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Mandel asegura que en la actual etapa el capitalismo y el imperialismo están logrando un importante avance en el desarrollo de las fuerzas productivas. Aunque no ligue explícitamente esta afirmación al resto de su pensamiento económico, ella es evidentemente la necesaria premisa de la cual partieron tanto él como Germain para llegar a la idea central: en la actualidad hay una tendencia al aumento absoluto de la riqueza que consumen las masas en el mundo entero; por eso su lucha ya no se dirige hacia la solución de una situación de miseria insoportable (bajos salarios, desocupación), sino contra quienes conducen las empresas y contra el carácter alienante de ese consumo masivo de las riquezas producidas.
Mandel insiste repetidas veces en que el fenómeno de la de-Pauperización relativa es, en efecto, el más típico del modo de producción capitalista. [287] Dicho de otra manera, en relación al aumento de la riqueza de la sociedad, la clase obrera es cada vez más pobre, pero en relación a su nivel de vida del pasado, está cada vez mejor. Su demostración de que esa era la posición de Marx es convincente. Pero Marx formuló su ley cuando el capitalismo estaba en pleno desarrollo y sus crisis se daban cada diez años y durante poco tiempo. Advertimos, entonces, que para Germain la nueva etapa capitalista no modifica aquella ley. Parece, por el contrario, que la refuerza.
En La teoría leninista de la organización, Mandel, por su parte, sostiene que una de las tres características fundamentales de esa teoría es la importancia presente de la revolución para los países subdesarrollados en la época imperialista. [288] Con lo cual nos aclara que está hablando de todos los países del mundo, incluso de los atrasados. Luego plantea que ... en la medida en que el neocapitalismo busca una nueva venia para prolongar su vida, al elevar el nivel de consumo de la clase obrera... [289]
En la medida en que encontramos que la barrera decisiva que hoy estorba a la clase obrera el poder adquirir una conciencia política de clase, reside en menor grado sobre la miseria de las masas y en la extrema pobreza de sus alrededores, y en mayor grado en la influencia constante del consumo y la mistifica-don de la pequeña burguesía y de la burguesía... [290]
Esta ley es elevada a su máxima potencia en los países adelantados: ... el capitalismo no está más definitivamente caracterizado por los bajos salarios, y tampoco por un gran número de obreros desocupados. [291]
La Gauche, que con tanta honestidad lleva habitualmente hasta sus últimas consecuencias las posiciones teóricas del compañero Germain, sacó las conclusiones obligadas de esta teoría: que el imperialismo tiene nuevas perspectivas, una aparente liberalización y una variante democrática para América La tina.
Esta posición de los germainistas es un ataque solapado a la concepción de Lenin y Trotsky acerca de las premisas objetivas de la revolución socialista en la etapa imperialista. Es decir, es una revisión total de nuestras tesis, que Germain tiene todo el derecho de sostener, pero para lo cual debería aclarar que cuestiona la base de sustentación de la fundación de la III y la IV Internacionales.
Para nuestros maestros, hay una serie de leyes del capitalismo en ascenso, en su etapa librecambista, que cambian con la imperialista, principalmente desde la primera guerra mundial. El primer y fundamental cambio es que para la humanidad, el capitalismo deja de ser progresivo y se transforma en degenerativo, bárbaro, en una traba absoluta para su desarrollo. Esta nueva ley general del régimen capitalista mantiene y acentúa su esencia explotadora y modifica todas sus demás características o leyes subordinadas. Por ejemplo, la ley de la miseria, que de relativa (las masas cada vez consumen más) se transforma en absoluta (cada vez consumen menos).
Para no abundar en citas, daremos tres que demuestran que éste era el criterio tanto de la III como de la IV Internacional: Los Partidos comunistas deben tener en cuenta no las capacidades de existencia y de competencia de la industria capitalista, no la fuerza de resistencia de las finanzas capitalistas, sino el aumento de la miseria que el proletariado no puede y no debe soportar. [292]
Las crisis de coyuntura, en las condiciones de la crisis social de todo el sistema capitalista, infligen a las masas privaciones y sufrimientos siempre mayores. [293]
La contradicción fundamental se da entre las fuerzas productivas del capitalismo y el nivel de consumo de las masas. [294]
Refiriéndose a que podía haber un mejoramiento en la economía norteamericana, Trotsky dice:
Ello no es en absoluto contradictorio con nuestro análisis general de un capitalismo decadente, enfermo, que produce cada vez mayor miseria. [295]
Se suman nuevas declaraciones y escritos de Trotsky que se transforman así en una verdadera campaña:
El capitalismo sólo puede continuar manteniéndose si disminuye el nivel de vida de la clase obrera. [296]
El agonizante capitalismo está en quiebra. Y la clase domi-nante sólo tiene un plan para salir de esta bancarrota histórica: ¡aun más miseria para las masas laboriosas! ¡Supresión de todas las reformas, aun las más insignificantes! ¡Supresión del régimen democrático! [297]
Y la realidad actual no hace más que darle toda la razón: el anuario de la FAO de 1971 nos informa que el 60% de la humanidad no llega a las 2. 200 calorías (es decir, sufre de hambre] crónica, ya que se necesitan 2. 700 como mínimo); y el 13% consume entre 2. 200 y 2. 700, o sea que está en estado prefamélico. Con relación a las proteínas, el elemento más importan-te en la alimentación, según Josué de Castro, el panorama es más desolador aún. Si exceptuamos Estados Unidos, Reino Unido, Oceanía, Argentina, Uruguay, Canadá, Alemania, Suecia, Suiza, Noruega, Dinamarca, Francia, Bélgica, Países Bajos, Austria y Finlandia, todo el resto del mundo capitalista, (es decir, las dos terceras partes en población) está por debajo de los 25 gramos diarios de proteínas por habitante, o sea muy por debajo de los 40 gramos que se necesitan como mínimo para un desarrollo normal de la vida. Este panorama se ensombrece más todavía si tenemos en cuenta que la India, Indonesia y Pakistán están por debajo de los 7 gramos, vale decir seis veces me-nos de lo que se necesita para vivir.
Esta situación calamitosa no tiende a mejorar; las cifras indican lo contrario, y también demuestran que Trotsky y Lenin tenían razón. La FAO informa que el consumo de calorías en las regiones atrasadas del mundo Asia, África y América Latina (1.800 millones de habitantes exceptuando China) fue de 2.130 en la preguerra, 1.960 en la postguerra y 2.150 en el año 1960. Con respecto a las proteínas, las cifras son de 10, 8 y 9. En este último caso queda claro que hubo una baja absoluta en relación a la preguerra. En cuanto a las calorías, aunque las cifras parecen indicar lo contrario, la propia FAO reconoce que al aumentar fabulosamente el índice de crecimiento vegetativo se requieren muchas más calorías, ya que los niños necesitan muchas más que los adultos. Este promedio no se ha hecho, pero daría evidentemente como resultado, que cada vez se consumen muchas menos calorías y proteínas que las que la humanidad necesita.
