Es posible, una vez concluido el acuerdo germano-soviético,
seguir considerando a la URSS como un estado obrero? El futuro del estado
soviético ha suscitado, una y otra vez, discusiones entre nosotros.
Tenemos ante nosotros el primer caso histórico de estado obrero.
Nadie ha podido analizar antes este fenómeno. En el problema del
carácter social de la URSS, los errores suelen proceder, como ya
habíamos previsto, de reemplazar el hecho histórico por la
norma programática. El hecho concreto se deriva de la norma. Esto
no significa, sin embargo, que la rompa: por el contrario, la reafirma,
en su aspecto negativo. La degeneración del primer estado obrero,
prevista y explicada por nosotros, ha demostrado gráficamente lo
que puede y debe ser un estado obrero bajo determinadas condiciones históricas.
La contradicción entre la norma y el hecho concreto no nos obliga
a rechazar la norma, sino, al contrario, a luchar para construir un camino
verdaderamente revolucionario. El programa para abordar el problema de
la revolución en la URSS está determinado, por un lado, por
el hecho histórico objetivo de la existencia de la URSS y, por otro,
por la norma del estado obrero. No decimos: "Todo se ha perdido, debemos
empezar de cero otra vez", sino que indicamos claramente los elementos
del estado obrero que, en el momento actual, pueden salvarse, perservarse
e incluso desarrollarse.
Los que hoy afirman que el pacto germano-soviético debe cambiar
nuestra posición respecto al estado soviético se basan en
la postura del Comintern -o mejor dicho, de la antigua postura del Comintern-.
De acuerdo con esta lógica, la misión histórica del
estado obrero es la lucha a favor de la democracia imperialista. La "traición"
de las democracias a favor del fascismo despoja a la URSS de su condición
de estado obrero. De hecho, el tratado con Hitler no es sino un dato más
del grado de degeneración de la burocracia soviética, y de
su desprecio por la clase trabajadora internacional, incluido el Comintern,
pero no la base para una revaluación de nuestra concepción
sociológica de la URSS.
¿Se
trata de un crecimiento canceroso
o de un nuevo órgano?
Nuestros críticos han argüido más de una vez que la
burocracia soviética actual se parece muy poco a las burocracias
burguesas' o sindicales en las sociedades capitalistas: que representan
una nueva formación social, en mucha mayor medida que el fascismo
Esto es casi verdad y nunca nos hemos negado a reconocerlo. Pero si consideramos
a la burocracia soviética como una "clase", debemos reconocer inmediatamente
que no se parece a ninguna de las clases basadas en la propiedad que hemos
conocido en el pasado. Frecuentemente llamamos "casta" a la burocracia
soviética, tratando de simbolizar así su carácter
cerrado, su gestión arbitraria y la altanería de su estrato
dirigente, que considera que sus progenitores proceden de los divinos labios
de Brahma, mientras que las clases populares han nacido de sus partes más
groseras. Pero esta definición no es estrictamente científica.
Su relativa superioridad se basa únicamente en que el sentido general
del término es claro para todo el mundo, sin que a nadie se le ocurra
identificar la oligarquía de Moscú con la casta hindú
de Brahma. La vieja terminología sociológica no posee un
término adecuado para un nuevo acontecimiento social que está
en evolución (degeneración) y que no ha tomado todavía
formas estables. Para nosotros, sin embargo, la burocracia soviética
puede seguir llamándose así, burocracia, sin privaría
de sus peculiaridades históricas. En nuestra opinión, esto
es suficiente por el momento.
Científica y políticamente -y no sólo terminológicamente-,
la cuestión central es: ¿es la burocracia un crecimiento
temporal en un organismo social o se ha transformado ya en un órgano
históricamente indispensable? Las excrecencias sociales pueden ser
el producto de un conjunto "accidental" (por tanto, temporal y extraordinario)
de circunstancias históricas. Un órgano social (y esto son
las clases, incluidas las clases dominantes) sólo puede comprenderse
como el resultado necesario del desarrollo de las necesidades de la producción.
Si no respondemos a esta pregunta, la discusión se convertirá
en un mero juego de palabras.
La temprana
degeneración de la burocracia
La justificación histórica de toda clase dominante consiste
en afirmar que el sistema de explotación que capitanea lleva el
desarrollo de las fuerzas productivas a un nuevo nivel. Fuera de toda duda,
el régimen soviético ha dado un gran impulso a la economía.
Pero la fuente de este impulso fue la nacionalización de los medios
de producción y la planificación económica, y no el
hecho de que la burocracia usurpara el mando de la economía. Por
el contrario, el burocratismo, como sistema, ha sido el peor enemigo del
desarrollo técnico y cultural del país. Durante algún
tiempo, esto estuvo oculto por el hecho de que la economía soviética
tuvo que dedicar dos décadas a asimilar la tecnología y la
organización de la producción de los países capitalistas
avanzados. Este período de imitación y trasplante se ha podido
cubrir, para bien o para mal, con el automatismo burocrático. El
aguda y constante contradicción entre ambos elementos conduce a
constantes convulsiones políticas y a la eliminación sistemática
de los elementos más creativos en todas las esferas de actividad.
