Hay que llamar a las cosas por su
nombre, Ahora que las posiciones de las dos facciones en lucha se han decantado
con toda claridad, debemos decir que la tendencia minoritaria del Comité
Nacional está realizando una política típicamente
pequeño-burguesa. Como todos los grupos pequeño-burgueses
dentro de los movimientos socialistas, esta oposición actual se
caracteriza por: una actitud desdeñosa hacia la teoría y
una tendencia al eclecticismo: falta de respeto por la tradición
de su propia organización; inquietud por la "independencia" personal
a costa de la verdad objetiva; nerviosismo en lugar de coherencia; presteza
a saltar de una posición a otra; falta de comprensión del
centralismo revolucionario y hostilidad hacia él, y, por último,
inclinación a sustituir la disciplina del partido por relaciones
personales y de pandilla. Naturalmente, no todos los miembros de la oposición
presentan todas estas características con igual intensidad. Pero,
como ocurre siempre en un bloque abigarrado, el matiz lo imponen quienes
están más lejos del marxismo y de la política proletaria.
Nos encontramos ante un debate serio y prolongado. No intento agotar el
tema en este artículo, pero quiero subrayar las características
generales del problema.
Escepticismo
teórico y eclecticismo
Los camaradas Burnham y
Schatman publicaron, en el número de enero de 1939 de New International
un largo artículo titulado "Intelectuales en retirada". El artículo,
aun conteniendo muchas ideas correctas y observaciones políticas
adecuadas, padecía un defecto fundamental. Como se trataba de polemizar
con oponentes que se consideran a sí mismos -sin razones suficientes-
como "teóricos", los autores no creyeron necesario tratar el problema
en términos teóricos. Era absolutamente necesario explicar
por qué los intelectuales "radicales" americanos aceptan el marxismo
sin la dialéctica (un reloj al que le falta un muelle). La razón
es sencilla. En ningún otro país se ha rechazado tanto la
lucha de clases como en la tierra de las "oportunidades ilimitadas". El
rechazo de las contradicciones sociales como fuerza motora del desarrollo
social lleva, en el campo del pensamiento teórico, al rechazo de
la dialéctica como lógica de las contradicciones. Igual que
se considera posible en el terreno político que todo el mundo se
convenza de que un programa "justo" es correcto a través del pensamiento
inteligente e igual que se cree posible la reconstrucción social
mediante medidas "racionales", en la esfera teórica se considera
que la lógica aristotélica, llevada al nivel del sentido
común, es suficiente para resolver todos los problemas.
El pragmatismo, mezcla de empirismo
y racionalismo, es la filosofía nacional de los EE.UU. La metodología
teórica de Max Eastman no es muy diferente de la metodología
de templan la sociedad desde el punto Henry Ford -ambos contemplan la sociedad
desde el punto de vista de un ingeniero (Eastman, platónicamente)-.
Históricamente, la actual actitud de desdén hacia la dialéctica
se explica simplemente porque los abuelos y bisabuelas de Eastman y compañía
no necesitaron aplicar la dialéctica en la práctica para
conquistar territorios y hacerse ricos. Pero los tiempos han cambiado y
la filosofía pragmática, como el mismo sistema capitalista
americano, ha entrado en crisis.
Los autores del artículo
no muestran, porque no serían capaces ni tienen interés en
ello, las conexiones internas entre la filosofía y el desarrollo
material de la sociedad y explican francamente por qué.
"Los autores de este artículo
-escriben sobre sí mismos- difieren profundamente en su apreciación
de la teoría general del materialismo dialéctico, pues mientras
uno la acepta, el otro la rechaza... No hay nada anómalo en esta
situación. El pensamiento teórico siempre está relacionado,
de una u otra forma, con la práctica, pero esta relación
no es directa ni inmediata; y, como hemos señalado antes, los seres
humanos son inconsecuentes con frecuencia. Desde el punto de vista de cada
uno de nosotros, el otro padece esta inconsecuencia entre su teoría
filosófica y su práctica política, lo que nos debe
llevar inevitablemente a desacuerdos políticos decisivos en ocasiones
concretas. Pero esto no ha sucedido hasta el presente, ni ninguno de los
dos ha podido demostrar que el acuerdo o desacuerdo en el nivel más
abstracto de las doctrinas del materialismo dialéctico afecte necesariamente
a los asuntos políticos de hoy o de mañana -y los partidos,
las luchas y los programas políticos se basan precisamente en estos
asuntos concretos-. Ambos esperamos que con el tiempo estaremos cada vez
más de acuerdo en las cuestiones más abstractas. De momento,
lo que nos preocupa es el fascismo, la guerra y el desempleo. "
¿Qué significa este
razonamiento tan asombroso? Cuando "ciertas personas" utilizan un método
malo "a veces" llegan a conclusiones correctas, mientras que si otros utilizan
un método adecuado "con cierta frecuencia" llegan a conclusiones
incorrectas... por lo tanto, el método no tiene mayor importancia.
Ya meditaremos sobre el método cuando tengamos más tiempo
libre, pero no ahora que tenemos otras cosas que hacer. Imaginemos la reacción
de un trabajador que se queja a su capataz de que sus herramientas son
malas y recibe la siguiente respuesta.- "Con malas herramientas se puede
hacer un buen trabajo, y hay mucha gente que con herramientas buenas sólo
es capaz de estropear el material". Mucho me temo que este trabajador contestaría
a su capataz con una frase poco académica. Un trabajador tiene que
enfrentarse con materiales duros, que le ofrecen resistencia, y por eso
aprecia las buenas herramientas, mientras que un intelectual pequeño-burgués
-¡qué rico!- se conforma con utilizar como "herramientas"
observaciones vagas y generalizaciones superficiales, porque tiene asuntos
más importantes en la cabeza.
Pretender que cada miembro del partido
se ocupe personalmente de la filosofía de la dialéctica es
una pedantería sin sentido. Pero un trabajador que se ha hecho en
la escuela de la lucha de clases tiene, gracias a su propia experiencia,
una predisposición al pensamiento dialéctico. Incluso desconociendo
el término, acepta rápidamente lo esencial del método
y sus conclusiones. Con un pequeño-burgués pasa lo contrario.
Naturalmente, hay pequeño-burgueses alineados orgánicamente
con los trabajadores, que han llegado a una perspectiva proletaria gracias
a una revolución interior. Pero son una minoría insignificante.
