Querido camarada Stanley:
Recibí su carta a O'Brien
en vista de su marcha. La carta me produjo una extraña impresión
porque, al contrario de lo que sucede con sus excelentes artículos,
estaba llena de contradicciones.
No he recibido todavía ningún
material sobre el plano ni conozco el texto de la resolución mayoritaria
ni de la de
M. S., pero puedo asegurarle que no hay oposición irreconciliable
entre los dos textos. Afirma usted que el partido está al borde
del desastre, ¿por qué? Aunque hubiera habido dos posiciones
irreconciliables, no sería un "desastre", sino la necesidad de llevar
la lucha política hasta el fin. Pero si las dos posturas no son
más que matices del mismo punto de vista expresado en el programa
de la IV Internacional, ¿cómo puede llamar catástrofe
a una divergencia "sin fundamento" (según sus propias palabras)?
Que la mayoría prefiriese su propio matiz (si es sólo un
matiz) es natural. Pero lo que es absolutamente antinatural es que la minoría
diga: "porque vosotros, la mayoría, preferís vuestra propia
interpretación y no la nuestra, nosotros, la minoría, pronosticamos
una catástrofe". ¿Por parte de quién? Usted dice:
"veo las cosas objetivamente, por encima de las distintas facciones". Mi
impresión no es esa, en absoluto.
Escribe, por ejemplo, que a mi artículo
"por una razón o por otra, le faltaba una página". Expresa
de esta manera una sospecha venenosa hacia los camaradas responsables.
La página faltaba a causa de un error en la oficina de aquí,
y ya he mandado un texto completo para que lo
traduzcan.
Su argumento sobre el "imperio obrero"
me parece una ocurrencia desafortunada. A los bolcheviques se les acusó
de tener un "programa de expansión zarista" desde el primer día
de la Revolución de Octubre. Hasta un estado obrero sano tiende
a la expansión y sus líneas geográficas coincidirán
necesariamente con las de la expansión zarista, porque una revolución
no suele cambiar la geografía. Lo que criticamos a la banda del
Kremlin no es la expansión ni la dirección de la expansión,
sino los métodos burocráticos y contrarrevolucionarios de
la expansión. Pero, al mismo tiempo, y ya que como marxistas debemos
ver objetivamente los hechos históricos, debemos reconocer que ni
el Zar, ni Hitler, ni Chamberlain, han tenido la costumbre de abolir la
propiedad privada en los países ocupados y este hecho, tan progresivo,
depende de otro: de que la Revolución de Octubre aún no ha
sido totalmente asesinada por la burocracia, que en último término
se ve obligada a tomar medidas que debemos apoyar en ciertas situaciones
contra los enemigos imperialistas. Estas medidas progresistas son, naturalmente,
mucho menores que la actividad contrarrevolucionaria generalizada que lleva
a cabo la burocracia; por eso es por lo que consideramos necesario destruirla...
Los camaradas están indignados
por el pacto Hitler-Stalin. Es natural. Quieren tomarse la revancha con
Stalin. Muy bien. Pero hoy todavía no estamos preparados para destruir
el Kremlin inmediatamente. Algunos camaradas se conforman con una satisfacción
puramente voluntarista: le quitan a la URSS el título de Estado
Obrero, como le quita Stalin a un funcionario caído en desgracia
la Orden de Lenin. A mí esto me parece, querido amigo, un poco infantil.
La sociología marxista y la historia son absolutamente irreconciliables.
Saludos del camarada,
Crux (Leon Trostky)