peor.
La
dialéctica de la presente discusión
Cuando
nos enfrentamos con el frente diplomático que cubre las premisas
inexistentes o escondidas de nuestros adversarios, nosotros, los "conservadores",
respondemos: "Sólo es posible una discusión fructífera
sobre "cuestiones concretas" si establecemos previamente, con toda claridad,
las premisas de clase de las que partimos. No estamos dispuestos a discutir
sobre esa serie de tópicos que habéis seleccionado artificialmente.
¿Propondría alguien discutir cuestiones como la invasión
de Suiza por la flota soviética o el largo de la cola de una bruja
del Bronx sin haber aclarada antes si Suiza tiene costa o si hay brujas?
Toda discusión seria lleva
de lo particular, incluso accidental, a lo general y fundamental. En la
mayor parte de los casos, las causas inmediatas de la discusión
tienen un interés meramente sintomático. Sólo tienen
significación política actual aquellos problemas cuyo desarrollo
es discutible. Para ciertos intelectuales, ansiosos de denunciar el "conservadurismo
burocrático" y exhibir su propio "dinamismo político", las
discusiones sobre la dialéctica, el marxismo, la naturaleza del
estado, el centralismo, surgen "artificialmente" y toman una dirección
"falsa". Pero el nudo del problema es que la discusión tiene una
lógica objetiva, que no coincide con la lógica subjetiva
de individuos y grupos. El carácter dialéctico de la discusión
procede del hecho de que su curso objetivo se determina por el conflicto
vivo entre tendencias opuestas, y no obedece a ningún plan lógico
predeterminado. El carácter materialista de la discusión
se debe a que refleja las presiones de las distintas clases. Por eso, la
actual discusión dentro del SWP se desarrolla, como todo proceso
histórico -y con o sin su permiso, camarada Burnham- de acuerdo
con las leyes del materialismo dialéctico. No podemos escapar de
esas leyes.
"Ciencia"
contra marxismo y "experimentos"
contra
el programa.
Tras
acusar a sus oponentes de "conservadurismo burocrático" (lo que
es una mera abstracción psicológica en tanto no se muestre
qué intereses sociales específicos subyacen ese "conservadurismo"),
pide usted en su documento que esta política conservadora sea reemplazada
por "política crítica y experimental, en una palabra, política
científica" (véase pag. ¿Agentes del imperialismo?).
Esta afirmación, tan inocente y vacía a primera vista, a
pesar de toda su pomposidad, es, en sí misma, una denuncia completa.
No habla usted de política marxista, ni de política proletaria.
Habla de política "experimental", "crítica" y "científica".
¿Por qué esta terminología, tan deliberadamente abstrusa
y pretencioso, y tan infrecuente entre nosotros? Se lo voy a decir. Es
el producto de su adaptación, camarada Burnham, a la opinión
pública burguesa, y de la adaptación de Schatman y Abern
a su adaptación. El marxismo ya no está de moda en los círculos
liberales de intelectuales burgueses. En cuanto uno menciona el marxismo
-¡Dios no lo permita!- le toman por un materialista dialéctico.
Lo mejor es desechar esa palabra desacreditada. Pero, ¿con qué
la sustituimos? ¿Por qué no con "ciencia", a ser posible
"Ciencia", con mayúsculas? Y la ciencia, como todo el mundo sabe,
se basa en la "crítica" y la "experimentaci6n". Tiene su propio
círculo; tan sólido, tan tolerante, tan poco sectario, tan
académico. Con una fórmula así uno puede entrar en
cualquier salón democrático.
Relea, por favor, su propia frase:
"En lugar de la política conservadora, debemos construir una política
audaz, flexible, crítica y experimental; en una palabra, una política
científica". ¡No podía haberla hecho mejor! Pero esta
es, precisamente, la fórmula que todos los empiristas pequeñoburgueses,
todos los revisionistas y todos los aventureros políticos han opuesto
al marxismo estrecho", "limitado", "dogmático" y "conservador".
"El estilo hace al hombre", decía Buffon. La terminología
política no sólo hace al hombre, sino al partido. La terminología
es uno de los elementos de la lucha de clases. Sólo pedantes sin
vida pueden dejar de entenderlo. En su documento arrasa usted cuidadosamente
-sí, usted, camarada Burnham- no sólo términos como
dialéctica o materialismo, sino el marxismo. Usted está por
encima de todo eso. Usted es un hombre de ciencia, "crítico y experimental".