El problema es diferente con la pequeña burguesía con preparación
académica. Sus prejuicios han adquirido forma definitiva en la escuela.
Cuanto más éxito han tenido en acumular conocimiento (útiles
o no), sin la ayuda de la dialéctica, más capaces se creen
de andar por la vida sin ella.
En realidad, utilizan la dialéctica
sólo para pulir, afilar o verificar sus instrumentos de análisis,
o para romper con el estrecho círculo de sus relaciones personales.
Pero cuando tienen que enfrentarse con hechos importantes, se sienten perdidos
y recaen rápidamente en sus formas de pensar pequeño-burguesas.
Apela a la inconsecuencia como justificación
para un trabajo sin principios teóricos, significa que uno es muy
poco fiable como marxista. La inconsecuencia no es accidental, y en política
no se la debe considerar únicamente como un síntoma individual.
Generalmente, la inconsecuencia cumple una función social. Hay agrupaciones
sociales que no pueden ser consecuentes. Los elementos pequeño-burgueses
que no han podido desembarazarse de sus viajes, tendencias pequeño-burgueses
se encuentran, en un partido de trabajadores, sistemáticamente impulsados
a establecer compromisos teóricos con su propia conciencia.
A la actitud del camarada Schatman
hacia el método dialéctico, tal como la ha manifestado en
el párrafo citado antes, no se la puede denominar más que
escepticismo ecléctico. Es evidente que Schatman ha contraído
esa actitud entre los intelectuales pequeño-burgueses que consideran
adecuadas todas las formas de escepticismo, y no en la escuela de Marx.
Advertencia
y verificación
El
artículo me asombró
tanto que escribí inmediatamente al camarada Schatman: "Acabo de
leer el artículo que escribe junto con Burnham sobre los intelectuales.
Tiene cosas excelentes. Sin embargo, la parte sobre dialéctica es
el peor golpe que usted personalmente, como editor de New International,
ha podido darle a la teoría marxista. El camarada Burnham dice:
"no reconozco la dialéctica". Es sincero y todos hemos de reconocerlo.
Pero usted dice: "yo reconozco la dialéctica, pero no importa: eso
no tiene la menor importancia". Relea lo que ha escrito. Esas frases producirán
muchísima confusión entre los lectores de New International
y son el mejor regalo que podíamos hacerles a los Eatsmans de todas
las especies. ¡Muy bien! Pienso hablar de ello públicamente".
Escribí esta carta el 20
de enero, varios meses antes de esta discusión. Schatman no me contestó
hasta el 5 de marzo, diciendo que no entendía por qué había
armado tanto alboroto. El 9 de marzo, le respondí en los siguientes
términos: "No rechazo la posibilidad de colaborar con los antidialécticos,
pero sí creo que es peligroso escribir juntos un artículo
en el que la dialéctica juega, o debería jugar, un papel
muy importante. La polémica tiene lugar en dos planos: político
y teórico. Estoy de acuerdo con su postura política. Pero
su argumentación teórica es insuficiente: se detiene justo
en el momento en que debería empezar a ser agresiva. La tarea consiste
en demostrar que sus fallos (en tanto que fallos teóricos) se derivan
de su incapacidad y su falta de ganas de pensar las cosas a través
de la dialéctica. Podemos cumplir esta tarea con un éxito
pedagógico muy importante. Pero en vez de hacer eso, usted afirma
que la dialéctica es un asunto personal y que se puede ser muy buena
persona sin creer en ella". Aliándose en "este" tema con el antidialéctico
Burnham, Schatman se priva a sí mismo de la posibilidad de demostrar
por qué Eastman, Hook y tantos otros empiezan por oponerse filosóficamente
a la dialéctica y acaban luchando políticamente contra la
revolución socialista. Sin embargo, este es el quid de la cuestión.
La discusión política
actual en el partido a confirmado mis temores en medida mucho mayor de
lo que esperaba, o más exactamente, temía. El escepticismo
metodológico de Schatman ha dado sus tristes frutos en la discusión
sobre la naturaleza del Estado soviético. Empezó Burnham,
hace algún tiempo, con la construcción, de forma puramente
empírica, basándose en sus impresiones inmediatas, de un
estado ni proletario ni burgués, liquidando toda la teoría
marxista del estado como órgano del dominio de clase. Schatman,
inesperadamente, adoptó una postura evasiva: "Debemos estudiar el
asunto más profundamente, ya veremos ... ": además, Schatman
está de acuerdo con Burnham en que la definición sociológica
de la URSS no tiene ninguna relevancia para nuestras "tareas políticas
inmediatas". Permítame el lector referirme de nuevo a lo que ambos
escriben sobre la dialéctica. Burnham no la acepta, Schatman dice
aceptarla.... pero el milagro de la inconsecuencia les permite llegar a
conclusiones políticas comunes. La actitud de ambos hacia la naturaleza
del Estado soviético reproduce punto por punto su actitud hacia
la dialéctica.
En ambos casos, Burnham lleva la
voz cantante. Esto no es sorprendente, porque él posee un método
-el pragmatismo-, mientras Schatman no tiene ninguno. Se limita a adaptarse
a Burnham. Aunque no quiere asumir la responsabilidad del anti-marxismo
de Burnham, no defiende sus concepciones de los ataques al marxismo de
Burnham en el terreno de la filosofía ni en el de la sociología.
En ambos casos, Burnham aparece como un pragmático y Schatman como
un ecléctico. Este paralelismo de las concepciones de Burnham y
Schatman en dos planos diferentes de pensamiento y sobre dos cuestiones
de importancia primordial, tiene la gran ventaja de que abrirá los
ojos incluso a los camaradas que no tienen ninguna experiencia en el discurso
puramente teórico. El método de pensamiento puede ser dialéctico
o vulgar, consciente o inconsciente, pero existe y se da a conocer por
sus resultados.
En enero pasado oíamos decir
a nuestros autores: "Pero esto no ha sucedido hasta el momento, ni ninguno
de nosotros ha podido demostrar que el acuerdo o desacuerdo en el nivel
abstracto de la doctrina dialéctica afecte a los problemas políticos
concretos de hoy o de mañana..." ¡Ya nos lo han demostrado!
Apenas han pasado unos meses y hemos podido comprobar como su actitud frente
a una "abstracción", como el materialismo dialéctico se manifiesta
claramente en su actitud hacia el Estado soviético.