Sólo nos falta agregar que, entre 1960 y 1970, aparentemente la situación ha ido empeorando, según lo indican las estadísticas de producción, muy difíciles de evaluar. Por ejemplo, en la India la producción de alimentos en relación a los habitantes ha bajado un 3°/o, y en Indonesia un 2°/o, entre los quinquenios 1961/5 y 1966/70. Hay cifras parecidas para casi todos los países atrasados del mundo. Pero esta situación no es exclusiva de los países atrasados.
Debemos reconocer que en los adelantados hubo un aumento del nivel de vida de las masas trabajadoras en los últimos quince años que parte del boom económico de la postguerra. Pero al poco tiempo dé que Mandel escribiera las páginas que citamos, la ley de la miseria absoluta empezó a manifestarse también en estos países. Ya el propio Mandel se vio obligado a reconocer, en 1969, que debe insistirse en que las consecuencias de estas tendencias inflacionarias, combinadas con la guerra de Vietnam, dieron por resultado que, por primera vez en casi tres décadas, se detuviera el crecimiento del ingreso real dispo-nible de la clase obrera norteamericana. Y La Liga Comunista hizo una pintura del mundo capitalista, diametralmente opuesta a la risueña pintura mandeliana, en la que está incluido Estados Unidos.
Este mundo donde se masacra a los hambrientos y a los explotados para salvarlos del comunismo. La rica Norteamérica, que tiene sus 50 millones de pobres en los ghettos, en ba-rrios insalubres este país donde el 1, 6% de la población tiene el 80°/o del capital en acciones, y donde las rentas de la fortuna, es decir las primas a la holgazanería, representan la cuarta parte de la renta nacional este país moderno, en donde la degradación de las condiciones de vida y de trabajo ha hecho regresar, en 10 años, del 10° al 24° lugar en higiene y salud pública. Este país apacible, donde cada año 2 millones de trabajadores son muertos o heridos por los accidentes de trabajo, debido a la aceleración infernal de las cadencias. Este gran país avanzado, con 6 millones de desocupados, en el que el aumento del número de los sin trabajo supera, algunos meses, los 200. 000, donde el 47°/o de los obreros son bachilleres, donde centenas de millares de diplomados no encuentran en ninguna parte dónde emplear sus capacidades. [298]
Por más que Mandel diga que el capitalismo se caracteriza esencialmente por la influencia constante del consumo en relación a las masas del mundo entero, hay que reconocer que las cifras dicen exactamente lo contrario. En el mundo capitalista hay cada vez más hambre y desocupación.
Como para Mandel todos estos datos no tienen mayor valor, él mantiene su teoría de la pauperización relativa como base para minimizar la lucha contra la miseria y la desocupación. Así deja en el aire, sin apoyo concreto, la tarea fundamental de luchar contra la dirección capitalista de las empresas y por el control obrero. Porque justamente esa lucha tiene su razón de ser en la miseria y la desocupación que provoca la conducción capitalista de las empresas. Ni nosotros, ni mucho menos clase obrera, cuestionamos la dirección de las empresas en sí, sino por sus ataques al nivel de vida y ocupación de los trabaja-dores. Por otro lado, los clásicos del marxismo sostenían que, al tiempo que anarquizaban en forma total el conjunto de la producción, los capitalistas eran el sumum de la eficiencia dentro de cada una de sus fábricas. Quizás esta situación ha variado, como lo sostiene Guerin, pero igualmente dudamos de que el grueso de los trabajadores se preocupen por la mayor o menor eficiencia del capitalismo en la dirección de las empresas. Esto puede preocupar, a lo sumo, a los sectores técnicos asalariados y a parte de los operarios altamente especializados. Pero veamos lo que dice Mandel:
El capitalismo no está más definitivamente caracterizado por los bajos salarios y tampoco por un gran número de obreros desocupados. Está caracterizado por el hecho de que este capital, estos capitalistas, dirigen hombres y máquinas. [299]
Por eso, mientras que el capitalismo clásico educaba al obrero para que luchara por mayores salarios y menos horas de trabajo en su fábrica, el neocapitalismo lo educa para desafiar la división del ingreso nacional y la orientación de la inversión al nivel superior de la economía en su conjunto. [300]
Y: Las cuestiones de salarios y menos horas de trabajo son importantes; pero lo que es mucho más importante que los problemas de la distribución del ingreso es decidir quién debe comandar las máquinas y quién debe determinar la inversión, quién debe decidir qué producir y cómo producirlo. [301]
Traducido al lenguaje de nuestra militancia de todos los días, esto quiere decir que la lucha contra la miseria creciente y la desocupación que, por otro lado, según Mandel no existen es de secundaria importancia. Mucho más importante es cuestionar a la dirección capitalista en sí, como dirección (y además, como dice en otra parte, cuestionar el carácter alienante del consumo).
En la primera preguerra hubo un ascenso nunca visto del nivel de vida de las masas trabajadoras. Pero a ningún marxista de la época (y entre ellos estaban Lenin y Trotsky) se le ocurrió pensar que ese fenómeno cambiaba todas las leyes de la lucha de clases. Ellos siguieron pensando que las masas se iban a movilizar a partir de las necesidades inmediatas que les creaba el sistema capitalista. Y las masas respondieron a esas expectativas o, al menos, no se movilizaron cuestionando si la dirección de las empresas era o no eficiente, o si el mayor consumo que les permitía su alto nivel de vida tenía características alienantes. Claro que todo esto pudo haber ocurrido porque ni las masas ni los marxistas tuvieron un Germain que les señalara el camino correcto.
Hablando en serio, no debemos buscar lejos en nuestro arsenal teórico para encontrar la réplica a esta orientación mandeliana. Veamos el Programa de Transición. ¿Es casual que la primer consigna que plantea sea la escala móvil de salarios y escala móvil de horas de trabajo? De ninguna manera; en la fundamentación de esta consigna, nuestro programa dice:
En las condiciones del capitalismo en descomposición, las masas continúan viviendo la triste vida de los oprimidos, y ahora más que nunca, amenazadas por el peligro de ser arrojadas a un abismo de miseria. Están obligadas a defender su pedazo de pan, ya que no pueden aumentarlo ni mejorarlo. No es necesario ni posible enumerar las diversas reivindicaciones parciales que surgen a cada momento de circunstancias concretas, nacionales, locales y sindicales. Pero dos calamidades económicos fundamentales... a saber: la desocupación y la carestía de la vida, exigen consignas y métodos de lucha generalizados. [302]
Pero salgamos nuevamente del terreno de las citas y echemos una ojeada a los hechos. ¿Las masas trabajadoras del mundo se han movilizado cuestionando la conducción capitalista de las empresas y el carácter alienante del consumo? Nuestra experiencia argentina y latinoamericana nos indica que no. Más aun, nos muestra que incluso las grandes movilizaciones y semi-insurrecciones urbanas que se transforman en luchas políticas abiertas, por tareas democráticas, o nacieron como tales (ocupaciones en Uruguay después del golpe de estado, movilizaciones en Chile para enfrentar a la derecha), o bien se desarrollaron a partir de cuestiones que nada tenían que ver con los planteos mandelistas y mucho con nuestro Programa de Transición. Así ocurrió en el Cordobazo, que se originó por el sábado inglés; en la rebelión de Mendoza, detonada por los aumentos de la luz; en las grandes huelgas docentes por salarios, que conmovieron a Colombia y a Perú; en la huelga, también por salarios, de los obreros petroleros venezolanos; y en innumerables luchas a lo largo de todo el continente.