Por la misma razón, utiliza el término "imperialismo" para
calificar la política exterior de la URSS. Eso le diferencia de
la terminología, demasiado embarazoso, de la IV Internacional, creando
fórmulas menos "sectarias", menos "religiosas", menos precisas,
pero iguales a -¡qué feliz coincidencia!- las de las democracias
burguesas.
¿Quiere usted experimentar?
Pues permítame recordarle que el movimiento obrero tiene una larga
historia, llena de experiencia o, si lo prefiere, de "experimentos". Esta
experiencia, adquirida a costa de tantos sacrificios, ha cristalizado en
el centro de una doctrina definida, el marxismo, cuyo nombre rechaza usted
tan cuidadosamente. Antes de concederle el derecho a "experimentar", el
partido tiene derecho a preguntarle: ¿qué método va
a utilizar? Henry Ford no permitiría experimentar en su fábrica
a un hombre que no haya asimilado las condiciones básicas del anterior
desarrollo de la industria, que no conozca los innumerables experimentos
que ya se han realizado. Aún más: los laboratorios experimentales
de las fábricas están cuidadosamente separados de la producción
en masa. Mucho menos podemos permitir experimentos de médico brujo
en el movimiento obrero -aunque se lleven a cabo bajo el símbolo
de la "ciencia" anónima-. Para nosotros, la ciencia del movimiento
obrero es el marxismo. Dejamos la ciencia sin apellido, la Ciencia con
mayúscula, a la entera disposición de Eastman y su pandilla.
Sé que ha discutido usted,
muchas veces con Eastman, y que en algunas ocasiones ha argumentado muy
bien. Pero usted debate con él como un miembro de su propio círculo,
y no como un agente de su enemigo de clase. Lo demostr6 usted claramente
cuando, en su artículo con Schatman invitó inesperadamente
a Eastman, Hook, Lyons y demás a exponer sus ideas en el New International.
No le importaba que ellos plantearan el tema de la dialéctica y
le obligaran a salir de su diplomático silencio.
El 20 de enero del año pasado,
mucho antes de que empezara esta discusión, mostraba a Schatman
la urgente necesidad de estudiar atentamente el desarrollo interno del
partido stalinista. Le escribía: "Esto puede ser mil veces más
importante que invitar a Eastman o Lyons a presentar sus paridas personales.
Estoy un poco enfadado de que diera espacio al último artículo
de Eastman, tan insignificante y arrogante. Eastman tiene a su disposición
el Harper's Magazine, el Modern Monthly, el Common Sense, etc. Pero lo
que me deja completamente perplejo es que usted invite personalmente a
esa gente a manchar las no tan numerosas páginas del New International.
La perpetuación de esta polémica puede interesar a algunos
intelectuales pequeñoburgueses, pero no a los elementos revolucionarios.
Estoy firmemente convencido de que es necesaria una reorganización
a fondo del New International y del Socialist Appeal; hay que alejarse
de los Eastman y los Lyons y acercarse a los trabajadores y, en este sentido,
al partido stalinista".
Como siempre en estos casos. Schatman
me contestó sin atención ni cuidado. En el momento actual,
la cuestión está resucita de hecho, porque los enemigos del
marxismo a quienes invitó rehusaron la invitación. Sin embargo,
este episodio conserva interés. Por un lado, usted, camarada Burnham,
de acuerdo con Schatman, invita a los demócratas burgueses a exponer
sus ideas en el órgano oficial de nuestro partido. Por otro, y de
acuerdo con el mismo Schatman, se niega a mantener conmigo una polémica
sobre la dialéctica y la naturaleza de clase del Estado soviético.
¿No significa esto que usted y su aliado Schatman se han vuelto
hacia sus semi-oponentes burgueses y han dado la espalda a su propio partido?
Abern llegó hace ya mucho tiempo a la conclusión que el marxismo
es una doctrina honorable, pero que no vale lo que una buena combinación
de oposición. Mientras tanto, Schatman se deja caer pendiente abajo,
consolándose con cuchufletas. Pero siento que, en el fondo de su
corazón, se siente triste y culpable. Cuando llegue a un punto en
la caída, espero que reaccione y vuelva arriba de nuevo. Mi esperanza
se basa en que la "experiencia" de su política fraccionaria le devuelva
al camino de la Ciencia.