Es necesario afirmar que la diferencia
entre ambas cuestiones es bastante importante, pero que es política
y no teoría. En ambos casos, Burnham y Schatman se unen sobre la
base del rechazo y semirrechazo de la dialéctica. Pero en el primero,
su unión se dirigía contra los oponentes del partido proletario.
En el segundo, se enfrentan con la fracción marxista de su propio
partido. Por decirlo así, el frente de operaciones ha cambiado,
pero el arma sigue siendo la misma.
Es verdad que la gente es incoherente
a menudo. Sin embargo, la conciencia humana tiende hacia una cierta homogeneidad.
La filosofía y la lógica deben basarse en esta homogeneidad
y no en la incoherencia, es decir, en la falta de homogeneidad. Burnham
no reconoce la dialéctica, pero la dialéctica le reconoce
a él, se extiende sobre él. Schatman cree que la dialéctica
le re conoce a él, se extiende sobre él. Schatman cree que
la dialéctica no tiene importancia para las conclusiones políticas,
pero podemos ver en las conclusiones políticas de Schatman los deplorables
efectos de su actitud desdeñosa hacia la dialéctica. Incluiremos
este ejemplo en los libros de texto del materialismo dialéctico.
El año pasado me visitó
un profesor ingles de economía política, simpatizante de
la IV Internacional. Durante nuestra conversación sobre las vías
para llegar al socialismo, se expresó de pronto con el típico
utilitarismo inglés, como hubieran podido hacerlo Keynes y otros:
"Es necesario determinar una meta económica concreta, elegir los
métodos más razonables para conseguirla". Le hice notar:
"Veo que es usted un adversario de la dialéctica". Me contestó,
sorprendido: "En efecto, no la encuentro útil en absoluto". "Sin
embargo, le respondí, la dialéctica me ha permitido determinar
la categoría de pensamiento filosófico a la que pertenece
usted, sólo por unas cuantas observaciones que ha hecho sobre problemas
económicos; sólo esto debería demostrarle que la dialéctica
tiene algún valor". Aunque mi visitante no había dicho ni
una palabra sobre ello, estoy seguro de que este profesor anti-dialéctico
opina que la URSS no es un estado obrero, que los métodos de nuestra
organización son malos, etc. Es posible determinar el tipo general
de pensamiento de una persona sobre las bases de sus opiniones sobre problemas
concretos y también es posible predecir aproximadamente, conociendo
su tipo general de pensamiento, como abordará un individuo una cuestión
práctica determinada. Este es el incomparable valor pedagógico
del método dialéctico.
El
ABC del materialismo dialéctico
Escépticos gangrenosos
como Souvarine dicen que "ni se sabe" lo que es la dialéctica. Y
hay "marxistas" que se inclinan respetuosamente ante Souvarine y pretenden
aprender de él. Y esos "marxistas" no sólo hacen su nido
en el "Modern Monthly". Hay una corriente souvarinista en la actual oposición
del Partido Socialista Obrero (SWP). Es necesario prevenir a los jóvenes
camaradas: ¡cuidado con esa infección maligna!
La dialéctica no es ficción
ni misticismo, sino una ciencia del pensamiento, en tanto que intenta llegar
a la comprensión de los problemas más complicados y profundos,
superando las limitaciones de los asuntos de la vida diaria. La dialéctica
y la lógica formal guardan la misma relación que las altas
matemáticas y las matemáticas elementales.
Intento extractar lo sustancial
del problema de forma muy esquemática. El aristotelismo lógico
del silogismo simple empieza con la proposición de que A es igual
a A l. Este postulado se acepta como axioma para multitud de prácticas
humanas y generalizaciones elementales. Pero, en realidad, A no es igual
a Al. Basta con ponerse gafas para darse cuenta. Pero, puede objetar alguien,
la cuestión no es el tamaño o la forma de las letras, puesto
que sólo son símbolos de cualidades iguales, por ejemplo,
uña libra de azúcar. La objecci6n da en el clavo: precisamente,
porque una libra de azúcar nunca es igual a otra libra de azúcar:
hay una escala sutil de variaciones entre ambas. Se nos puede objetar de
nuevo: pero una libra de azúcar es igual a sí misma. Tampoco
es cierto: todos los cuerpos cambian constantemente de peso, tamaño,
color, etc., no permanecen nunca inmutables. Un sofista respondería
que una libra de azúcar es igual a sí misma "en un momento
dado". Dejando de lado la dudosa validez práctica de semejante "axioma",
este argumento no es en realidad una crítica teórica. ¿Cómo
concebimos el término "momento"? Si es un intervalo infinitesimal
de tiempo, en ese pequeño espacio la libra de azúcar sufrirá
algún cambio. ¿O es el "momento" una abstracción matemática,
un tiempo 0? Pero todo existe en el tiempo; la misma existencia es un proceso
de transformación ininterrumpido; el tiempo es, en consecuencia,
el elemento fundamental de la existencia. Luego el axioma "A es igual a
A" significa que una cosa es igual a sí misma si no cambia, es decir,
si no existe.
A primera vista, podría parecer
que estas sutilezas son inútiles. En realidad, son de importancia
definitiva. El axioma "A es igual a A", parece ser, por un lado, la base
de todo nuestro conocimiento, y por otro, la fuente de todos nuestros errores.
Usar el axioma "A es igual a A" impunemente es posible sólo dentro
de ciertos límites. Podemos admitir ciertos cambios cuantitativos
y presumir que "A es igual a Al ". Este es el caso del comprador y el vendedor
de una libra de azúcar. Hasta hace poco considerábamos de
la misma manera el poder adquisitivo del dólar. Pero, una vez traspasados
ciertos límites, los cambios cuantitativos pueden llegar a ser cualitativos.
Una libra de azúcar sometida a la acción del agua o del keroseno
deja de ser una libra de azúcar. Determinar en qué momento
el cambio cuantitativo se convierte en cualitativo es una de las tareas
más importantes y difíciles del conocimiento, incluida la
sociología.
Todo trabajador sabe que es imposible
hacer dos objetos totalmente iguales. En la elaboración de cojinetes
cónicos, los conos sufren una cierta desviación que no debe,
sin embargo, traspasar ciertos límites (a esto se le llama tolerancia).
Pero, si cumplen las normas de la tolerancia, los conos son considerados
iguales. Cuando se sobrepasa la tolerancia, la cantidad se convierte en
cualidad: en otras palabras, los cojinetes serán inferiores o totalmente
inservibles.