De este modo, antes de que la burocracia haya conseguido producir una "clase
dominante", ha entrado en contradicción irreconciliable con las
exigencias del desarrollo. La explicación de esto debe basarse precisamente
en el hecho de que la burocracia no es el portador de un nuevo sistema
económico peculiar e imposible sin ella, sino un parásito
que crece en un estado obrero.
Las condiciones
para la omnipotencia
y caída de la burocracia
La oligarquía soviética posee todos los vicios de las antiguas
clases dominantes, pero carece de su misión histórica. En
la degeneración burocrática del estado soviético no
se expresan las leyes generales de transición de la sociedad moderna
del capitalismo al socialismo, sino una refracción especial excepcional
y temporal de dichas leyes bajo las condiciones de un país atrasado
y revolucionario en un contexto capitalista. La escasez de bienes de consumo
y la lucha generalizada por conseguirlos da lugar a un policía que
se arroga la función de la distribución. La hostilidad exterior
confiere al policía el papel de "defensor" del país, le dota
de autoridad nacional y le permite saquear el país por partida doble.
Las dos condiciones de la omnipotencia de la burocracia -el atraso
del país y el entorno imperialista- tienen, sin embargo, un carácter
temporal y transitorio y deben desaparecer con el triunfo de la revolución
mundial. Incluso los economistas burgueses han calculado que, con una economía
planificada, los EE.UU. alcanzarían rápidamente un producto
nacional de 200 billones de dólares, que sería suficiente
para asegurar a la población, no sólo la cobertura de sus
necesidades primarias, sino un elevado nivel de confort. De otra parte,
la revolución mundial suprimiría la amenaza exterior, que
es otra de las causas de la burocratización. La eliminación
de la necesidad de gastar una parte enorme del producto nacional en armamento
elevaría aún más el nivel cultural y de vida de las
masas. En estas condiciones, la necesidad de un policía distribuidor
caería por sí misma. Una administración similar a
una cooperativa gigante suplantaría rápidamente el poder
del Estado. No habría lugar para una nueva clase dominante o para
un nuevo régimen explotador, situado entre el capitalismo y el socialismo.
¿Y
qué pasará si no tiene lugar la revolución socialista?
La desintegración del capitalismo y de la vieja clase dominante
ha alcanzado límites extremos. La supervivencia de este sistema
es imposible. Las fuerzas productivas deben organizarse de acuerdo con
un plan. Pero, ¿quién cumplirá esta tarea, el proletariado
o una nueva clase dominante de "comisarlos", políticos, administradores
y tecnócratas? En opinión de algunos racionalistas, la experiencia
histórica demuestra que no se debe depositar ninguna confianza en
el proletariado. El proletariado se demostró incapaz de impedir
la última guerra mundial, aunque las precondiciones materiales para
una revolución socialista ya existían en aquel momento. Los
éxitos del fascismo tras la guerra serían una nueva muestra
de la "incapacidad" del proletariado para sacar a la sociedad capitalista
de su callejón sin salida. La burocratizaci6n de la úRSS
sería una nueva prueba de la "incapacidad" del proletariado para
organizar la sociedad por medios democráticos. La revolución
española ha sido estrangulada por las burocracias fascistas y stalinista
ante los mismísimos ojos del proletariado mundial. El último
eslabón de esta cadena es la nueva guerra imperialista, que se prepara
abiertamente, ante la impotencia del proletariado internacional. Si se
adopta esta concepción, esto es, si se reconoce que el proletariado
no tiene fuerza suficiente para llevar a cabo la revolución socialista,
la urgente tarea de la estatalización de las fuerzas productivas
deberá realizarse por otros. ¿Por quién? Por una nueva
burocracia, que reemplazará a la decaída burguesía
como clase dominante a escala mundial. Así están empezando
a plantear el problema algunos "izquierdistas" que no se contentan con
discutir sobre terminología.
La guerra
actual y el destino
de la sociedad moderna
Dada la marcha de los acontecimientos, este problema se plantea ahora muy
concretamente. La segunda guerra mundial ha comenzado. Esto confirma incontrovertiblemente
el hecho de que la sociedad no puede subsistir más tiempo sobre
bases capitalistas. Además, somete al proletariado a una prueba
nueva y quizá decisiva.
Si esta guerra provoca, como creemos firmemente, una revolución
proletaria, se producirá la ruptura de la burocracia de la URSS
y la regeneración de la democracia soviética sobre bases
económicas y culturales más firmes que en 1918. En este caso,
la cuestión de si la burocracia stalinista es una "clase" o un cáncer
del estado obrero se resolverá automáticamente. Quedará
claro que la burocracia soviética era sólo un episodio en
el proceso de desarrollo de la revolución mundial.