En los países adelantados, no le va mejor a esta tesis del compañero Mandel. Parece que ha habido alguna que otra lucha cuestionando a la dirección de las empresas. No estamos seguros por falta de información, de que no tuvieran como objetivo disminuir los ritmos de explotación, o enfrentar sanciones disciplinarias.
Pero veamos las movilizaciones obreras más importantes de este año 1973. En Bélgica los portuarios pelearon por el convenio, los obreros de Cockerill por aumentos, los de la Fábrica Nacional por aumentos, los de AKZO por la defensa de la fuente de trabajo, (incluyendo las plantas de Alemania y Holanda), los de General Motors por aumentos, aguinaldo y reducción de la jornada de trabajo. En Francia lucharon los trabajadores de LIP en defensa de la fuente de trabajo, de Peugeot por aumentos y aguinaldo, de Seguridad Social por aumentos, de Renault por las categorías, de Citroen por categorías. En Inglaterra los camioneros se movilizaron contra la desocupación. En Italia, los trabajadores de Alfa-Romeo pelearon por el convenio, etcétera.
¿Hace falta agregar más? Diga lo que diga Mandel, las masas trabajadoras se movilizan por los problemas objetivos que les crea el régimen capitalista: bajos salarios y desocupación, miseria creciente. Si aún no lo cree nos permitimos sugerirle que vaya a la puerta de una fábrica a plantear a los trabajadores que están equivocados, porque esa miseria y esa desocupación no existen en este mundo neoimperialista. Que les diga a los obreros que hay que luchar contra la conducción, pero no porque le paga bajos salarios, sino porque es la culpable de la alienación del consumo.
Los únicos que lo seguirán, si trabajan como obreros en esa fábrica, son Erich Fromm y Marcuse, pero dudamos mucho de que el resto de los trabajadores lo escuchen.
¿Cómo llega Mandel a la formulación de estas dos tesis, que en el fondo no son más que una; a saber, que bajo el imperialismo crece en forma absoluta la riqueza de las masas y, por lo tan-to, no debe ser la miseria creciente el punto de partida de nuestra política hacia ellas? Lo que le ocurre a Mandel es que no ha sabido comprender el desarrollo desigual y combinado de la ley de la miseria absoluta bajo el imperialismo. Principalmente se ha confundido con la observación de la particular manifestación de esta ley en los países imperialistas durante esta postguerra.
Nosotros creemos que la economía europea y norteamericana han podido tener este esplendor durante veinticinco años por la combinación de tres razones fundamentales. La primera es la impresionante destrucción de las fuerzas productivas (máquinas y hombres) que significó la Segunda Guerra Mundial; la segunda es la traición del stalinismo, que permitió la subsistencia y recuperación del capitalismo en Europa Occidental; la tercera es la explotación de los pueblos coloniales.
Durante estos veinticinco años el imperialismo en descomposición ha montado una economía capitalista de estado para la contrarrevolución mundial. No existe otra definición económica marxista seria para la etapa que hemos vivido desde la postguerra. Esta economía contrarrevolucionaria, basada en la producción de armamentos para aplastar la revolución, combinada con los tres factores que señalamos antes, permitió el desarrollo de las tendencias que ha subrayado Mandel-Germain: desarrollo tecnológico como parte de la tercera revolución industrial, empobrecimiento relativo de los trabajadores occidentales (mayor consumo).
Pero estas dos tendencias chocaban con todas las otras que surgen de la esencia misma de la etapa imperialista, que son las señaladas por Trotsky y Lenin. Sin embargo, subsistieron du-rante veinticinco años por los tres factores que ya vimos, y por la enorme riqueza (intelectual y material) acumulada por el mundo capitalista durante varios siglos de dominio.
Actualmente esta lucha entre las tendencias opuestas, que se sintetizan en el consumo mayor de las masas occidentales y en el menor de las colonias, está llegando a su fin, como consecuencia de la economía contrarrevolucionaria y el agotamiento de las reservas y la capacidad de maniobra económica del imperialismo. Comienza la etapa de empobrecimiento absoluto, de las masas occidentales. Los síntomas de este empobrecimiento absoluto ya existían desde hace muchos años (salubridad, vivienda, salud, accidentes, etc.), pero ahora cristalizan cambiando la etapa de la lucha de clases en los países imperialistas.
El compañero Mandel no comprendió estas condiciones particulares que describimos, y que provocaron que la ley de la miseria creciente se manifestara en los países atrasados en forma absoluta y en los adelantados en forma relativa. Tampoco pudo entonces comprender que, tomado como fenómeno de conjunto, la ley seguía siendo la que señalaron Lenin y Trotsky. Mandel razonó en forma opuesta: de la refracción particular y temporaria de la ley en Europa y Estados Unidos, sacó una nueva ley general para todo el mundo y para siempre; para todo el futuro del capitalismo. Una ley que embellecía al capitalismo imperialista, hasta le cambiaba el nombre; por el de neocapitalismo o neoimperialismo, y según la cual el consumo de las masas aumentaba, haciendo de su miseria algo relativo.
Al formular su nueva ley revisionista, el compañero Mandel nos dejaba sin explicación objetiva para las revoluciones triunfantes que se dieron en los países coloniales y semi-coloniales en esta postguerra. Porque, como muy bien señala la compañera Chen Pi-Lan, en su trabajo The real lesson of China on Guerrilla Warfare, la explicación última de la revolución china tiene que ver con la situación objetiva de los imperialismos. Es justamente la ley de la miseria creciente absoluta la que explica la derrota de Chiang y el triunfo de Mao, a pesar de la podrida política stalinista, menchevique, de este último. Sin esa ley, tampoco se entiende el vaticinio de Trotsky sobre la posibilidad de gobiernos obreros y campesinos provocados por una crisis sin salida de algunos regímenes burgueses.
Pero las consecuencias de este revisionismo descarado del trotskismo no se reducen a los países atrasados. Con esta ley de la miseria relativa, el compañero Mandel nos desarma para entender lo que está pasando hoy, en forma incipiente, en Europa y Estados Unidos. Y lo que es mucho más grave, nos desarma para darnos una correcta línea de trabajo sobre las masas en el futuro, cuando estallen más y más movilizaciones masivas por los problemas objetivos que le crea el sistema capitalista imperialista a la clase trabajadora.
