Pedimos un referéndum sobre
la guerra porque queremos paralizar o destruir el centralismo en el estado
imperialista. Pero, ¿podemos reconocer el referéndum como
un método normal de decisión dentro de nuestro partido? La
respuesta sólo puede ser negativa.
Quien está a favor del referéndum
reconoce que la democracia interna del partido es sólo la suma aritmética
de decisiones locales, condicionadas inevitablemente por las fuerzas y
la experiencia limitadas de cada sección. Quien esté en favor
de un referéndum debe estar a favor de los mandatos imperativos:
es decir, a favor de que cada sección local tenga derecho a exigir
a su representante en el congreso del partido que vote de manera predeterminada.
Quien reconoce el mandato imperativo está automáticamente
en contra de la concepción del congreso como órgano supremo
del partido. Es suficiente sustituir el congreso por un recuento de votos
locales. El partido, como un todo centralizado, desaparece. Aceptando el
referéndum, la influencia de las secciones más avanzadas
y de los camaradas con más experiencia o más perspicaces
se sustituye por la influencia de los menos experimentados, de las secciones
más atrasadas, etc.
Naturalmente estamos por un examen
a fondo y porque sobre cada cuestión voten todas las secciones locales
del partido, todas las células. Pero, al mismo tiempo, cada delegado
elegido por su sección debe tener derecho a sopesar todos los argumentos
expuestos en el congreso y a votar según le dicte su juicio político,
y si, después del congreso, no es capaz de convencer a su organización
de lo correcto de sus apreciaciones, ésta debe privarle consecuentemente
de su confianza política. Casos así son inevitables. Pero
son un mal infinitamente menor que el sistema de referéndum o de
voto imperativo, que destruyen por completo el partido como un todo.
Coyoacan,
D. F., 21 de octubre de 1939.