Podemos suponer, sin embargo, que la presente guerra no va a provocar
la revolución, sino la decadencia proletariado. Queda, en ese caso,
su progresiva fusión con el estado y la suplantación de la
democracia, allí donde todavía existe, por un régimen
totalitario. La incapacidad del proletariado para tomar en sus manos la
dirección de la sociedad podría conducirnos, en las actuales
condiciones, al crecimiento de una nueva clase dominante, de la burocracia
fascista bonapartista. Sería, según todos los indicios, un
régimen de decadencia, destinado al eclipse de la civilizaci6n.
Se produciría un resultado similar si el proletariado de los
países capitalistas avanzados, una vez conquistado el poder, se
muestra incapaz de retenerlo y lo entrega, como en la URSS, a una burocracia
privilegiada. En ese caso, nos veríamos obligados a reconocer que
las causas del burocratismo no son el atraso del país ni el imperialismo
circundante, sino una incapacidad congénita del proletariado para
llegar a ser la clase dominante. Entonces tendríamos que reconsiderar
los rasgos característicos que hacen de la URSS la precursora de
un nuevo régimen de explotación a escala mundial.
Nos hemos alejado mucho de la controversia inicial sobre cómo
denominar al Estado soviético. Pero no nos critiquéis; sólo
de una perspectiva histórica adecuada se puede uno proveer de elementos
de juicio suficientes para decidir sobre una cuestión como la sucesión
de un régimen social por otro. La alternativa histórica,
llevada al límite, es la siguiente: ¿es el estado stalinista
un desgraciado incidente en el proceso de transformación de una
sociedad del capitalismo al socialismo, o es el primer paso hacia un nuevo
tipo de sociedad basada en la explotación? Si la segunda afirmaci6n
es cierta, la burocracia se convertirá en una nueva clase explotadora.
Si el proletariado del mundo se muestra incapaz de cumplir la misión
que le ha asignado el curso del desarrollo histórico, no nos quedará
más remedio que reconocer que el programa socialista, basado en
las contradicciones internas de la sociedad capitalista, es una utopía.
Sería necesario, en ese caso elaborar un nuevo programa "mínimo",
para la defensa de los intereses de los esclavos de la sociedad burocrática
totalitaria.
¿Nos obligarán los datos objetivos a renunciar ya al
proyecto de la revolución socialista? Este es el problema que se
nos plantea.
La teoría
del "colectivismo burocrático"
Poco después de la toma del poder por Hitler, un comunista de izquierda
alemán, Hugo Urbahns, llegó a la conclusión de que
el capitalismo iba a ser reemplazado por un nuevo, "capitalismo de estado".
Los primeros ejemplos eran Alemania, la URSS e Italia. Urbahns, sin embargo,
no elaboró las conclusiones políticas de esta teoría.
Recientemente, un comunista de izquierda italiano, que formalmente se adhiere
a la IV internacional, Bruno R., ha llegado a la conclusión de que
el "colectivismo burocrático" reemplazará al capitalismo
(Bruno R.: La Bureaucratisation du Monde, París, 1939, 350 págs.).
La nueva burocracia es una clase, su relación con los trabajadores
es la explotación colectiva, los proletarios se han transformado
en los esclavos de los explotadores totalitarios.
Bruno R. da igual trato a la economía planificada de la URSS,
el fascismo, el Nacional Socialismo y el New Deal de Rooswelt. Todos estos
regímenes poseen, indudablemente, rasgos comunes, que se basan,
en último análisis, en las tendencias colectivistas de la
economía moderna. Lenin, antes de la Revolución de Octubre,
formuló así las características más importantes
del capitalismo imperialista; concentración gigantesca de las fuerzas
productivas, fusión progresiva del capital monopolista con el estado,
tendencia orgánica a la dictadura descarada como resultado de esta
fusión. La centralización y la colectivización determinan
tanto la política revolucionaria como la contrarrevolucionaria;
pero esto no significa que el termidor, el fascismo o el reformismo americano
sean equivalentes a la revolución. Bruno queda atrapado por el hecho
de que, a causa de la postraci6n política de la clase trabajadora,
las tendencias a la colectivización hayan tomado la forma de "colectivismo
burocrático". El fenómeno en sí es irrefutable, pero,
¿cuáles son sus límites y su peso histórico?
Lo que nosotros consideramos una malformación en un período
de transición, el resultado del desarrollo desigual de los múltiples
factores que intervienen en un proceso social, es para Bruno una formación
social independiente en la que la burocracia es la clase dominante. Bruno
tiene el mérito de llevar el asunto desde el círculo reducido
de los ejercicios terminológicos al terreno de las generalizaciones
históricas. Esto nos hace más fácil la tarea de divulgar
su error.