Si en esta nueva etapa que ya se ha iniciado no sabemos ver la realidad y seguimos charlando sobre cuestiones subjetivas tales como la conducción de las empresas y la alienación del consumo, estaremos cavando la fosa de la IV Internacional.
Al comenzar este capítulo dijimos que era necesaria una premisa a partir de la cual desarrollar todo este revisionismo de las concepciones trotskistas: la de que estamos viviendo una etapa de desarrollo de las fuerzas productivas bajo el imperialismo. Y Mandel es, efectivamente, un defensor incansable de dicha premisa, aunque no la toma como tal, dado que no la liga a sus inevitables consecuencias económicas y políticas que también plantea y defiende.
También en este terreno, la concepción mandelista es una revisión del trotskismo y el leninismo. Para no abundar en citas, recordaremos solamente estas frases de nuestro Programa de Transición:
Las fuerzas productivas de la humanidad han cesado de crecer. Los nuevos inventos y progresos técnicos no conducen a un acrecentamiento de la riqueza material.
Esto no significa desconocer que existe una tercera revolución industrial. Mandel tiene el mérito intelectual de haber sido uno de los mejores expositores de la existencia e influencia de la tercera revolución industrial. Pero ha parcializado este hecho para cambiar las leyes básicas de la actual etapa, sin comprender sus contradicciones; no ha captado lo que en verdad ha significado y significa el desarrollo de las fuerzas productivas.
Las fuerzas productivas, tomadas en su conjunto, están formadas por tres elementos: los medios de trabajo (cuya fuente esencial es la naturaleza), las herramientas y la técnica, y el hombre. Para Marx, el factor más importante es el hombre; por eso lo calificó de principal fuerza productiva. Podríamos decir que la naturaleza y el hombre son dos polos esenciales del desarrollo de las fuerzas productivas, y la técnica y las herramientas el medio relacionante entre ambos.
El capitalismo, en su época de ascenso, provocó un colosal progreso de las fuerzas productivas, justamente porque significó un enriquecimiento total de ellas: mayor dominio de la naturaleza, enorme desarrollo de las máquinas y las técnicas, mayor consumo y enriquecimiento general del hombre y de la sociedad. El imperialismo ha provocado una contradicción aguda dentro del sistema de las fuerzas productivas: destrucción sistemática de la naturaleza y del hombre, en contraposición a. la tercera revolución industrial. El problema ecológico (que tanto preocupa a los científicos que ven la destrucción de la naturaleza), por un lado, el hambre crónica y las guerras por otro, llevan a una destrucción sistemática, tanto de la naturaleza como del hombre.
Esto que Mandel no toma en cuenta es el origen teórico de todo su revisionismo. Pero la razón metodológica es la misma que descubrimos en el capítulo anterior como explicación de sus vaticinios sistemáticamente equivocados. Al darle tanto énfasis al aumento del consumo de las masas occidentales y a la tercera revolución industrial, sin señalar sus aspectos más negativos ni su dinámica, no hace más que trasladar a nuestro movimiento la concepción y la terminología de los teóricos del capitalismo en la actual etapa, los teóricos de la sociedad de consumo. Ellos son los que hablan, al igual que Mandel, de neocapitalismo y de neoimperialismo.
Es verdad que Mandel combate esas tendencias teóricas en nombre de la revolución socialista y de nuestro movimiento, pero lo hace aceptando sus premisas teóricas, que trata de volver en su contra. Los teóricos del capitalismo dicen: Las fuerzas productivas siguen su marcha, las masas consumen más que antes, por lo tanto no habrá revolución. Mandel dice: Las fuerzas productivas siguen su marcha, las masas consumen más que antes; hagamos la revolución centrando nuestra acción en los problemas subjetivos que crea el capitalismo. Nosotros decimos: Las fuerzas productivas no se desarrollan más, las masas están o se dirigen hacia una miseria total y absoluta, ¡ahí están las bases objetivas para hacer la revolución!.
En la Fenomenología del Espíritu, su primer libro importante, el viejo Hegel construía el mundo a través del desarrollo de la conciencia. No era el desarrollo del mundo el que originaba las distintas etapas de la conciencia, sino al revés: éstas originaban al mundo. El compañero Germain nos hace una interpretación parecida de nuestro programa de transición. Para él, nuestras consignas no surgen de las más profundas necesidades de las masas, no se clasifican de acuerdo al tipo de necesidades del movimiento de masas que solucionan, ni se utilizan de acuerdo a la movilización objetiva que provocan. Según Germain, las consignas se definen y se utilizan con base en si elevan o no el nivel de conciencia de las masas.
En otras palabras: la función del programa de transición no está limitada a enarbolar demandas relacionadas al presente nivel de conciencia de las masas, sino que tiende a cambiar ese nivel de conciencia en función de las necesidades objetivas de la lucha de clases. Esa es la diferencia clave entre las demandas de transición por un lado, y las demandas democráticas e inmediatas por el otro (las que, naturalmente, no deben ser descuidadas u olvidadas por un partido revolucionario). [303]
Siguiendo con el tema, Germain dice:
Lo que es transicional respecto a las demandas de transición es precisamente el movimiento de un nivel dado de conciencia hacia otro más elevado, y no una simple adaptación al nivel dado. [304]
Resumiendo, según el compañero Germain, lo que caracteriza a las consignas de transición es que elevan el nivel de conciencia de las masas. Y esa característica es la que las diferencia de las consignas democráticas y mínimas (él dice inmediatas).
¿Cómo llega Germain a esta interpretación? Recordemos que, como vimos antes, según Germain el imperialismo no trae cada vez más miseria, peores salarios y más desocupación a las masas trabajadoras, e incluso tiende a liberalizarse. Por lo tanto, no le crea a las masas causas objetivas o, más simplemente, necesidades materiales o de tipo democrático por las cuales movilizarse. Para un marxista, esta situación (si fuera verdadera) significaría el fin de las posibilidades de movilización revolucionaria de las masas. Pero, como Germain quiere seguir siendo un revolucionario, aun a costa de dejar de ser marxista, tiene que buscar otro tipo de motivos para hacer la revolución. Y así descubre las causas subjetivas, o sea algo así como los conflictos psicológicos que producirían en el trabajador la ineficiencia de la conducción capitalista de las empresas y el carácter alienante del consumo. Evidentemente, estas cuestiones son problemas de conciencia.
Esta concepción de Germain lo lleva a su peculiar interpretación del programa de transición. Porque lo que Germain necesita es, justamente, un programa que gire alrededor de las diferentes conciencias. Pero, desgraciadamente, se encuentra con que el programa trotskista tiene que ver con las necesidades de las masas, parte de esas necesidades y del nivel presente del movimiento de masas, con el objetivo de lograr, desde allí, su movilización revolucionaria.
Como Germain también quiere seguir siendo trotskista, no tiene más remedio que hacer el más absoluto revisionismo de nuestro programa. Y así hace su interpretación fenomenológica de él: hace nacer, clasifica y propone que se utilicen, las consignas según el nivel de conciencia, y no según las necesidades objetivas del movimiento de masas, ni la movilización objetiva que provocan.