Nuestro pensamiento científico
es sólo una parte de nuestra práctica, que incluye también
técnicas. También existe "tolerancia" para los conceptos,
tolerancia establecida no por la lógica formal basada en el axioma
"A es igual a Al", sino por la lógica dialéctica basada en
el axioma de que todo está cambiando siempre. El "sentido común"
se caracteriza por exceder sistemáticamente la tolerancia dialéctica.
El pensamiento vulgar utiliza conceptos
como capitalismo, moral, libertad, estado obrero, etc., como abstracciones
fijas, presuponiendo que capitalismo es igual a capitalismo, moral a moral,
etc. El pensamiento dialéctico analiza todas las cosas y todos los
fenómenos en su cambio continuo, determinado en qué condiciones
materiales se produce el cambio crítico, tras el cual A deja de
ser Al, un estado obrero deja de ser un estado obrero. El fallo fundamental
del pensamiento vulgar radica en que desea conformarse con imágenes
no teóricas de una realidad que consiste en movimiento perpetuo.
El pensamiento dialéctico da a los conceptos, por medio de aproximaciones
lo más cercanas posible, correcciones, concretizaciones, riqueza
de contenido y flexibilidad: me atrevería a decir que les da una
suculencia que les aproxima mucho a los fenómenos vivos. No hablamos
de capitalismo en general, sino de un determinado capitalismo en un determinado
nivel de desarrollo. No hablamos de estado obrero, sino de un estado obrero
dado, en un país atrasado y con un entorno imperialista, etc.
El pensamiento dialéctico
es al vulgar lo que una película a una fotografía. La película
no proscribe la fotografía, sino que las combina en series según
las leyes del movimiento. La dialéctica no niega la validez del
silogismo, pero nos enseña a combinar los silogismos de modo que
nos lleven lo más cerca posible de la comprensión de una
realidad eternamente cambiante.
Hegel estableció en su Lógica
una serie de leyes: cambio de la cantidad en cualidad, desarrollo a través
de las contradicciones, conflicto entre forma y contenido, interrupción
de la continuidad, cambio de posibilidad en inevitabilidad, etc., que son
tan importantes para el pensamiento teórico como el silogismo simple
para tareas más elementales.
Hegel escribió antes que
Darwin y antes que Marx. Gracias al gran impulso que la Revolución
Francesa dio al pensamiento general de la ciencia. Pero como sólo
era una anticipación, la obra de un genio, recibió de Hegel
un carácter idealista. Hegel consideró sombras ideológicas
como si fueran la realidad última, acabada. Marx demostró
que el movimiento de esas sombras no era sino el reflejo del movimiento
de cuerpos materiales.
Llamamos "materialista" a nuestra
dialéctica porque está basada no en el cielo ni en nuestro
"libre albedrío", sino en la realidad objetiva, en la naturaleza.
La conciencia surge de la inconsciencia, la psicología de la fisiología,
el mundo orgánico del inorgánico, el sistema solar de las
nebulosas. En todos los eslabones de esta cadena, los cambios cuantitativos
se convirtieron en saltos cualitativos. Nuestro pensamiento, incluido el
pensamiento dialéctico, no es sino una forma de expresión
de este mundo cambiante. En este sistema no hay lugar para Dios, ni el
destino, ni el alma inmortal, ni para normas, leyes ni morales eternas.
El pensamiento dialéctico que ha surgido de la naturaleza dialéctica
del mundo, posee consecuentemente un carácter totalmente materialista.
El darwinismo, que explica la evolución
de las especies mediante "saltos cualitativos", fue el mayor triunfo de
la dialéctica en el campo de las ciencias naturales. Otro gran triunfo
fue el descubrimiento de la tabla de pesos atómicos de los elementos
químicos y de los procesos de transformaci6n de un elemento en otro.
Ligado muy de cerca con este problema
de la transformaci6n está el problema de la clasificación,
tan importante en las ciencias naturales como en las sociales. El sistema
de Linneo (siglo XIX), basado en la inmutabilidad de las especies, se limitaba
a la descripción y clasificación de las plantas de acuerdo
con sus características externas. El período infantil de
la botánica es análogo al período infantil de la lógica,
porque las formas de nuestro pensamiento evolucionan como todas las cosas
vivas. Sólo el rechazo definitivo de la idea de las especies fijas,
sólo el estudio de la historia de la evolución de las plantas
y de su anatomía nos proporciona las bases para una clasificación
realmente científica.
Marx, que, al contrario de Darwin,
era conscientemente dialéctico, descubrió las bases para
la clasificación científica de las sociedades humanas en
el desarrollo de sus fuerzas productivas, y de la estructura de sus relaciones
de propiedad, que constituyen la anatomía de la sociedad. El marxismo
sustituyó la clasificación vulgar de las sociedades y los
estados, que todavía hoy prevalece en nuestras universidades, por
una clasificación materialista dialéctica. Sólo mediante
el método de Marx es posible determinar correctamente el concepto
de estado obrero y el momento de su caída.
Todo esto, hasta donde nos es posible
ver, no contiene nada de "escolástico" o de "metafísico",
como afirman los ignorantes contumaces. La lógica dialéctica
expresa la ley del movimiento en el pensamiento científico contemporáneo.
Por el contrario, la lucha contra el materialismo dialéctico expresa
un pasado distante, el conservadurismo de la pequeña burguesía,
el engreimiento de los universitarios rutinarios... y un poquito de fe
en la otra vida.
La definición de
la URSS que ha dado el camarada Burnham, "ni estado obrero ni estado burgués",
es totalmente negativa, desgranada de la cadena del desarrollo histórico,
colgando en el aire, sin un pizca de análisis sociológico
y representa una capitulación vergonzosa frente al pragmatismo ante
un fenómeno histórico contradictorio.
Si Burnham hubiese sido un materialista
dialéctico hubiese intentado responder a estas preguntas: l) ¿Cuál
es el origen histórico de la URSS? 2) ¿Qué cambios
ha sufrido este Estado durante su existencia? 3) ¿Representan estos
cambios un "salto cualitativo"? Es decir, ¿dan lugar a una nueva
dominación de clase históricamente necesaria? La respuesta
a estas preguntas habría llevado a Burnham a la única conclusión
posible: la URSS es todavía un estado obrero degenerado.
La dialéctica no es una varita
mágica que resuelve todos los problemas. No reemplaza los análisis
científicos concretos. Pero lleva esos análisis por el camino
adecuado, protegiéndolos de errar estérilmente por los desiertos
del subjetivismo y del escolasticismo.