Un
dialéctico sin saberlo
Me
han informado de que Schatman, utilizando mi frase sobre Darwin, ha dicho
que usted era "un dialéctico sin saberlo". Este ambiguo cumplido
contiene una pieza de verdad. Cada hombre es un dialéctico, en mayor
o menor medida, y en muchos casos sin darse cuenta. Toda ama de casa sabe
que hace falta sal para dar un sabor agradable a la sopa, pero que si echa
de más no hay quien se la coma. En consecuencia, una campesina analfabeta
se guía, a la hora de guisar la sopa, por la ley hegeliana del salto
cualitativo. Podríamos poner un sin fin de ejemplos por el estilo,
tomados de la vida diaria. Hasta los animales llegan a conclusiones basándose
no sólo en el silogismo aristotélico, sino también
en la dialéctica hegeliana. Un zorro sabe que los cuadrúpedos
y los pájaros son nutritivos y sabrosos. Ante un conejo o una gallina
el zorro concluye: estos animales son del tipo nutritivo y sabroso... y
se lanza sobre la presa. Hace así un perfecto silogismo aunque el
zorro, supongo, no ha leído a Aristóteles. Sin embargo, cuando
el mismo zorro se encuentra con el primer animal más grande que
él, por ejemplo, un lobo, concluye rápidamente que la cantidad
puede convertirse en cualidad y pone pies en polvorosa. Evidentemente,
las patas del zorro tienen tendencias hegelianas, aunque no sean muy conscientes
de ello. Esto demuestra, de pasada, que nuestros métodos de pensamiento,
se trate de la lógica formal o de la dialéctica, no son construcciones
arbitrarias de nuestra razón, sino que expresan la naturaleza del
sistema de relaciones actual. En este sentido, el universo entero está
lleno de "dialécticos sin saberlo". Pero la naturaleza no se detiene
aquí. Antes de que las relaciones más profundas de la naturaleza
se plasmarán en la conciencia o el lenguaje de los zorros o los
hombres, se había producido un desarrollo no despreciable. Después,
el hombre fue capaz de generalizar estas formas de conciencia y transformarlas
en categorías lógicas (dialécticas), creando así
la posibilidad de penetrar más profundamente en el mundo que nos
rodea.
Hasta la fecha, la expresión
más acabada de las leyes dialécticas que prevalecen en la
naturaleza y la sociedad la han producido Hegel y Marx. A pesar de que
Darwin no estaba interesado en verificar sus métodos lógicos,
alcanzó empíricamente -gracias a su genio- las generalizaciones
dialécticas más avanzadas en el campo de las ciencias naturales.
En este sentido, Darwin es, como afirmaba en mi anterior artículo,
un "dialéctico sin saberlo". Sin embargo, no valoramos a Darwin
por su incapacidad para llegar a comprender la dialéctica, sino
porque, a pesar de su falta de conocimientos filosóficos, fue capaz
de descubrir el origen de las especies. A Engels le exasperaba la estrechez
empirista del método de Darwin, aunque, como Marx, comprendió
inmediatamente la gran importancia de la teoría de la selecci6n
natural. Darwin, por el contrario, se murió sin tener ni idea de
sociología marxista. Si Darwin hubiera salido en la prensa atacando
al materialismo o a la dialéctica, Marx y Engels se le hubieran
enfrentado con fuerza redoblada, para no permitir que su autoridad científica
fuese utilizada por la reacción ideológica.
Cuando Schatman, abogado de causas
perdidas, intenta defenderle diciendo que es un "dialéctico inconsciente",
hay que poner el acento en "inconsciente". La intención de Schatman
(también inconsciente, en parte) es defender su bloque de la acusación
de degradar el materialismo dialéctico. Pero, lo que en realidad
está diciendo Schatman es que la diferencia entre un dialéctico
"consciente" o "inconsciente" no es tan importante como para tenerla en
cuenta. Y de este modo, desacredita el método marxista.
Pero el mal es todavía más
profundo. Existen en el mundo muchos dialécticos inconscientes o
semiinconscientes. Algunos aplican estupendamente el materialismo dialéctico
a la política, aunque nunca se hayan preocupado por el método.
Sería pedantería atacar a esos camaradas. Pero ese no es
su caso, camarada Burnham. Usted es el editor de un órgano teórico
cuya misión es educar al partido en el espíritu del método
marxista. Usted es un oponente consciente del método dialéctico,
y no un dialéctico inconsciente. Aunque, como afirma Schatman, haya
seguido la dialéctica en cuestiones políticas, es decir,
aunque tenga "instinto" dialéctico, estaríamos obligados
a luchar contra usted, porque el instinto dialéctico, como otras
cualidades personales, no se puede transmitir a los demás, mientras
que el método dialéctico, conscientemente asumido, puede
transmitiese, en mayor o menor medida, a todo el partido.