Esta interpretación germainista de las consignas y del programa, nos empantana en contradicciones insolubles. (Este no es casual, porque el revisionismo se caracteriza por deformar una teoría, sin animarse a romper con ella y, al quedar a mitad de camino, se debate en una multitud de contradicciones e incoherencias). Veamos algunos ejemplos:
Germain nos dice que las consignas de transición son las que elevan el nivel de conciencia, pero una de las consignas fundamentales que llevó a los bolcheviques al poder fue la consigna democrática de nacionalización y reparto de las tierras. Si esta consigna era democrática, ¿no cambió el nivel de conciencia? Si cambió el nivel de conciencia, ¿no era democrática?
Sigamos. Trotsky planteaba la necesidad de bregar por la formación de un partido laborista en Norteamérica. Evidentemente, si se lograba que los obreros yanquis rompieran con un partido burgués como el demócrata, esto significaba un cambio en su nivel de conciencia. Según Germain, partido laborista sería una consigna de transición, pero Trotsky se encargó de aclarar que era una consigna democrática, no transicional.
Para salir de esta confusión, tenemos que aclarar qué criterio seguimos para definir las consignas que se combinan con nuestro programa de transición.
En contra de Germain, que define las consignas con base en el nivel de conciencia, el trotskismo las define por el papel que han cumplido y cumplen en el desarrollo del movimiento de masas. La movilización de las masas siempre ha tenido un objetivo concreto: solucionar alguna necesidad provocada por la sociedad. Esa movilización permanente de las masas, enfrentándose en cada época con nuevas necesidades surgidas de la sociedad de clases, es la que da nacimiento a más y más consignas, que van alternándose en la primera línea de la movilización, y combinándose entre ellas.
Esto no es nada complicado. Una consigna es una frase escrita o dicha, que expresa la necesidad por la cual se movilizan las masas en un determinado momento. Los trabajadores sufren hambre: la consigna es ¡aumento de salarios!; sólo una minoría calificada puede actuar en política: la consigna es ¡voto universal!; Kerensky es incapaz de solucionar los problemas de la paz, el pan y la tierra: la consigna es ¡todo el poder a los soviets!
Cada época histórica le planteó al movimiento de masas necesidades nuevas que fueron encaradas con nuevas consignas: vale decir, luchando por nuevas soluciones a los nuevos problemas. Por eso, en contra de la definición fenomenológica, por niveles de conciencia, que hace Germain, el trotskismo clasifica las consignas según las necesidades del movimiento de masas a las cuales respondían. Nuestra clasificación de las consignas es, por lo tanto, objetiva e histórica.
Las consignas democráticas son aquéllas que el pueblo logró durante la época de las revoluciones democrático burguesas: elecciones, voto universal, formación y derecho al idioma nacional, escuela para todos, libertad de prensa, reunión y asociación, formación de los partidos políticos y, fundamentalmente, independencia nacional y revolución agraria.
A esta época histórica le siguió el comienzo de la época imperialista, donde la clase obrera comenzó, a partir de 1890, a organizar los sindicatos y los partidos obreros, y conquistó las ocho horas, la legalidad de sus organizaciones, la limitación del trabajo nocturno y otras demandas parciales. Estas son, justamente, las demandas mínimas o parciales. Así las define Trotsky, cuando dice:
... la lucha por las reivindicaciones inmediatas tiene como tarea mejorar la situación de los obreros. [305]
Luego vino la época que actualmente vivimos, la de la revolución socialista, la de transición del capitalismo al socialismo. Durante esta etapa transicional, la clase obrera en el poder impondrá un conjunto de medidas para garantizar el nivel de vida y de trabajo de la clase obrera y los sectores explotados: escala móvil de salarios y horas de trabajo, control obrero de la producción, nacionalización total de la industria, el comercio exterior y los bancos, planificación de la economía, etcétera. Son demandas superiores al capitalismo, son ya demandas socialistas. Así lo plantea Trotsky:
Pienso que, al comienzo, esta consigna (escala móvil de salarios y horas de trabajo) será asumida. ¿Qué es esta consigna? En realidad, es el sistema de trabajo en la sociedad socialista El número total de obreros dividido por el número total de horas de trabajo. Pero si presentamos todo el sistema socialista aparecerá como utópico al americano medio, como algo que viene de Europa. Nosotros lo presentamos como una solución a la crisis que debe asegurar su derecho a comer, a beber y a vivir en pisos decentes. Es el programa del socialismo, pero en forma muy popular y sencilla. [306]
Resumiendo, podemos decir que nuestro programa abarca, tradicionalmente, tres tipos de consignas: las democráticas (arrancadas por y para todo el pueblo en la época de ascenso del capitalismo), las mínimas o parciales (arrancadas por y para la clase obrera en los comienzos de la época imperialista) y las transicionales (que responden a las nuevas necesidades del movimiento de masas en esta etapa de decadencia imperialista y transición al socialismo).
En 1958, nuestro partido formuló en Leeds, la tesis de que hay un cuarto lote de consignas, que son también parte esencial del programa de transición: las consignas internas a las organizaciones obreras. Estas consignas también tienen un origen histórico objetivo: son una consecuencia distorsionada de la decadencia imperialista, que se manifestó dentro del movimiento obrero organizado y dentro del primer estado obrero como degeneración burocrática, y le creó a la clase obrera la necesidad de luchar contra esa degeneración.
La lucha de las masas contra la casta burocrática es una lu-cha interior al movimiento obrero y de masas; no tiene que ver con la estructura del régimen capitalista e imperialista, sino con la estructura organizativa del movimiento obrero. Las consignas para esta lucha pueden ser englobadas en forma sumaria bajo el término genérico de revolución política, ya que la expresión más notable de ese lote de consignas son las de la revolución política en la URSS. ¡Fuera la burocracia de las organizaciones del movimiento de masas y de los soviets!, ¡Abajo la camarilla bonapartista!, ¡Viva la democracia soviética! Son algunas de las consignas de la revolución política. Y no se expresan solamente en la URSS y los estados obreros deformados, sino también en los estados capitalistas, como una refracción particular de esa degeneración en los organismos del movimiento obrero del mundo capitalista y de la necesidad de combatirla a través de consignas generales y específicas.
Con esta clasificación de las consignas en democráticas, mínimas o parciales, transicionales y de la revolución política, hemos desenmarañado la confusión creada por el compañero Germain con su clasificación fenomenológica según niveles de conciencia. Ahora debemos sumergirnos en otra maraña: la de las consignas inmediatas y mediatas.
Germain y otros compañeros ponen un signo igual entre consignas mínimas o parciales y consignas inmediatas. Pero ¿qué quiere decir inmediato? Inmediato quiere decir actual, presente: su opuesto es lo mediato, lo que no está planteado en el presente, sino en un futuro indeterminado. Vale decir que consignas inmediatas serían aquellas que el partido puede levantar ya mismo para la movilización de las masas, y mediatas serían las que sólo se podrán levantar en otra etapa histórica futura, más avanzada, del movimiento de masas.