Bruno R. sitúa tanto a la
URSS como al fascismo bajo el calificativo de "colectivismo burocrático"
porque la URSS, Italia y Alemania están regidas por burocracias;
en uno y otro sitio hay planificación; en un caso se ha terminado
con la propiedad privada, en el otro se la limita, etc. Construye de este
modo, sobre las bases de una similaritud relativa, de ciertas características
externas, con diferente origen, peso específico y diferente significado
de clase, una identidad fundamental de regímenes sociales, en el
mismo espíritu que los profesores burgueses que construyen categorías
como "economía dirigida", "estado centralizado", sin tener en cuenta
la naturaleza de clase de uno y otro. Bruno R. y sus seguidores, o, semiseguidores
como Burnham, se quedan, en el mejor de los casos, al nivel de las clasificaciones
de Linneo, lo que sólo sería comprensible si hubiesen vivido
antes que Hegel, Darwin o Marx.
Todavía peores y quizá
más peligrosos son esos escépticos que mantienen la tesis
de que el carácter de clase de la URSS "no viene al caso" y que
la dirección de nuestra política debe estar determinada por
el "carácter de la guerra". Como si la guerra fuera una sustancia
supra-social independiente: como si el carácter de la guerra no
estuviese determinado por el carácter de las clases dominantes,
es decir, por el mismo factor social que determina el carácter del
estado. ¡Es asombroso cómo olvidan estos camaradas el ABC
del marxismo al más leve soplo de los acontecimientos!
No es sorprendente que los teóricos
de la oposición, que rechazan el pensamiento dialéctico,
capitulen lamentablemente frente al problema del carácter contradictorio
de la naturaleza de la URSS. Sin embargo, la contradicción entre
las bases sociales sentadas por la revolución y el carácter
de la casta dominante surgida de la degeneración de la revolución,
no es sólo un hecho histórico irrefutable; es, sobre
todo, una fuerza motora. Nos basamos en esa contradicción para luchar
contra la burocracia. ¡Y algunos ultraizquierdistas han alcanzado
ya la cumbre del absurdo, afirmando que es preciso sacrificar la estructura
social de la URSS para destruir la oligarquía! No sospechan siquiera
que la URSS, a falta de la estructura social fundada por la Revolución
de Octubre, sería pura y simplemente un régimen fascista.
Burnham dirá, probablemente,
que como evolucionista, está tan interesado en la evolución
de las formas sociales como nosotros, los dialécticos. No se lo
negamos. Después de Darwin, toda persona educada se ha autodenominado
"evolucionista". Pero un verdadero evolucionista debe aplicar la idea de
evolución a sus propias formas de pensamiento. La lógica
elemental, nacida en un período en que la idea de evolución
no existía todavía, es insuficiente, evidentemente, para
analizar los procesos evolutivos. La lógica hegeliana es la lógica
de la evolución. Pero no debemos olvidar que el concepto de evolución
ha sido totalmente tergiversado y enmascarado por los profesores universitarios
y los escritores liberales que lo han identificado con "progreso pacífico".
Aquel que ha llegado a comprender que la evolución se produce a
través de la lucha de antagonistas; que una lenta acumulación
de cambios acaba por romper la vieja concha y produce, tras una catástrofe,
una revolución; aquel que ha aprendido a aplicar a su propio pensamiento
las leyes de la evolución, ese es un dialéctico, algo completamente
distinto de los evolucionistas vulgares. El entrenamiento dialéctico
de la forma de pensar, tan necesario a un revolucionario como los ejercicios
de dedos para un pianista, exige enfocar todos los problemas como procesos,
y no como categorías inmutables. Por el contrario, los evolucionistas
vulgares se limitan a reconocer que existe evolución en determinados
campos, y se conforman con enfocar todos los demás asuntos mediante
las banalidades que les proporciona el "sentido común".
Un liberal americano, resignado
a que existiera la URSS, o más exactamente, a que existiera la burocracia
de Moscú, cree, o al menos creía antes del pacto germano-soviético,
que el régimen soviético, en su conjunto, es "algo progresivo",
que las repugnantes consecuencias de la burocracia ("¡bueno, las
tiene, naturalmente!") se irían evaporando poco a poco y que así
quedaría asegurado el pacífico e indoloro "progreso".
Un radical pequeñoburgués
se parece a un - liberal progresista en que considera la URSS como un todo,
sin tener en cuenta su dinámica interna ni sus contradicciones.
Cuando Stalin pactó con Hitler, invadió Polonia y luego Finlandia,
los radicales vulgares se sintieron triunfar: ¡estaba probada la
identidad entre los métodos del fascismo y del stalinismo! Sin embargo,
se tropezaron con la primera dificultad cuando las nuevas autoridades invitaron
a la población de los países invadidos a expropiar a los
terratenientes y capitalistas: ¡no habían previsto esta posibilidad
en absoluto! Pero las medidas sociales revolucionarias llevadas a cabo
por vía burocrático-militar no modificaron en absoluto nuestra
definición dialéctica de la URSS como estado obrero degenerado,
sino que la corroboraron incontrovertiblemente. Pero en vez de utilizar
este triunfo del marxismo para perseverar en la agitación, la oposición
pequeñoburguesa empieza a gritar, con una falta de sentido verdaderamente
criminal, que los acontecimientos han refutado nuestros pronósticos,
que nuestras viejas fórmulas no son aplicables, ya que son necesarias
nuevas palabras. ¿Qué palabras? No lo han decidido todavía.
Empezamos con filosofía
y seguimos con sociología. Ha quedado claro que en ambas esferas,
uno de los líderes de la oposición ha tomado una postura
anti-marxista y el otro una posición ecléctica. Al abordar
al campo político, en concreto la cuestión de la defensa
de la URSS, nos espera una gran sorpresa.
La oposición descubrió
que nuestra fórmula "defensa incondicional de la URSS", la fórmula
de nuestro programa, es "vaga, abstracta y pasada de moda". ( ¡ ?)
Desgraciadamente, no explican bajo qué "condiciones" están
dispuestos a defender las conquistas de la revolución. Con el fin
de dar una pizca de sentido a su "nueva fórmula", la oposición
intenta presentar las cosas como si hasta ahora hubiésemos estado
defendiendo "incondicionalmente" la política internacional del Kremlin,
el Ejército Rojo o el GPU. ¡Una tergiversación total!