Como muchos ultraizquierdistas, Bruno R. identifica esencialmente stalinismo
y fascismo. Por un lado, la burocracia soviética ha adoptado los
métodos políticos del fascismo; por el otro, la burocracia
fascista, que de momento se contenta con una intervención "parcial"
de la economía, está evolucionando rápidamente hacia
la total estatificación de la economía. La primera afirmación
es absolutamente correcta. Pero la creencia de Bruno de que el "anticapitalismo"
fascista será capaz de expropiar por completo a la burguesía
es errónea. La intervención "parcial" del estado difiere
de la economía planificada en la misma medida en que "reforma" difiere
de "revolución". Mussolini y Hitler están "coordinando" los
intereses de los propietarios privados y "regulando" la economía
capitalista y, además, principalmente por razones de guerra. La
oligarquía del Kremlin es algo más: tiene la oportunidad
de dirigir la economía como un cuerpo, porque la clase trabajadora
de Rusia fue capaz de dar el mayor vuelco a las relaciones de propiedad
conocido en la historia. Es una diferencia que no podemos olvidar.
Pero aunque aceptemos que el stalinismo y el fascismo, desde polos
opuestos, llegarán algún día a ser el mismo tipo de
sociedad ("colectivismo burocrático", según la terminología
de Bruno R.), la Humanidad continuará ante un callejón sin
salida. La crisis del sistema capitalista es tanto el resultado del papel
reaccionario de la propiedad privada como del no menos reaccionario del
estado nacional. Aunque los distintos gobiernos fascistas triunfasen en
su empeño de construir una economía planificada en sus países
respectivos, al margen de los inevitables movimientos revolucionarios del
proletariado imprevisibles para todo plan, la lucha de los estados totalitarios
por el dominio del mundo continuará e incluso se recrudecerá.
Las guerras devorarán los frutos de las economías planificadas
y destruirán la civilización. Bertrand Russell cree, es cierto,
que algún estado victorioso puede, como resultado de la guerra,
unificar el mundo bajo un régimen totalitario. Pero incluso si esta
hipótesis se realizara, lo que es muy dudoso, la "unificación
militar" no sería más estable que el Tratado de Versalles.
Los levantamientos nacionales llevarían a una nueva guerra mundial,
que sería la tumba de la civilización. Los hechos objetivos,
y no nuestros deseos subjetivos, nos muestran que la única posibilidad
de salvación de la Humanidad es la revolución socialista
mundial. La alternativa es la vuelta a la barbarie.
El proletariado
y sus dirigentes
Dedicaremos muy pronto un artículo entero a la cuestión de
la clase y su dirección. Nos limitamos aquí a decir lo más
indispensable. Sólo los "marxistas vulgares", que interpretan la
política como un simple y directo "reflejo" de la economía,
pueden pensar que la dirección refleja directa y simplemente a la
clase. En realidad, la dirección, que se ha alzado sobre la clase
oprimida, sucumbe inevitablemente a la presión de la clase dominante.
La dirección de los sindicatos americanos, por ejemplo, refleja
tanto al proletariado como a la burguesía. La selección y
educación de una dirección verdaderamente revolucionaria,
capaz de soportar la presión de la burguesía, es una tarea
extraordinariamente difícil. La dialéctica del proceso histórico
nos ha mostrado claramente como el proletariado del país más
atrasado del mundo, Rusia, ha sido capaz de engendrar la dirección
más clarividente y valerosa que hayamos conocido. Por el contrario,
el proletariado del país con un capitalismo más antiguo,
Inglaterra, tiene, hasta el momento, la dirección más servil
y lerda.
La crisis de la sociedad capitalista, que tomó un carácter
manifiesto en julio de 1914, produjo, desde el primer día de guerra,
una profunda crisis en la dirección del proletariado. Esto viene
durante 25 años; el proletariado de los países avanzados
todavía no ha sido capaz de producir una dirección a la altura
de las tareas históricas de nuestro tiempo. El ejemplo de Rusia
nos revela, sin embargo, que es posible (lo que no significa que haya sido
inmune a la degeneración). Por lo tanto, la pregunta a la que ahora
hemos de responder es la siguiente: ¿se engendrará, en el
proceso de esta guerra y de las profundas convulsiones que se van a producir,
una dirección auténticamente revolucionaria, capaz de dirigir
al proletariado en la conquista del poder?
La IV Internacional ha respondido afirmativamente a esta pregunta no
sólo a través de su programa, sino, y sobre todo, a través
del hecho de su existencia. Los desilusionados y aterrorizados pseudo-marxistas
de todo tipo responden, por el contrario, que la bancarrota de la dirección
"refleja" simplemente la incapacidad del proletariado para cumplir su misión
histórica. No todos nuestros oponentes expresan con claridad su
pensamiento, pero todos ellos -ultraizquierdistas, centristas, anarquistas,
por no hablar de los stalinistas y los socialdemócratas- cargan
el peso de sus propios errores sobre las espaldas del proletariado. Ninguno
de ellos expresan claramente bajo qué condiciones será capaz
el proletariado de llevar a cabo la revolución socialista.
Si aceptamos como válido que la causa de los errores es consustancial
a las cualidades sociales del proletariado como tal, hemos de reconocer
que el futuro de la sociedad moderna se nos presenta sin esperanza. Bajo
las condiciones del capitalismo en decadencia, el proletariado no crece
ni numérica ni culturalmente. No hay razones, por tanto, para creer
que alcance algún día la altura de su misión revolucionaria.