Asimilar las consignas mínimas a las inmediatas es una mala interpretación de algunas citas de Trotsky sacadas fuera de contexto. Por ejemplo cuando Trotsky dice la lucha por las demandas inmediatas tiene como tarea aliviar la situación de los trabajadores, se está refiriendo, para criticarlo, al programa in mediato del stalinismo francés en ese momento. Por eso, no hay contradicción con lo que planteó unos renglones más arriba:
... la más inmediata de todas las reivindicaciones debe ser reivindicar la expropiación de los capitalistas y la nacionalización (socialización) de los medios de producción. [307]
Trotsky sólo habla de consignas inmediatas en el mismo sentido que mínimas cuando se está refiriendo a los programas de la burocracia stalinista o del socialismo. Normalmente, utiliza la clasificación que antes expusimos:
En la medida en que las viejas reivindicaciones parciales, mínimas, de las masas entran en conflicto con la tendencias destructivas y degradantes del capitalismo decadente y eso ocurre a cada paso, la IV Internacional auspicia un sistema de reivindicaciones transitorias, cuya esencia es la de dirigirse cada vez más abierta y resueltamente contra las bases mismas del régimen burgués. [308]
Leyendo atentamente (y con buena fe) a Trotsky no quedan dudas al respecto. Sin embargo, el compañero Germain insiste en que, por un lado están las consignas transicionales y por otro lado están las democráticas e inmediatas. Y en el compañero Germain esta no es una simple confusión en la lectura de Trotsky, es un resultado de su interpretación fenomenológica del programa de transición. Como para él las consignas se dividen entre las que elevan el nivel de, conciencia y las que no lo elevan, todas las consignas del pasado (las democráticas y las mínimas o parciales) no elevan el nivel de conciencia, porque ya se incorporaron a la conciencia de las masas cuando lucharon por ellas en el pasado. Según Germain, hablarle a un obrero de la jornada de ocho horas, de los sindicatos, de las libertades democráticas, no eleva su nivel de conciencia, porque eso ya lo sabe todo el mundo.
En cambio, las consignas transicionales, que hablan de un futuro socialista que la clase obrera aún no está viviendo, que no conoce, sí elevan el nivel de conciencia. Por lo tanto, para la concepción intelectual y profesoral que Germain tiene de la lucha de clases, las consignas mínimas son inmediatas, porque no hay necesidad de explicarlas, porque ya son conocidas. Y las que todavía no son conocidas, las del socialismo, las que hay que explicar a los trabajadores para que las tomen y luchen por ellas, no son inmediatas, son transicionales.
Según Germain, si no tenemos que perder tiempo explicando (elevando él nivel de conciencia), la consigna es inmediata. Si tenemos que explicarla (elevar el nivel de conciencia), es transicional. Una vez más, las necesidades concretas del movimiento de masas no tienen nada que ver con estas definiciones.
Si el compañero Germain hubiera actuado como un marxista (y no como un fenomenólogo), en vez de crear tanta confusión habría ido a buscar el origen de esta clasificación de consignas en la historia del movimiento de masas. Y allí habría encontrado que el propio desarrollo del movimiento de masas es el que ha liquidado esa división.
Durante la época de la socialdemocracia, las consignas directamente socialistas no estaban planteadas por la realidad objetiva, porque el capitalismo no había entrado en decadencia y descomposición. Por eso había dos programas, el mínimo, el parcial, y el máximo, el socialista. El primero era el programa de las luchas presentes, actuales, inmediatas; el segundo era el programa para un futuro distante. En ese sentido (y así lo emplea Trotsky), durante esa época se podía hablar de consignas inmediatas, que el partido se planteaba lograr y que consistían básicamente en demandas democráticas y mínimas y de consignas para el futuro, mediatas, que no estaban planteadas en el presente las consignas del socialismo.
Pero justamente el programa de transición nace por que las consignas socialistas, fundamentalmente la toma revolucionaria del poder por el proletariado, pasan a ser las consignas más urgentes e inmediatas cuando el capitalismo entra en descomposición, en su etapa imperialista. Esto provoca que se torne inmediato el viejo programa máximo, sin que pierdan actualidad las viejas consignas democráticas y mínimas. Se produce entonces una combinación de consignas de distintas épocas históricas de la humanidad que responden, todas ellas, a las actuales necesidades objetivas y subjetivas de la movilización de las masas.
Esto, que es la esencia misma de la revolución permanente y del programa de transición, lo dijo Trotsky en múltiples oportunidades:
Entre el programa mínimo y el programa máximo se establece una continuidad revolucionaria. No se trata de un solo golpe, ni de un día o de un mes, sino de toda una época histórica. [309]
Veamos otra cita:
La fórmula política marxista, en realidad, debe ser la siguiente: Explicando todos los días a las masas que el capitalismo burgués en putrefacción no deja lugar, no sólo para el mejoramiento de su situación, sino incluso para el mantenimiento del nivel de miseria habitual; planteando abiertamente ante las masas la tarea de la revolución socialista como la tarea inmediata de nuestros días; movilizando a los obreros para la toma del poder; defendiendo a las organizaciones obreras por medio de las milicias; los comunistas (o socialistas) no pierden, al mismo tiempo, ni una sola ocasión de arrancar al enemigo, en el camino, tal o cual concesión parcial o, por lo menos, impedirle re-bajar aún más el nivel de vida de los obreros. [310]
Y, para terminar con las citas, veamos ésta, donde Trotsky, refiriéndose a la revolución en los países atrasados, dice:
El mismo acto de entrar al gobierno, no como huéspedes impotentes sino como fuerza dirigente, permitirá a los representantes del proletariado quebrar los límites entre el programa mínimo y el máximo, es decir, poner el colectivismo a la orden del día. [311]
Queda claro, entonces, que todas estas consignas son, en nuestros días actuales, inmediatas. Justamente lo que tienen en común todas las consignas de nuestro programa de transición (las democráticas, las mínimas o parciales, las transicionales y las de la revolución política) es su carácter de inmediatas.
Como vemos, el hecho de que los cuatro tipos de consignas estén planteados en forma inmediata, no está determinado por fenómenos de conciencia, sino por la situación objetiva de la sociedad y por el desarrollo del movimiento de masas. Esto quiere decir que el imperialismo en descomposición trae más miseria a las masas trabajadoras y crea la necesidad de luchar contra esa miseria, poniendo al orden del día (haciendo inmediatas) las consignas mínimas y parciales. Que el imperialismo hace retroceder las conquistas democráticas que se obtuvieron en épocas anteriores, que recurre también a dictaduras fascistas o bonapartistas, y pone al orden del día (hace inmediatas) a las consignas democráticas. Que el imperialismo es el capitalismo en decadencia y es totalmente impotente para seguir haciendo avanzar a la humanidad, y pone al orden del día (hace inmediatas) a las consignas socialistas (transicionales), fundamentalmente la toma del poder por la clase obrera. Que la decadencia imperialista provoca el fenómeno de la degeneración burocrática de los organismos del movimiento de masas y de los estados obreros, y pone al orden del día (hace inmediatas) las consignas de la revolución política.