En realidad, desde hace mucho tiempo, especialmente desde que proclamamos
abiertamente la necesidad de derrocar la oligarquía del Kremlin
mediante la insurrección, no defendemos la política internacional
de Moscú. Una política errónea no sólo mutila
las tareas necesarias, sino que nos obliga a ver nuestro pasado bajo una
luz falsa.
En el artículo del New International
citado antes, Burnham y Schatman denominan a este grupo de intelectuales
desilusionados "Liga de las Esperanzas Perdidas", y se preguntan una y
otra vez cuál sería la posición de esta lamentable
Liga en caso de guerra entre un país capitalista y la Unión
Soviética. "Aprovechamos, sin embargo, esta oportunidad, escriben,
para pedir a Hook, Eastman y Lyons, una declaración sin ambigüedades
sobre su postura en caso de que Hitler, Japón -o acaso Inglaterra-
atacasen la URSS..." Burnham y Schatman no establecen ninguna "condición",
no especifican ninguna circunstancia "concreta", y al mismo tiempo piden
una declaración "sin ambigüedades".
"... ¿Qué hará
la Liga (de las Esperanzas Perdidas)? ¿Se abstendrá de hacer
una declaración o se declarará neutral?, continúan;
"en pocas palabras, ¿están por la defensa de la URSS caiga
quien caiga y a pesar del régimen stalinista?" (el subrayado es
mío). ¡Una cita maravillosa! ¡Pero si eso es precisamente
lo que dice nuestro programa! Burnham y Schatman, en enero de 1939, estaban
a favor de la defensa incondicional de la URSS y la defendían correctamente:
"caiga quien caiga y a pesar del régimen stalinista". Y el artículo
está escrito en un momento en que la experiencia de la revolución
española todavía no había terminado. El camarada Cannon
está en lo cierto cuando afirma que el comportamiento del stalinismo
en España fue incomparablemente más criminal que en Polonia
o Finlandia. En el primer caso, la burocracia fue el verdugo de una revolución
socialista. En el segundo, impulsó la revolución socialista
por métodos burocráticos. ¿Por qué Burnham
y Schatman se pasan de pronto a la "Liga de las Esperanzas Perdidas"? ¿Por
qué? No podemos considerar las superabstractas referencias de Schatman
a "los acontecimientos concretos" como una explicación suficiente.
Pero no es difícil encontrarla. La participación del Kremlin
en la guerra española estaba apoyada por los demócratas burgueses
de todo el mundo. La intervención de Stalin en Polonia y Finlandia
se tropieza con la oposición fanática de estos mismos demócratas.
A pesar de sus pomposas declaraciones, la oposición no es sino un
reflejo, dentro del Partido Socialista Obrero, de la "izquierda" pequeñoburguesa.
Por desgracia, este es un hecho incontrovertible.
"Nuestros sujetos", escriben Burnham
y Schatman sobre la Liga de las Esperanzas Perdidas, "se sienten muy orgullosos
porque creen que están contribuyendo con algo "nuevo", que están
"reelaborando a la luz de nuevas experiencias", que son "anti-dogmáticos"
(¿O conservadores?-L. T.) que se niegan a reexaminar sus "asunciones
básicas", etc. ¡Qué decepción más patética!
¿Ninguno de ellos ha sacado a la luz hechos, ni dado ninguna explicación
nueva al presente o al futuro?". ¡Sorprendente cita! ¿No debería
añadir personalmente un nuevo capítulo a este artículo,
"Intelectuales en retirada"? Ofrezco mi colaboración al camarada
Schatman.
¿Cómo es posible que
individuos sobresalientes como Burnham y Schatman, incondicionales de la
causa del proletariado, puedan asustarse de unos señores tan poco
terroríficos como los de la Liga de las Esperanzas Perdidas? En
el plano puramente teórico, la explicación es que Burnham
utiliza un método incorrecto, y que Schatman lo desprecia. El método
correcto no sólo facilita el llegar a conclusiones correctas, sino
que, mediante el engarce de cada nueva conclusión con las anteriores
en una cadena consecutiva, nos facilita el recuerdo. Si las conclusiones
políticas se construyen empíricamente, si la incoherencia
se considera como una especie de ventaja, se reemplaza sistemáticamente
el marxismo por el impresionismo -tan característico de los intelectuales
pequeñoburgueses-. Cada nuevo acontecimiento coge desprevenidos
a los impresionistas empíricos, les hace olvidar lo que ellos mismos
escribieron ayer, y les consume el deseo de encontrar nuevas fórmulas,
antes de que se les haya pasado por la cabeza ninguna idea nueva.
La
guerra entre Finlandia y la URSS
La resolución de
la oposición sobre la cuestión de la guerra entre Finlandia
y la URSS es un documento que podría haber sido firmado por los
Bordiguistas, Vereecken, Snevliet, Fenner Brockway, Marceau Pivert, y gente
por el estilo, pero nunca por bolcheviques-leninistas. Basada exclusivamente
en características de la burocracia soviética y en el mero
hecho de la "invasión", carece del menor contenido social. Sitúa
a Finlandia y la URSS al mismo nivel y "condena, rechaza y se opone a ambos
gobiernos y sus ejércitos". De pronto, como notando que algo no
está en orden, la declaración cambia completamente de sentido
y sin ninguna conexión con el texto anterior, añade: Desde
esta perspectiva, la IV Internacional debe, naturalmente (¡Qué
maravilloso es este "naturalmente"!), tener en cuenta (!) que en Finlandia
y en la URSS hay diferentes sistemas económicos". Cada palabra es
una perla de inapreciable valor. Por circunstancias "concretas", nuestros
amantes de lo "concreto" entienden los hechos militares, las modas de las
masas y, en tercer lugar, los diferentes regímenes económicos.
La declaración no arroja ninguna luz sobre cómo deben ser
"tenidas en cuenta" cada una de estas circunstancias "concretas". Si se
opone de igual manera a ambos gobiernos y sus ejércitos, ¿cómo
"tiene en cuenta" las diferencias en la situación militar y en los
regímenes sociales? Definitivamente, no entendemos nada.
Para castigar a los stalinistas
de su crimen, la resolución, como todos los demócratas pequeñoburgueses
de todos los sitios, apenas menciona que el Ejército Rojo expropió
a los grandes terratenientes finlandeses e introdujo el control obrero
en la industria, preparando así la expropiación de los capitalistas.