La
dialéctica y el señor Dies
Aunque
tenga usted instinto dialéctico -lo que no voy a discutir- lo tiene
casi ahogado por la rutina académica y el aburrimiento intelectual.
Lo que conocemos como instinto de clase del trabajador, le lleva a aceptar
con bastante facilidad el enfoque dialéctico de las cosas. Pero
no podemos decir que los intelectuales burgueses tengan un instinto parecido.
Un intelectual separado del proletariado sólo puede llegar a la
política marxista mediante la superación consciente de su
espíritu pequeñoburgués. Desgraciadamente, Schatman
y Abern están haciendo todo lo que pueden para impedirlo, camarada
Burnham. Le están haciendo un flaco favor.
Arrastrado por su fracción,
a la que podríamos llamar "Liga del Abandono Fraccional", está
cometiendo usted un error tras otro; en filosofía, en sociología,
en política, en la esfera organizativa. Sus errores no son accidentales.
Enfoca cada asunto aisladamente, desconectándolo de sus relaciones
con otras cuestiones, con los factores sociales, y sin tener en cuenta
la experiencia internacional. Le falta método dialéctico.
A pesar de su educación, está procediendo en política
como un hechicero.
En el asunto del Comité Dies,
mostró usted su charlatanería tan deslumbrantemente como
en la cuestión finlandesa. Replicó usted a mis argumentos
a favor de utilizar ese cuerpo parlamentario diciendo que no podía
tomarse una decisión mediante consideraciones de principio, sino
teniendo en cuenta circunstancias especiales, que sólo usted conocía,
pero que se guardaba de especificar. Permítame decirle que esas
"circunstancias" no eran nada más que su dependencia ideológica
de la opinión pública burguesa. Aunque la democracia burguesa,
en todas sus secciones, sea plenamente responsable ante el régimen
capitalista, incluido el Comité Dies se ve obligada, precisamente
en interés del capitalismo, a distraer vergonzantemente la atención
de los órganos demasiado desnudos del régimen. ¡Una
simple división del trabajo! ¡Un viejo fraude que, sin embargo,
todavía es útil! Util para engañar a los trabajadores,
a esos a los que usted se refiere vagamente, a esa amplia sección
de ellos que están todavía, como usted mismo, bajo la influencia
de la democracia burguesa. Pero el trabajador de vanguardia, no infecundo
por los prejuicios de la aristocracia obrera, recibiría con satisfacción
cada palabra revolucionaria que se arrojase a la cara de su enemigo de
clase. Y cuanto más reaccionaria fuera la institución que
sirviera para arena del combate, mayor sería la satisfacción
del trabajador. Esto lo ha probado la experiencia histórica. El
mismo Dies, al asustarse y volverse atrás, demostró lo equivocado
que estaba usted. Siempre es mejor obligar al enemigo a retirarse que huir
sin plantear batalla.
Pero en este momento veo la cara
iracunda de Schatman ordenándome callar con un gesto protesta: "
a oposición no es responsable de los puntos de vista de Burnham
sobre el Comité Dies. Este no es asunto de la fracci6n", etcétera,
etcétera. Ya sé todo eso. ¡Lo único que faltaba
es que toda la oposición se hubiera pronunciado entonces por la
táctica de boicot, tan sin sentido en aquel momento! Ya es suficiente
con que su líder, que tiene puntos de vista personales y los expresa
abiertamente, se pronunciara a favor del boicot. Si usted ha pasado ya
de la edad en que uno discute de "religión", permítame decirle
que la IV Internacional ya ha pasado de la edad en que se considera que
el abstencionismo es, la política más revolucionaria. Junto
a su falta de método, mostró usted en esta ocasión
una falta total de sagacidad política. En las actuales circunstancias,
un revolucionario no habría necesitado mucho tiempo de discusión
para entrar por una puerta abierta por el enemigo y aprovechar lo mejor
posible la oportunidad. Creo que hace falta organizar, unos cursillos especiales
para todos los miembros de la oposición que, como usted, se opusieron
a entrar en el Comité Dies, en los que se expliquen las verdades
elementales de la táctica revolucionaria, que no tienen nada que
ver con el abstencionismo pseudo-radical de los círculos intelectuales.