El programa de transición es justamente el programa que combina todas esas consignas para la movilización inmediata de las masas, porque es una necesidad del movimiento de masas luchar por todas esas consignas al mismo tiempo, combinándolas según la situación concreta y dirigiéndolas, todas ellas, hacia la toma del poder por la clase obrera.
Pero el hecho de que los cuatro tipos de consignas se combinen en nuestros programas y que estén todas planteadas en forma inmediata, no significa que cualquier combinación de consignas sea correcta. Para descubrir la combinación adecuada a cada situación concreta de la lucha de clases, hay que tener en cuenta dos factores: el país de que se trata (su situación económica y política) y la movilización concreta sobre la que vamos a actuar. En los países atrasados gravitan más las consignas democráticas y mínimas, y en los adelantados tienen más peso las transicionales (con la excepción de aquellos donde se dan formas bonapartistas o fascistas de gobierno, en cuyo caso las mínimas y democráticas pasan también a un primer plano). Ahora vamos a ver qué tiene que ver nuestro programa y nuestras consignas con las movilizaciones concretas sobre las que debemos actuar todos los días.
Según el fenomenólogo Germain, hay que darle fundamental importancia a las consignas transicionales, porque son las que elevan el nivel de conciencia. Según el trotskismo, hay que utilizar la consigna o la combinación de consignas adecuadas a la movilización concreta de que se trate, para desarrollarla hacia la toma del poder por la clase obrera. Porque sólo puestas en el contexto de la lucha de clases, las consignas se llenan de vida, y entonces cada consigna puede tener consecuencias dispares a las que le corresponderían por su ubicación histórica. En el desarrollo vivo de la movilización de las masas, consignas mínimas pueden tener consecuencias transicionales, y consignas transicionales pueden tener consecuencias mínimas. Es decir, de su carácter histórico, de su definición (vale decir de la necesidad del movimiento de masas que expresaban en el momento en que nacieron), no les brotan a las consignas propiedades superiores a la lucha de clases.
La movilización permanente de la clase obrera y las masas trabajadoras es la única que le da significado a las consignas y existen múltiples ejemplos de esa contradicción entre el carácter histórico de las consignas y sus consecuencias cuando se las aplica a una movilización concreta. Veamos algunos:
La consigna de paz (o la de pan) en la revolución rusa, tuvo consecuencias transicionales, vale decir, sirvió para movilizar a las masas hacia la toma del poder y la revolución socialista, porque el imperialismo en crisis no podía otorgar esas concesiones. Pero estas consignas, en sí, eran mínimas.
Lo mismo ocurre con la consigna predilecta de Germain, el control obrero. Trotsky ha señalado cómo, si éste se ejerce a través de las direcciones burocráticas, se transforma en una herramienta del régimen capitalista y no en una consigna con consecuencias transicionales. Si hay una huelga general, como la del mayo francés, y nosotros planteamos el control obrero como la consigna central de la huelga, esta se transforma en una consigna de la contrarrevolución burguesa o del reformismo burocrático. Y esto es así, porque desvía a las masas de lo que objetivamente plantea esa huelga general, que es el problema del poder, algo muy por encima del control obrero.
Tanto la consigna de control obrero como cualquier combinación táctica adecuada de consignas de poder (gobierno obrero y campesino, todo el poder a la COB, etcétera), son consignas transicionales. Pero el resultado de aplicar una u otra, en un caso como éste, no puede ser más opuesto. Germain no comprende ni la clasificación de las consignas con base en criterios objetivos, ni advierte que todas las consignas son inmediatas por las necesidades objetivas que plantea al movimiento de masas la decadencia imperialista, ni menos aún, que ese mismo criterio objetivo es el que debe prevalecer en su aplicación. El sigue con sus famosos niveles de conciencia.
Si las consignas sirven para la movilización de las masas, para acercarlas a la toma del poder, son las mejores, sea cual fuere su contenido histórico, ya que ellas se combinan con la consigna de transición fundamental: la toma del poder por el proletariado. Si sirven para distraer a las masas de esta tarea inmediata, son malas, así sean transicionales a su enésima potencia.
Ahora podemos pasar al gran problema que preocupa a Germain: el del papel de las consignas en el desarrollo del nivel de conciencia. El problema de la conciencia, es verdad, tiene una enorme importancia. Creemos que elevar el nivel de conciencia del movimiento obrero es una tarea esencial de nuestra actividad. Lo que cuestionamos es la ubicación de la conciencia en relación a la definición de las consignas y a su utilización.
¿Cuál es esa relación? Muy sencilla: se trata de que nuestras consignas tienen que partir del nivel de movilización de las masas (que expresan su conciencia inmediata de la necesidad que tienen) para tratar de elevarla a un nivel más alto de movilización (que se expresará en un nivel más alto de conciencia). Por ejemplo, si hay luchas por salarios en multitud de fábricas, debemos partir de ese nivel de movilización y de ese nivel inmediato de conciencia: necesitamos más salarios, para tratar de elevarlo a la huelga general por un aumento general. Si logramos que se dé la huelga general, ésta llevará a las I masas a un enfrentamiento de conjunto con el régimen capitalista (si éste no puede conceder dicho aumento) y creará al movimiento de masas la necesidad de una respuesta política (inevitablemente transicional), que nosotros debemos llenar con una consigna de poder, de transición.
Esto es un esquema lineal, que jamás se dará tal cual en la lucha de clases, pero nos sirve para explicarle pedagógicamente a Germain la relación directa de las consignas con el nivel de movilización de las masas e indirectamente, con su nivel inmediato de conciencia.
La conciencia de las masas se desarrolla de esa manera, aprendiendo de su propia movilización a partir de las necesidades de las que ya tiene conciencia. La etapa de decadencia imperialista y de transición al socialismo plantea como necesidad inmediata para el movimiento de masas la revolución socialista. Pero la plantea en un sentido histórico, para toda esta etapa, que va desde la Revolución Rusa hasta la victoria final de la revolución mundial. No la plantea para el comienzo de cualquier movilización en cualquier país del mundo: la plantea como necesidad para esa movilización en tanto ella se transforme en permanente. Nuestro esfuerzo debe centrarse justamente en darle un carácter permanente a las movilizaciones de las masas, por-que sólo así ellas se elevarán a la conciencia superior de que debemos tomar el poder por medio de la revolución socialista.
Sintetizando: nuestras consignas deben servir para elevar toda movilización a un nivel superior, ya que lo único que eleva la conciencia de las masas es la movilización. Este desarrollo creará la necesidad de nuevas consignas, más avanzadas, hasta llegar, en un proceso permanente, a la necesidad (y la consigna) de la toma del poder y la revolución socialista.