Mañana, los stalinistas estrangularán
a los trabajadores finlandeses. Pero ahora están dando -están
obligados a dar- un fuerte impulso a la lucha de clases en su forma más
nítida. Los líderes de la oposición construyen su
política sobre abstracciones democráticas y nobles sentimientos,
no sobre lo que en realidad está pasando en Finlandia.
Parece que la guerra entre Finlandia
y la URSS está empezando a transformarse en una guerra civil, en
la que los pequeños campesinos y los trabajadores apoyan al Ejército
Rojo, mientras el Ejército finlandés defiende los intereses
de los propietarios, la burocracia sindical conservadora y los imperialistas
anglosajones. Las esperanzas que despierta el Ejército Rojo entre
los finlandeses pobres serán una ilusión, a menos que se
produzca la revolución internacional: la colaboración del
Ejército Rojo con los desposeídos será sólo
temporal: el Kremlin volverá en seguida sus armas contra los trabajadores
y campesinos finlandeses. Sabemos ya todo esto y lo decimos, para que sirva
de advertencia. Pero en esta guerra civil "concreta" que se está
produciendo en Finlandia, ¿qué posición "concreta"
deben tomar los partisanos "concretos" de la IV Internacional? Si lucharon
en España en el campo republicano, a pesar de que los stalinistas
estaban estrangulando la revolución socialista, está claro
que en Finlandia deben apoyar a los stalinistas que están promoviendo
la expropiación de los capitalistas.
Nuestros innovadores cubren los
fallos de su posición con frases violentas. Llaman "imperialista"
a la política de la URSS. ¡Esto enriquece notablemente la
ciencia! A partir de ahora, llamaremos imperialismo tanto a la política
exterior de expansión del capital como a la política exterior
de exterminación del capital. ¡Esto ayudará mucho a
la clarificación y educación de los trabajadores! ¡Pero
es que, simultáneamente, el Kremlin apoya la política de
expansión financiera de Alemania! -gritará, pongamos por
caso, el impulsivo Stanley-. Esta objección se basa en la sustitución
de nuestro problema por otro, en la disolución de lo concreto en
lo abstracto (un error corriente en el pensamiento vulgar).
Si mañana Hitler se viera
obligado a enviar armas a los indios insurrectos, ¿deberían
oponerse los trabajadores a esta acción concreta mediante huelgas
o sabotage? Por el contrario, deberían asegurarse de que los revolucionarios
recibieran las armas lo antes posible. Espero que Stanley vea esto claro.
Pero este ejemplo es completamente hipotético. Lo he usado para
exponer que incluso un gobierno fascista, basado en el capital financiero,
puede verse obligado, en ciertas circunstancias, a apoyar un movimiento
revolucionario nacional (para intentar estrangularlo al día siguiente).
Hitler, bajo ninguna circunstancia, apoyaría un movimiento proletario
en Francia. Pero el Kremlin se ve obligado hoy -y es un hecho real, no
una hipótesis- a apoyar un movimiento social revolucionario en Finlandia
(aunque mañana intente estrangularlo políticamente). Denominar
"imperialismo" a un movimiento social revolucionario dado, sólo
por el hecho de que sea provocado, mutilado y estrangulado por el Kremlin
indica simplemente una gran pobreza teórica y política.
Es necesario añadir que esta
tergiversación del concepto "imperialismo" no es ni siquiera nueva.
En el momento actual, no sólo los demócratas, la burguesía
de todos los países capitalistas califica de imperialista la política
soviética. Sus intenciones están muy claras: ocultar la contradicción
social entre la expansión capitalista y la soviética, ocultar
el problema de la propiedad, y ayudar de este modo al auténtico
imperialismo. ¿Cuáles son las intenciones de Schatman y los
demás? No lo saben ni ellos mismos. Su innovación terminológica,
objetivamente, los aparta de los marxistas de la IV Internacional y los
acerca a los "demócratas". También esta circunstancia testifica
la extrema sensibilidad de la oposición a la opinión pública
pequeñoburguesa.
Se oye cada vez con mayor
frecuencia entre los miembros de la oposición que la cuestión
rusa no tiene mayor importancia en sí misma; que lo importante ahora
es cambiar el régimen interno del partido. Cambio de régimen
significa cambio en la dirección, o, más concretamente,
eliminar a Cannon y sus colaboradores más cercanos de los puestos
directivos. Pero estos clamores demuestran que la tendencia hacia
una lucha contra "la facción de Cannon" es muy anterior a los "hechos
concretos" con los que pretenden justificar su cambio de postura. A la
vez, estas voces nos recuerdan otros grupos de oposición de tiempos
pasados: y a quienes -como Vereecken, Snevliet, Molinier y tantos otros-
han recurrido a la "cuestión organizativa" cuando empezaban a sentir
que no tenían cuestiones de principio en las que basar su oposición.
Por muy desagradable que parezca el recordar aquí estos precedentes,
no podemos pasarlos por alto.
No sería correcto, sin embargo,
pensar que el recurso a la "cuestión organizativa" es una simple
"maniobra" del debate de facciones. No: los miembros de la oposición
sienten, en lo más profundo de sí mismos, aunque de modo
confuso, que el debate implica no sólo "la cuestión rusa",
sino el enfoque político general, incluidos los métodos que
utilizamos para construir el partido. Y esto es verdad, en cierto sentido.
Yo mismo he intentado demostrar
antes que el problema implica no sólo la cuestión rusa, sino
los métodos de pensamiento de los miembros de la oposición,
métodos que tienen sus raíces sociales. La oposición
está bajo la influencia de los modos y tendencia pequeñoburgueses.
Este es, esencialmente, el problema general.
Hemos visto con claridad suficiente
cómo las ideas de Burnham (pragmáticas) y las de Schatman
(eclécticas) estaban bajo la influencia ideológica de otra
clase. No hemos citado a otros líderes, como el camarada Abern,
porque no participan, por regla general, en discusiones sobre cuestiones
de principio, limitándose al plano de la "cuestión organizativa".
Esto no significa, sin embargo, que Abern no tenga importancia. Al contrario:
podemos decir que Burnham y Schatman son los "aficionados" de la oposición,
mientras que Abern es el verdadero profesional. Abern, y sólo él,
tiene un grupo tradicional de adeptos, surgido del viejo Partido Comunista
y que permaneció unido en los primeros tiempos de existencia independiente
de la Oposición de Izquierda. Todos aquellos que, posteriormente,
han ido asumiendo distintas razones para la crítica o el descontento,
se han adherido a ese grupo.