Hemos clarificado el profundo antagonismo entre la necesidad orgánica,
insoslayable y creciente de las masas trabajadoras de escapar del caos
sangriento del capitalismo y el carácter conservador, patriótico
y totalmente burgués de las direcciones sindicales existentes. Debemos
elegir entre una de estas dos alternativas irreconciliables
Las dictaduras
totalitarias, consecuencia de una crisis
aguda, no regímenes estables
La Revolución de Octubre no fue un accidente. Fue un anticipo del
futuro. Los acontecimientos confirmaron su carácter de pronóstico,
y su degeneración no lo desmintió, porque los marxistas no
creyeron nunca que un estado obrero aislado pudiera mantenerse indefinidamente
en Rusia. A decir verdad, esperábamos la caída del Estado
soviético, no su degeneración; más exactamente, no
habíamos hecho diferencias entre estas dos posibilidades. Pero no
son contradictorias. La degeneración ha de acabar necesariamente
en caída al llegar a un determinado punto.
Un régimen totalitario, sea del tipo stalinista o fascista,
puede ser, esencialmente, un régimen temporal y transitorio. La
dictadura descarada ha sido, a lo largo de la historia, el producto y el
síntoma de una crisis social especialmente severa, nunca un régimen
estable. Las crisis profundas no pueden ser una condición permanente
de la sociedad. Un régimen totalitario es capaz de suprimir las
contradicciones sociales durante cierto tiempo, pero es incapaz de autoperpetuarse.
Las monstruosas purgas de la URSS son el mejor testimonio de que la sociedad
soviética rechaza orgánicamente la burocracia.
Es asombroso que Bruno R. vea en estas purgas la prueba de que la burocracia
soviética se ha convertido en clase dominante, pues, en su opinión,
sólo una clase dominante es capaz de medidas a tal
escala.
Olvida, sin embargo, que el zarismo, que no era de "clase", también realizó
grandes purgas, y precisamente cuando estaba cerca de su fin. Stalin testifica
mejor que nadie, con sus monstruosas purgas, síntoma inequívoco
de su agonía, la incapacidad de la burocracia para convertirse en
una clase estable. ¿No hubiésemos quedado en ridículo
si hubiésemos dicho que la oligarquía bonapartista era una
clase pocos anos, o incluso pocos meses, antes de su vergonzosa caída?
Con esta pregunta quisiéramos advertir a los camaradas entregados
a experimentos terminológicos, y generalizaciones apresuradas.
La orientación
hacia la Revolución Mundial
y la regeneración de la URSS
Un cuarto de siglo es muy poco tiempo para el rearme de la vanguardia proletaria
mundial, y demasiado para mantener intacto el sistema soviético
en un país aislado y atrasado. La Humanidad está pagando
esto con una nueva guerra imperialista; pero la misión fundamental
de nuestra época no ha cambiado, por la sencilla razón de
que no se ha realizado. La gran ventaja que tenemos ahora, y la gran promesa
para el futuro, es que un destacamento del proletariado nos ha mostrado
ya cómo llevar a la práctica esa misión.
La segunda guerra imperialista concede a esta tarea por cumplir un
rango histórico muy elevado. Pone de nuevo a prueba no sólo
la estabilidad de los regímenes existentes, sino la capacidad del
proletariado para reemplazarlos. Los resultados de esta prueba tendrán
una importancia decisiva a la hora de considerar la época moderna
como la época de la revolución proletaria. Si, contra todo
pronóstico, la Revolución de Octubre encuentra algún
continuador en los países desarrollados durante la guerra o tras
ella: o si, por el contrario, el proletariado es derrotado en todos los
frentes, tendremos que replantearnos nuestra concepción de la época
actual y sus fuerzas motoras. No se trataría sólo de un ejercicio
literario sobre la denominación de la URSS y de la banda de Stalin,
sino la revolución de la perspectiva histórica del mundo
en las próximas décadas, quizá en los próximos
siglos; ¿hemos entrado en la época de la revolución
social y la sociedad socialista o, por el contrario, en la de la decadencia
de la sociedad y el totalitarismo burocrático?