"Cuestiones
políticas concretas"
La
oposición es más débil precisamente en la esfera en
que se cree más fuerte: la de la política revolucionaria
cotidiana. Esto va por todos, camarada Burnham. Usted y la oposición
en pleno han manifestado clarísimamente su impotencia para enfrentarse
a los grandes acontecimientos en la cuestión polaca, de los estados
bálticos o de Finlandia. Schatman empezó descubriendo la
piedra filosofar; una insurrección simultánea contra Hitler
y Stalin en la Polonia ocupada. La idea era estupenda; es una pena que
Schatman no haya tenido oportunidad de ponerla en práctica. Los
trabajadores polacos podrían haber dicho, con toda justicia: "Desde
el Bronx se puede organizar bastante bien una insurrección simultánea
contra Hitler y Stalin en un país ocupado; pero aquí, sobre
el terreno, es bastante más difícil. Nos gustaría
hacer a los camaradas Schatman y Burnham una pregunta "concreta", "¿qué
hacemos hasta que se produzca la insurrección?". Mientras tanto,
el mando del Ejército soviético llamaba a los campesinos
y los trabajadores a ocupar la tierra y las fábricas. Este llamamiento,
apoyado con la fuerza de las armas, jugaba un papel importantísimo
en la vida del país ocupado. Los periódicos de Moscú
estaban llenos a rebosar de reportajes sobre el "entusiasmo desbordante"
de los obreros y campesinos pobres. Podemos y debemos juzgar con disgusto
estos reportajes; no están faltos de mentiras. Pero es más
imperdonable cerrar los ojos a la realidad. El llamamiento a pedir cuentas
a los terratenientes y a expulsar a los capitalistas ha debido levantar
el ánimo a los acosados y aplastados campesinos y trabajadores de
Ucrania y Bielorrusia, que veían en el señor polaco un doble
enemigo.
En los órganos parisinos
de los mencheviques, que están de acuerdo con la burguesía
y no con la Internacional francesa, se dice categóricamente que
el avance del Ejército Rojo iba acompañado de una ola de
movimientos revolucionarios, cuyo eco llegaba hasta las masas campesinas
de Rumanía. Añade fiabilidad a estos despachos el hecho de
que los mencheviques estén estrechamente unidos a los líderes
de la Liga Judía, el Partido Socialista Polaco y otras organizaciones
hostiles a Moscú que luchan en Polonia. Por lo tanto, estábamos
completamente en lo cierto cuando aconsejamos a los bolcheviques polacos:
"En el frente, y junto a los; campesinos y los trabajadores, debéis
dirigir la lucha contra los terratenientes y los capitalistas; no os apartéis
de las masas, a pesar de todas sus ilusiones, como los revolucionarios
rusos no se apartan de sus masas, a pesar que éstas siguen confiando
en el Zar" (Domingo Rojo, 22 de 1905); educar a las masas en el curso de
la lucha, precaverles de sus ingenuas esperanzas en Moscú, pero
no os separéis de ellas; luchad en su campo, tratad de extender
y profundizar su lucha y dadles a mayor cantidad de independencia posible.
Sólo así prepararéis la próxima revolución
contra Stalin". El curso de los acontecimientos en Polonia ha confirmado
totalmente esta directriz, que se basa en nuestra experiencia política
anterior, especialmente en España.
Ya que no hay diferencias de principio
entre las situaciones de Polonia y Finlandia, no hay razones para cambiar
la directriz. Pero la oposición, que no ha comprendido lo que ha
pasado en Polonia, se agarra a la cuestión finlandesa como a un
áncora de salvación. "¿Dónde está la
guerra civil en Finlandia? Trotsky habla de guerra civil, pero no hemos
visto nada en la prensa sobre ella, etc., etc. La cuestión finlandesa
se le aparece a la oposición como diferente a la de Ucrania occidental
o Bielorrusia. Cada cuestión se aisla y se analiza aparte y sin
tener en cuenta el curso general del desarrollo. Con ideas confusas sobre
este desarrollo, la oposición intenta apoyarse cada vez en alguna
circunstancia coyuntural, accidental, temporal y secundaria.
¿Significan esos gritos sobre
la ausencia de guerra civil en Finlandia que la oposición estaría
de acuerdo con nosotros si ésta estuviera a punto de estallar? ¿Sí
o no? Si es que sí, la oposición condena su propia política
respecto a Polonia, puesto que en ése caso, y a pesar de la guerra
civil, se negaron a participar activamente, esperando el levantamiento
simultáneo contra Hitler y Stalin. Es obvio, camarada Burnham, que
usted y sus amigos no se han pensado las cosas del todo bien.