Cualquier debate fraccional serio
en el partido es, en último análisis, un reflejo de la lucha
de clases. Desde el principio, la mayoría esclareció la dependencia
ideológica de la oposición de la democracia pequeñoburguesa.
Por el contrario, la oposición, precisamente por su carácter
pequeñoburgués, no buscó nunca las raíces sociales
de la posición de sus oponentes.
La oposición inició
un serio debate de fracciones que está paralizando el partido en
un momento crítico. Para justificar esta lucha serían precisas
razones muy profundas y muy serias. Para un marxista, sólo puede
tratarse de razones de clase. Antes de empezar esta lucha encarnizada,
los líderes de la oposición deberían haberse preguntado:
¿qué influencia no-proletaria se refleja en la mayoría
del Comité Nacional? Por lo menos, la oposición debería
haber intentado un análisis de clase de las divergencias. Pero sólo
son capaces de ver "conservadurismo", "errores", "métodos inadecuados"
y otras deficiencias técnicas, psicológicas o intelectuales.
La oposición no se interesa por la naturaleza de clase de la fracción
contraria, lo mismo que no le interesa la naturaleza de clase de la URSS.
Este hecho es ya suficiente para demostrar el carácter pequeñoburgués
de la oposición, con su pizca de pedantería académica
y de impresionismo periodístico.
Para comprender qué clase
o estratos se reflejan en la lucha de fracciones, es necesario estudiar
históricamente a ambas. Los miembros de la oposición que
afirman que la lucha actual "no tiene nada que ver" con anteriores debates
fraccionases, no hacen sino demostrar de nuevo su actitud superficial hacia
su propio partido. El núcleo fundamental de la oposición
es el mismo que hace años se agrupó alrededor de Muste y
Spector. El núcleo fundamental de la mayoría es el mismo
que entonces se agrupó en torno a Cannon. De los líderes,
sólo Burnham y Schatman han saltado de un campo al otro. Pero estos
saltos, por muy importantes que sean, no modifican el carácter fundamental
de los grupos. No voy a entrar en la descripción del desarrollo
histórico de la lucha. El lector puede informarse en el excelente
artículo de J. Hansen, "Métodos organizativos y principios
políticos". de J. Han
Si dejamos de lado todo lo personal,
accidental y episódico, no cabe duda que la lucha más constante
ha sido la del camarada Abern contra el camarada Cannon. En esta lucha,
Abern representa un grupo propagandístico, de composición
pequeñoburguesa, unido por viejos lazos personales, casi una familia.
Cannon representa el partido proletario en proceso de formación.
La razón histórica -independientemente de los errores y equivocaciones
que hayan podido cometerse- está del lado de Cannon.
Cuando los representantes de la
oposición se alborotan y chillan que "la dirección está
en bancarrota", "los acontecimientos nos han cogido desprevenidos", "tenemos
que cambiar de consignas", sin haberlo pensado antes seriamente, aparecen
fundamentalmente como traidores al partido. Podemos explicar esta deplorable
actitud por el miedo y la irritación del viejo círculo propagandístico
del partido ante nuestras nuevas tareas y nuestra nueva organización.
Los lazos personales y sentimentales no quieren ceder ante el sentido del
deber y la disciplina. El partido debe, en este momento, romper las antiguas
relaciones de pandilla y disolver los mejores elementos del pasado propagandístico
en el partido proletario. Es necesario desarrollar el sentido del deber
ante el partido hasta el punto de que nadie se atreva a decir: "El fondo
del problema no es la cuestión rusa, sino que nos sentiríamos
más cómodos bajo la dirección de Abern que bajo la
de Cannon."
Personalmente, no he llegado a esta
conclusión ayer. La he manifestado cientos de veces en conversaciones
con miembros del grupo de Abern. He enfatizado invariablemente el carácter
pequeñoburgués del grupo. He propuesto repetidamente transformarlos
de militantes en simpatizantes, en vista de su incapacidad para reclutar
nuevos miembros para el partido entre los trabajadores. Pero las conversaciones,
cartas y consejos no han servido para nada, porque la gente raras veces
aprende de la experiencia ajena. El antagonismo entre las dos capas del
partido y entre los dos períodos de su desarrollo ha salido a la
superficie y ha provocado esta encarnizada lucha de fracciones. No me queda
sino dar mi opinión, clara y definitivamente, a la sección
americana y a la IV Internacional en general. "La amistad es la amistad
y el deber es el deber", dice un proverbio ruso.
Por último, podemos preguntarnos
si la oposición es una tendencia pequeñoburguesa, ¿significa
esto que la unidad es imposible? ¿Cómo reconciliar la tendencia
pequeñoburguesa con el proletariado? Pero hacer así la pregunta
es antidialéctico y, por lo tanto, falso. En la discusión
actual, la oposición ha mostrado claramente sus características
pequeñoburguesas. Pero esto no significa que la oposición
no tenga además otras características. La mayoría
de los miembros de la oposición son profundamente partidarios de
la causa del proletariado y son, además, capaces de aprender. Aunque
hoy estén atados a un medio pequeñoburgués, mañana
pueden aliarse al proletariado. Los inconsistentes, pueden volverse más
consistentes por medio de la experiencia. Cuando el partido cuente con
miles de trabajadores, hasta los profesionales del fraccionalismo se podrán
reeducar en el espíritu de la disciplina proletaria. Pero hay que
darles tiempo. Por tanto, la propuesta del camarada Cannon de no mezclar
en la discusión amenazas de división, expulsiones, etc.,
es perfectamente correcta y adecuada.
Debe quedar claro, como mínimo,
que si la totalidad del partido tomase el camino de la oposición,
podría quedar completamente destruido. La actual oposición
es incapaz de proporcionarle una dirección marxista. La mayoría
del Comité Nacional expresa más consistente, profunda y seriamente
las misiones del proletariado que la minoría. Precisamente porque
la mayoría no tiene interés en llevar la lucha hacia la escisión,
triunfarán las ideas correctas. Tampoco los elementos sanos de la
oposición desean una escisión, la experiencia del pasado
ha demostrado muy claramente que los diferentes tipos de grupos que se
han separado de la IV Internacional se han condenado a sí mismos
a la esterilidad y la descomposición. Por lo tanto, es posible enfrentarse
sin temor al próximo congreso del partido. El rechazará las
innovaciones anti-marxistas de la oposición y reforzará la
unidad.
15 de diciembre de
1939.