El doble error de simplistas como Urbahns y Bruno R. consiste, en primer
lugar, en considerar este último régimen (el totalitario)
definitivamente instalado; en segundo término, en creer necesario
un largo período de transición entre el capitalismo y el
socialismo. Ahora es absolutamente evidente que, si el proletariado internacional,
a pesar de la experiencia adquirida y de la guerra en curso, se muestra
incapaz de llegar a ser el director de la sociedad, nos encontraríamos
sin ninguna esperanza de que la revolución socialista llegase a
realizarse, porque no podemos esperar condiciones mejores; en cualquier
caso, nadie parece preverlas o ser capaz de especificarlas en el momento
actual. Los marxistas no tienen el menor derecho (a no ser que el cansancio
y la desilusión se consideren "derechos") a llegar a la conclusión
de que el proletariado ha agotado todo su potencial revolucionario y debe
renunciar a sus aspiraciones a conquistar la hegemonía en los próximos
años. Veinticinco años de historia, cuando se trata de profundos
cambios económicos y culturales, pasan menos que una hora en la
vida de un hombre. ¿Qué podemos pensar de un individuo que,
por contratiempos de un día o una hora, renuncia a metas que se
había propuesto en base al análisis de la experiencia de
toda su vida anterior? En los años de la peor reacción rusa
(1907-1917), nosotros nos apoyábamos en la idea de que el proletariado
ruso había mostrado sus posibilidades revolucionarias en 1905. La
IV Internacional no se denomina por casualidad "el partido mundial de,
la revolución socialista". Dirigimos nuestro rumbo hacia la revolución
mundial y, como consecuencia, hacia la regeneración de la URSS como
verdadero estado obrero.
La política
exterior es la continuación de la política interna
¿Qué defendemos de la URSS? No precisamente aquello en lo
que se parece a los países capitalistas, sino en lo que se diferencia.
En Alemania apoyamos la ofensiva contra la burocracia dominante, pero sólo
para destruir la propiedad capitalista. En la URSS, la destrucción
de la burocracia es indispensable para preservar la propiedad estatal.
Sólo en este sentido defendemos a la URSS.
Ninguno de nosotros duda de que los trabajadores soviéticos
deban defender la propiedad estatal no sólo contra el parasitismo
de la burocracia, sino también de todo tipo de tendencia hacia la
propiedad privada, por ejemplo, por parte de la aristocracia de los koljoses.
Pero, en definitiva, la política exterior es la continuación
de la política interna. Si en política interna consideramos
que la defensa de las conquistas de la Revolución de Octubre implica
una lucha a muerte contra la burocracia, debemos hacer lo mismo en política
exterior. Bruno R., tras asegurarnos que el "colectivismo burocrático"
ha triunfado en toda la línea, nos quiere hacer creer que nadie
va a atacar la propiedad estatal, porque Hitler (y hasta Chamberlain) están
tan interesados en mantenerla, sabe usted, como Stalin. Aunque nos duela,
las afirmaciones de Bruno son frívolas. Si Hitler gana la guerra,
empezará por devolver a los capitalistas alemanes todo lo expropiado;
luego hará lo mismo con los capitalistas ingleses, franceses o belgas,
a cambio de un acuerdo con ellos a expensas de la URSS; por último,
hará de Alemania el mayor cliente de las principales empresas estatales
de la URSS, de acuerdo con los intereses de la maquinaria bélica
alemana. Hoy Hitler es amigo y aliado de Stalin; pero en cuanto consiga
una victoria en el Frente Occidental con la ayuda de Stalin, volverá
sus armas contra la URSS. Y Chamberlain, en circunstancias similares, haría
lo mismo que Hitler.
La defensa
de la URSS y la lucha de clases
Los malentendidos en torno al asunto de la defensa de la URSS nacen frecuentemente
de una comprensión incorrecta de los métodos de "defensa".
Defensa de la URSS no significa aproximación a la burocracia del
Kremlin, aceptación de su política o de sus aliados. En este
tema, como en todos los demás, permanecemos totalmente dentro del
campo de la lucha de clases internacional.
En el periodiquito francés Que Faire se decía no hace
mucho que los "trotskistas" eran tan derrotistas con respecto a Francia
e Inglaterra como con respecto a la URSS. En otras palabras: si usted quiere
defender a la URSS, debe dejar de ser derrotista respecto a sus aliados
imperialistas. Que Faire calculaba que las "democracias" debían
de ser los aliados de la URSS. No sé qué dirán hoy
estos "listos". Pero es muy importante, porque significa que su método
está podrido. Renunciar al derrotismo respecto al campo imperialista
con el que la URSS debe aliarse más pronto o más tarde significa
empujar a los trabajadores del campo ene migo a ayudar a sus gobiernos:
significa renunciar al derrotismo en general. Renunciar al derrotismo bajo
las condiciones de una guerra imperialista que implica el rechazo de la
revolución socialista -el rechazo de la revolución en nombre
de "la defensa de la URSS"- sentenciaría a la URSS a la descomposición
final y a la tumba.
El Comintern interpreta la "defensa de la URSS", como ayer interpretaba
la "lucha contra el fascismo", en base a la renuncia a una política
de clase independiente. El proletariado se ha transformado -por diferentes
causas y bajo circunstancias diversas- en una fuerza auxiliar de un campo
burgués contra otro. En contradicción con este hecho, algunos
de nuestros camaradas dicen: como no queremos convertirnos en instrumento
de Stalin y sus aliados, renunciamos a la defensa de la URSS. Pero con
esto sólo demuestran que entienden "defensa" igual que lo hacen
los oportunistas: no piensan en términos de una política
independiente del proletariado. Como cuestión de principio, defendemos
la URSS como defendemos las colonias, como resolvemos todos nuestros asuntos,
no apoyando unos gobiernos imperialistas contra otros, sino por el método
de la lucha de clases internacional, tanto en las colonias como en las
metrópolis.