Y, ¿qué hay sobre
mi argumento de una guerra civil en Finlandia? Al principio de las hostilidades,
se hubiera podido pensar que Moscú estaba intentado una "pequeña"
expedición de castigo para cambiar el Gobierno de Helsinki y establecer
con Finlandia las mismas relaciones que con el resto de los países
bálticos. Pero la designación del Gobierno de Kuusinen en
Terrojoki demostró que Moscú tenía otros planes e
intenciones. Después, se anunció la creación del Ejército
Rojo finlandés. Naturalmente, se trataba sólo de pequeñas
formaciones creadas desde arriba. El programa de Kuusinen había
visto la luz. Los siguientes despachos hablaban de la distribución
de las grandes fincas entre los campesinos. En conjunto, estos despachos
significaban el intento de Moscú de organizar la guerra civil. Naturalmente,
es una guerra civil muy especial. No ha surgido de los deseos profundos
de las masas populares. No la dirigen los revolucionarios finlandeses apoyados
por sus masas. La controla la burocracia de Moscú. Sabemos todo
esto, y lo sabíamos cuando discutíamos sobre Polonia. Pero,
al menos, hay un llamamiento a los pobres, a los desposeídos, a
expropiar a los ricos, a expulsarlos o arrestarlos. No conozco ningún
nombre para estas acciones, excepto guerra civil.
"Pero, después de todo, no
ha estallado la guerra civil en Finlandia, lo que significa que sus predicciones
no se han materializado", objetan los líderes de la oposición.
Naturalmente, tras la traición y retirada del Ejército Rojo,
bajo las bayonetas de Mannerheim, la guerra civil no ha podido estallar.
Este hecho es un argumento contra Schatman, no contra mí: quedó
demostrado que no es el principio de la guerra, cuando es más fuerte
la disciplina militar, el mejor momento para organizar una insurrección
armada, sea desde el Bronx o desde Terrijoki.
No previmos la derrota de los primeros
destacamentos del Ejército Rojo. No podíamos prever el nivel
de estupidez y desmoralización que reinan en el Kremlim, ni hasta
qué punto repercuten en las tropas mandadas por él. Pero
se trata simplemente de un episodio militar, que no puede afectar nuestra
línea política. Si Moscú, tras ser derrotado en el
primer intento, renuncia a intervenir en Finlandia, desaparecería
del primer plano el problema que impide a la oposición comprender
la situación en el resto del mundo. Pero tenemos pocas posibilidades
de que sea así. Por otro lado, si Francia, Inglaterra y los EE.UU.
deciden basarse en Escandinavia y ayudar militarmente a Finlandia, la cuestión
finlandesa se transformaría en una guerra entre la URSS y los países
imperialistas. En ese caso, creemos que la mayoría de los opositores
volverían al programa de la IV Internacional.
Por el momento, la oposición
no está interesada en ninguna de estas dos variantes: ni en la suspensión
de la ofensiva por parte de la URSS ni en la ruptura de hostilidades, entre
la URSS y las democracias imperialistas. La oposición sólo
se interesa por la cuestión aislada de la invasión de Finlandia
por la URSS. Por lo tanto dejémosles partir de ahí. Supongamos
que la segunda ofensiva está mejor preparada y es mejor dirigida,
que el avance del Ejército Rojo, plantea de nuevo el problema de
la guerra civil, y además a mayor escala que en el primer intento,
tan ignominiosamente frustrado. Nuestra directriz permanece totalmente
lida, mientras el asunto esté a la orden del día. ¿Pero
propone la oposición en caso de que el Ejército Rojo ave
victorioso en Finlandia y estalle la guerra civil? Apare mente, ni siquiera
piensa en ello, porque vive al día, incidente en incidente, pendiente
de cada episodio, colgando de frases aisladas del editorial, sintiendo
alternativamente simpatías o antipatías, y haciéndose
la ilusión de que crean una plataforma. La inutilidad de los empiristas
y los impresionistas se demuestra especialmente cuando tienen que enfrentarse
a "cuestiones políticas concretas".
Confusionismo
teórico y abstencionismo político
A
través de las convulsiones y vacilaciones de la oposici6n, por contradictorias
que sean, podemos distinguir dos características que cruzan todas
sus actuaciones, desde las alturas de la teoría a los episodios
políticos más insignificantes. La primera es la ausencia
de una concepción unificada. Los líderes de la oposición
separan la sociología del materialismo dialéctico. Separan
la política de la sociología. En la esfera de la política,
separan nuestra misión en Polonia de nuestra experiencia en España,
nuestra misión en Finlandia de nuestra posición en Polonia.