No somos un partido de gobierno: somos el partido de la oposición
irreconciliable no sólo en los países capitalistas, sino
también en la URSS. Realizaremos nuestras tareas, entre ellas "la
defensa de la URSS" no a través de los gobiernos burgueses ni del
Gobierno de la URSS, sino a través de la agitación y la educación
de las masas, explicando a los trabajadores lo que deben defender y lo
que deben destruir. Esta "defensa" no va a dar resultados milagrosos ni
inmediatos. Pero no pretendemos ser milagreros. Tal y como están
las cosas, somos una minoría revolucionaria. Nuestro trabajo debe
consistir en hacer ver las cosas correctamente a los trabajadores sobre
los que tenemos influencia, en enseñarles a no dejarse engañar,
y en preparar un sentimiento general de clase, para que en su día
sea capaz de enfrentarse revolucionariamente a la tarea que le corresponde.
La defensa de la URSS coincide, para nosotros, con la preparación
de la revolución mundial. Sólo podemos permitirnos métodos
que no están en conflicto con la revolución. La defensa de
la URSS se relaciona con la revolución socialista mundial como una
táctica a una estrategia. La táctica debe subordinarse siempre
al fin estratégico y en ningún caso pueden llegar a ser contradictorias
en el futuro.
La cuestión
de los territorios ocupados
Mientras escribo estas líneas, no está clara todavía
la cuestión de los territorios ocupados por el Ejército Rojo.
Las noticias son contradictorias; las actuales relaciones en esa zona son,
sin duda, muy inestables. Muchos de los territorios ocupados se convertirán
en parte de la URSS. ¿De qué manera? ¿Cómo?
Supongamos por un momento que, de acuerdo con el tratado firmado con
Hitler, el Gobierno de Moscú deja intacto el derecho de propiedad
en los territorios ocupados y se autolimita a "controlarlos" según
el modelo fascista. Esta concesión supondría un importante
paso atrás y podría tener un carácter decisivo en
la historia del régimen soviético; consecuentemente, sería
un nuevo punto de partida para reelaborar nuestra concepción del
Estado soviético.
Es más probable, sin embargo, que Moscú proceda a la
expropiación de los grandes terratenientes y a la estatificación
de los medios de producción en los territorios ocupados. Y es más
probable no porque la burocracia permanezca fiel al programa socialista,
sino porque no desea ni es capaz de compartir el poder con las viejas clases
dominantes de los territorios ocupados. Salta a la vista una analogía
histórica. El primer Bonaparte detuvo la revolución mediante
una dictadura militar. Sin embargo, cuando las tropas de Napoleón
entran en Polonia dicta un decreto aboliendo la servidumbre de la gleba.
Napoleón no tomó esta medida por simpatía a los campesinos
o por sentimientos democráticos, sino porque su dictadura se basaba
sobre las relaciones de propiedad burguesas, no sobre el feudalismo. Como
la dictadura stalinista se basa en la propiedad estatal y no en la privada,
el resultado de la invasión de Polonia por el Ejército Rojo
será la abolición de la propiedad capitalista, para poner
el régimen de los territorios ocupados de acuerdo con el régimen
de la URSS.
La medida, de carácter revolucionario -"la expropiación
de los expropiadores"- será llevada a cabo por métodos burocrático-militares.
La llamada a la actividad independiente de las masas en los nuevos territorios
-y sin esta llamada, aunque se oculte con gran cuidado, es imposible construir
un nuevo régimen- será sustituida por medidas políticas
de rutina destinadas a asegurar la preponderancia de la burocracia sobre
las desilusionadas masas revolucionarias. Esta es una cara del asunto.
Pero hay otra. Para conseguir la posibilidad de ocupar militarmente Polonia
mediante un acuerdo con Hitler, el Kremlin ha decepcionado una y otra vez
a las masas rusas y del mundo entero, y ha conseguido la total desorganización
de su propia Internacional Comunista. Nuestro criterio político
primordial no es el cambio de las relaciones de propiedad en tal o cual
área, por muy importante que sea, sino el cambio en la conciencia
y organización del proletariado mundial, el afianzamiento de su
capacidad para defender sus conquistas y proponerse otras nuevas. Desde
este punto de vista, los políticos de Moscú, en conjunto,
constituyen el principal obstáculo para la revolución mundial.
Nuestra concepción general del Kremlin y el Comintern no debe,
sin embargo, modificar nuestra idea de que el hecho particular de la modificación
de las relaciones de propiedad en los territorios ocupados es una medida
progresiva. Debemos reconocerlo abiertamente. Cuando Hitler vuelva sus
ejércitos hacia el Este para defender "la ley y el orden" en la
Polonia occidental, los trabajadores deberán defender contra Hitler
las nuevas formas de propiedad impuestas por la burocracia bonapartista
soviética.
¡No
cambiamos nuestro rumbo!
La estatificación de los medios de producción es una medida
progresista. Pero su progresismo es relativo: su peso depende de la suma
de toda una serie de factores. Por lo tanto, debemos dejar sentado desde
ahora que la extensión del territorio dominado por la burocracia
autocrática y parásita, acompañada de "medidas socialistas",
puede aumentar el prestigio del Kremlin, engendrar ilusiones sobre la posibilidad
de sustituir la revolución por medidas burocráticas, etc.
Esto contrapesaría con mucho el carácter progresivo de las
medidas stalinistas en Polonia. Ya que la nacionalización de la
propiedad en las zonas ocupadas, igual que en la URSS, provee las bases
para un desarrollo germinalmente progresista, es decir, socialista, se
hace más necesario destruir la burocracia de Moscú. Nuestro
programa sigue siendo, por tanto, totalmente válido. Los acontecimientos
no nos cogen desprevenidos. Sólo es preciso interpretarlos correctamente.
Es necesario comprender claramente que la contradicción más
profunda está en el carácter de la URSS y en su posición
internacional. Es imposible librarse de esta contradicción con artilugios
terminológicos (estado obrero no estado obrero). Tenemos que tomar
las cosas como son. Debemos construir nuestra política sobre la
base de las contradicciones y los hechos reales.
No creemos que el Kremlin tenga ninguna misión histórica.
Estábamos y estamos contra la apropiación de nuevos territorios
por el Kremlin. Estamos por la independencia de Ucrania Soviética
y, si los bielorrusos lo desean, por una Bielorrusia Soviética independiente.
Al mismo tiempo, en los sectores de Polonia ocupados por el Ejército
Rojo, los partidarios de la IV Internacional están jugando un papel
decisivo: expropiando a los terratenientes y a los capitalistas, repartiendo
la tierra entre los campesinos, creando soviets y comités obreros,
etc. Mientras tanto, deben perseverar en su independencia política,
luchar en las elecciones de los soviets y comités de fábrica
para que en el futuro sean independientes de la burocracia, hacer propaganda
revolucionaria contra la oligarquía del Kremlin y sus agentes locales.
Pero supongamos que Hitler dirige sus armas hacia el Este y ocupa los
territorios en que se encuentra ahora el Ejército Rojo. En esas
condiciones, los partidarios de la IV, sin cambiar para nada su actitud
hacia la oligarquía del Kremlin, serán los primeros en el
frente porque considerarán que la tarea más urgente del momento
es la resistencia frente a Hitler. Los trabajadores dirán: "No podemos
ceder a Hitler la destrucción de Stalin: esa es misión nuestra".
Durante la lucha armada contra Hitler, los trabajadores revolucionarios
tratarán de establecer una camaradería lo más estrecha
posible con los soldados del Ejército Rojo. Mientras luchan contra
Hitler con las armas en la mano, los bolcheviques-leninistas deben hacer
propaganda contra Stalin, preparando su derrota en la próxima, y
quizá muy cercana batalla.
Esta clase de "defensa de la URSS" es diferente, tan diferente como
el cielo de la tierra, de la defensa oficial, que se está haciendo
bajo el slogan: "¡Por la Patria! ¡Por Stalin! Nuestra defensa
de la URSS se lleva a cabo bajo el slogan: "¡Por el socialismo! ¡Por
la Revolución Mundial! ¡Contra Stalin!". Para no confundir
estos dos tipos de "defensa de la URSS" en la conciencia de las masas es
preciso elaborar slogans que corresponden a la situación concreta.
Pero, sobre todo, es preciso establecer claramente qué se está
defendiendo, cómo y contra quién lo estamos defendiendo.
Nuestros slogans crearán confusión entre las masas solo si
nosotros no tenemos claras nuestras tareas.
Por el momento, carecemos de razones para modificar nuestra posición
de principio con respecto a la URSS.
La guerra acelera los distintos procesos políticos. Puede acelerar
el proceso de regeneración revolucionaria de la URSS. Por eso es
preciso que sigamos cuidadosamente y sin prejuicios las modificaciones
que la guerra va introduciendo en la vida interna de la URSS y que seamos
conscientes de ellas en el momento en que se produzcan.
Nuestras tareas en los territorios ocupados son básicamente
las mismas que en la URSS: pero como se derivan de acontecimientos planteados
en forma muy aguda, nos permiten clarificar mejor nuestras tareas respecto
a la URSS.
Debemos formular nuestros slogans de forma que los trabajadores vean
claramente lo que estamos defendiendo de la URSS (propiedad estatal y economía
planificada) y contra quien dirigimos nuestra lucha sin cuartel (la burocracia
parasitaria y el Comintern). No debemos perder de vista ni por un momento
el hecho de que para nosotros la destrucción de la burocracia soviética
está subordinada a la preservación de la propiedad estatal
de los medios de producción en la URSS; pero que la cuestión
de preservar la propiedad estatal de los medios de producción en
la URSS está subordinada a la revolución proletaria mundial.
25 de septiembre de 1939.