Convierten la historia en una serie de incidentes extraordinarios y la
política en una serie de improvisaciones. Estamos ante la desintegración
del marxismo, en el más completo sentido de la palabra, la desintegración
del pensamiento teórico, la desintegración de la política
en sus elementos constitutivos. Les domina el empirismo y su hermano gemelo,
el impresionismo. Por eso, la dirección ideológica confía
en usted, camarada Burnham, en un oponente de la dialéctica, en
un empirista, que no se avergüenza de su empirismo.
A través de las vacilaciones
y convulsiones de la oposición podemos observar una segunda característica,
estrechamente ligada a la primera: una tendencia a retraerse de la participación
activa, una tendencia a autoeliminarse, al abstencionismo, naturalmente
con la coartada de frase ultrarradicales. Estáis a favor de destruir
a Hitler y Stalin en Polonia: a Stalin y Mannerheim en Finlandia. Y, mientras
tanto, rechazáis a ambos bandos por igual, es decir, os retiráis
de la lucha, incluida la guerra civil. El hacer hincapié en la ausencia
de guerra civil en Finlandia no es sino una disculpa coyuntural. Si estallara
la guerra, la oposición procuraría no enterarse, como hicieron
en el caso de Polonia, o declararán que, como la política
de Moscú es "imperialista", no podemos metemos en ese negocio tan
sucio. Aunque, de palabra, anda tras las tareas políticas "concretas",
la oposición se ha situado, de hecho, fuera del proceso histórico
actual. Su actitud, camarada Burnham, ante el Comité Dies merece
atención precisamente porque expresa de forma muy gráfica
esta tendencia al abstencionismo y al confusionismo. Su principio básico
es, todavía: "Gracias, no fumo".
Claro está, querido amigo,
que un partido o una clase pueden pasar por momentos de confusión.
Pero, en el caso de la pequeña burguesía, el confusionismo,
especialmente ante los acontecimientos graves, es una característica
inevitable y, por así decirlo, congénita. Los intelectuales
intentan expresar su estado de confusión en el lenguaje de la "ciencia".
La contradictoria plataforma de la oposición revela confusión
pequeñoburguesa expresada en el rimbombante lenguaje de los intelectuales.
No hay nada de proletario en ella.
La
pequeña burguesía y el centralismo
Sus
puntos de vista en el campo organizativo son tan esquemáticos, empíricos
y antirrevolucionarios como en los de la teoría y la política.
Un Stolberg, linterna en mano, va tras una revolución ideal, limpia
de todo exceso, y garantizada contra Termidor y la contrarrevolución:
Usted, de forma
parecida, busca un tipo de democracia interna ideal, que
asegure a todo el mundo, en todas las circunstancias, la posibilidad de
hacer y decir lo que se le pase por la cabeza y que vacune al partido contra
la degeneración burocrática. Deja de lado, sin embargo, el
hecho de que el partido no un escenario para la afirmación personal,
sino un instrumento para la revolución proletaria; que solo una
revolución victoriosa es capaz de evitar la degeneración
no sólo del partido, sino del proletariado en su conjunto y de la
civilización moderna en general. Es usted incapaz de ver que nuestra
sección americana no está enferma por un exceso de centralismo
-da risa hasta oír hablar de ello-, sino de un monstruoso abuso
y distorsión de la democracia, por parte de los elementos pequeñoburgueses.
Este es el origen de la crisis actual.
Un obrero pasa el día en
la fábrica. Tiene, en comparación, pocas horas libres para
el partido. En las reuniones, está interesado por aprender las cosas
más importantes: la evaluación correcta de la situación
y las conclusiones políticas. Valora los líderes que hacen
esto de la forma más clara y precisa posible y que están
al tanto de los acontecimientos. Los elementos pequeñoburgueses,
especialmente los desclasados, divorciados del proletariado, vegetan en
un ambiente artificial y cerrado. Tienen mucho tiempo para charlar de política
y sus substitutivos. Sacan faltas y cotillean sobre los "jefes" del partido.
Siempre conocen a un líder "que les ha puesto al corriente de todos
los secretos". La discusión es su elemento. Nunca tienen bastante
cantidad de democracia. Se vuelven excitables, dan vueltas en un círculo
vicioso y sacian su sed con agua salada. ¿Quiere usted conocer el
programa organizativo de la oposición? Consiste en una loca búsqueda
de la cuarta dimensión de la democracia interna. En la práctica,
esto consiste en enterrar la política bajo la discusión;
y enterrar el centralismo bajo la anarquía de los círculos
intelectuales. En cuanto entren unos cuantos miles de trabajadores en el
partido, llamarán al orden severamente a los anarquistas pequeñoburgueses.
Cuanto antes, mejor.
¿Por
qué me he dirigido a usted y no a los otros líderes de la
oposición? Porque es usted el líder ideológico del
grupo. La facción del camarada Abern, sin programa y sin bandera,
necesita siempre que le echen una mano. Primero fue Schatman, luego Mute
y Spector, y ahora usted, con Schatman detrás. Considero su ideología
como la expresión de la influencia burguesa en el proletariado.
A algunos camaradas les parecerá
demasiado fuerte el tono de esta carta. Pero debo confesar que he hecho
todo lo posible por refrenarme. Porque, después de todo, se trata
nada más y nada menos que de un intento de descalificar, rechazar
y destruir las bases teóricas, los principios políticos y
los métodos organizativos de nuestro movimiento.
Me han informado de que el camarada
Abern, ante mi artículo anterior, reaccionó diciendo: "Esto
significa la escisión". Esta respuesta no demuestra sino que Abern
tiene muy poco interés por el partido y la IV Internacional; es
un hombre de corrillo. Sin embargo, las amenazas de escisi6n no deben impedirnos
el presentar un análisis marxista de las diferencias. Para nosotros
los marxistas, no es cuestión de una escisión, sino de educar
al partido. Espero que el próximo congreso rechace enérgicamente
a los revisionistas.
En mi opinión, el congreso
debe declarar categóricamente que, en sus intentos por separar la
sociología del materialismo dialéctico y la política'
de la sociología, los líderes de la oposición han
roto con el marxismo y se han convertido en la cadena de transmisión
del empirismo pequeñoburgués. Una vez que se haya reafirmado,
completa y decisivamente, su lealtad a la doctrina marxista y a los métodos
políticos y organizativos del bolchevismo, cuando la junta directiva
dé sus publicaciones oficiales se haya comprometido a promulgar
y defender esta doctrina y esos métodos, el partido, naturalmente,
pondrá sus páginas a la disposición de todos los miembros
que se consideren capaces de añadir algo nuevo al marxismo. Pero
no puede permitir que se juegue al escondite con el marxismo y sus implicaciones
fundamentales.
La política del partido tiene
carácter de clase. Es imposible llegar a establecer una orientación
política correcta sin un análisis de clase del estado, los
partidos y las tendencias ideológicas. El partido debe condenar,
como vulgar oportunismo, el intento de establecer políticas en relación
a la URSS de incidente en incidente e independientemente de la naturaleza
de clase del Estado soviético.
La desintegración del capitalismo,
que crea una gran insatisfacción entre los pequeñoburgueses
y empuja sus capas más bajas hacia la izquierda, abre amplias posibilidades,
pero también encierra graves peligros. La IV Internacional necesita
sólo aquellos emigrantes de la pequeña burguesía que
han roto por completo con su pasado de clase y que están decididamente
del lado del proletariado.
Este tránsito teórico
y político debe ir acompañado de la ruptura con su antiguo
ambiente y del establecimiento de íntimos lazos con los trabajadores,
especialmente en el reclutamiento y educación de proletarios para
el partido. Los emigrantes de la pequeña burguesía que, tras
un lapso de tiempo prudencial, se muestran incapaces de instalarse en el
medio proletario, deben ser transferidos desde la militancia en el partido
al status de simpatizantes.
Los miembros del partido que no
hayan demostrando su valía en la lucha de clases, no deben ocupar
puestos de responsabilidad. Un emigrante del medio burgués, por
muy inteligente y devoto del socialismo que sea, debe ir a la escuela de
clase trabajadora antes de convertirse en maestro. Los jóvenes intelectuales
no deben ponerse a la cabeza de la juventud intelectual, sino irse unos
años a provincias, a centros puramente proletarios, donde puedan
realizar trabajo práctico duro.
La composición de clase del
partido debe corresponder a su programa La Sección americana de
la IV Internacional se convertirá en proletaria o dejará
de existir.
¡Camarada Burnham! Si
podemos llegar a un acuerdo en las bases de estos principios, encontraremos
sin dificultad la política correcta en relación a Polonia,
Finlandia y hasta la India. Al mismo tiempo, me pongo a su entera disposición
para ayudarle a dirigir cualquier lucha, dondequiera que sea, contra el
conservadurismo y el burocratismo. Estas son, en mi opinión, las
condiciones necesarias para terminar con la crisis actual.
Saludos bolcheviques
L. TROTSKY
Coyoacan, D. F., 7 de enero de 1940.