Intentar reemplazar este proceso objetivo (a través de la movilización permanente) de elevación del nivel de conciencia de las masas hacia la conciencia superior de que deben tomar el poder, por la propaganda (hablada, escrita o de acciones ejemplificadoras) del partido alrededor de consignas que, por sí mismas, milagrosamente, elevan el nivel de conciencia, es un delito de leso trotskismo.
El mismo Trotsky dice:
Toda tentativa de saltar por alto las etapas reales, esto es, objetivamente condicionadas en el desarrollo de las masas, significa aventurerismo político. [312]
Y ese intento (que efectivamente en Germain deviene en aventurerismo político) se hace desde el punto de vista teórico, revisando nuestro programa de transición. Este revisionismo tiene sus raíces en la permanente manía de Germain de separar lo objetivo de lo subjetivo y jerarquizar este último elemento. Así lo vimos creyendo a pie juntillas en los planes subjetivos del imperialismo o la burocracia soviética y produciendo en serie vaticinios equivocados. Así lo vimos descubriendo las bondades de un imperialismo que desarrolla las fuerzas productivas y satisface cada vez más las necesidades de las masas. Así lo vimos deduciendo que las masas no se movilizarán más por su miseria, sino por los conflictos subjetivos que les crea el capitalismo. Y así lo vemos ahora, siguiendo fatalmente con los dictados de la lógica, que es inflexible, sosteniendo que nuestro programa, sus consignas y la utilización que de ellas hacemos, nada tienen que ver con la miseria y necesidades de las masas ni con el desarrollo concreto de su movilización, sino con cuestiones de conciencia, es decir, ¡una vez más!, subjetivas.
Esto ya no es sólo el revisionismo de algunos aspectos parciales del marxismo, es el revisionismo de las bases mismas del materialismo histórico.
La teoría-programa de la revolución permanente es el eje del Programa de Transición. Tiene que ver con la movilización del movimiento de masas y con nuestros objetivos marxistas revolucionarios en relación a ella. Podemos formular esa teoría-programa muy sencillamente: movilizar a las masas permanente-mente hasta lograr, como mínimo, la sociedad socialista internacional y arrancar definitivamente todo vestigio de la sociedad de clase en todos los órdenes de la vida social. Es la máxima expresión de nuestra política.
Esta definición, tan sencilla, tiene un defecto para Germain: toma como punto de referencia la lucha de clases y el papel de nuestros partidos. Es decir, plantea cómo deben actuar! nuestros partidos en la lucha de clases para dirigir la movilización ininterrumpida de las masas hasta el triunfo definitivo de la revolución socialista. Germain tiene una definición más científica, profesional. Antes que nada le cambia el nombre: en lugar de teoría, tesis o programa como acostumbramos llamarla en el movimiento trotskista, él la denomina fórmula. Lo hace por razones profundas, y hace bien, porque para Germain la revolución permanente es una fórmula intelectual, casi química, y no una ley científica, política, de la movilización del movimiento de masas en el mundo entero.
Para Germain, la revolución permanente se aplica en los países atrasados, y no en los adelantados.
La noción total de aplicar la fórmula de la revolución permanente a los países imperialistas es extremadamente dudosa en el mejor de los casos. Puede hacerse solamente con la más completa circunspección y en la forma de una analogía. [313]
La razón que da Germain para explicar semejante afirmación es muy simple. En todos los países del mundo se dan tareas democráticas y transicionales, pero combinadas de distinta manera. Donde el peso de las democráticas es más grande que el de las transicionales, o sea en los países atrasados, se aplica la revolución permanente. Donde es mayor el peso de las transicionales, es decir en los países imperialistas, no se aplica.
Germain ha elaborado una verdadera tabla de Mendeleiev para los distintos tipos de fórmulas a aplicar en los diferentes países, pero es una tabla incompleta: mayor peso de las democráticas, revolución permanente; mayor peso de las transicionales, misterio (sólo sabemos que es extremadamente dudoso que se aplique la revolución permanente).
Ahora bien: si la revolución en los países adelantados no se rige por la fórmula de la revolución permanente, ¿por cuál otra fórmula se rige?; ¿cuál aplica Germain?; ¿la fórmula de la revolución socialista, acaso? Pero esta fórmula de la revolución socialista internacional es la fórmula de la revolución permanente; ¿o hay otra? ¿Ha descubierto Germain una nueva fórmula y es tan modesto que no quiere publicarla? La combinación de tareas democráticas y transicionales (socialistas) en la movilización de las masas de los países imperialistas, ¿bajo qué fórmula cae, compañero Germain? ¿Puede decirnos su nombre? O, si es un descubrimiento reciente, sin nombre aún, ¿tendría la bondad de explicarnos a todos sus compañeros de la Internacional, en qué consiste?
Germain explica su concepción de una forma un tanto curiosa:
Pero sería sofística sacar la conclusión de que no existen diferencias cualitativas entre las tareas combinadas que enfrenta la revolución en los países imperialistas y las de los países coloniales y semicoloniales simplemente por el incuestionable hecho de que algunas tareas de la revolución democrática burguesa continúan sin resolverse en la mayor parte de las naciones imperialistas avanzadas, o se plantean allí nuevamente, mientras todas las tareas fundamentales de la revolución continúan sin resolverse (o resueltas solamente en una forma miserablemente incompleta) en los países coloniales o semicoloniales. Trotsky subraya en el Programa de Transición que: El peso relativo de las diversas reivindicaciones democráticas y transitorias en la lucha proletaria, sus mutuas relaciones y su orden de presentación, está determinado por las condiciones peculiares y específicas de cada país atrasado y, en una considerable extensión, por el grado de su atraso. [314]
Nadie niega que hay diferencias cualitativas en las mutuas relaciones y el orden de presentación es decir, en la combinación concreta de las consignas democráticas y transicionales entre los diferentes países. Incluso podemos decir que tienen más peso las tareas democráticas en un país atrasado y las transicionales, generalmente, en una adelantado. Podemos, más aún, definir esa diferencia cualitativa diciendo que, en el país atrasado, está planteada esencialmente una revolución democrático-burguesa que se transforma en socialista, y en el país adelantado está planteada la revolución socialista que lleva a cabo importantes o fundamentales tareas democráticas. Pero decir esto último ya es peligroso, porque la verdad es que, por su dinámica de clase (es decir por la clase que la llevará a cabo tomando el poder), lo que está planteado en los países adelantados y atrasados es la revolución socialista, que lleva a cabo importantes tareas democrático-burguesas.
Lo que no podemos hacer es sacar de aquí la conclusión que saca Germain: que esto demuestra que en los países adelantados no se aplica la fórmula de la revolución permanente. No podemos decirlo, porque esta fórmula no gira alrededor del mayor o menor peso de las consignas democráticas en el proceso revolucionario de un determinado país, sino alrededor de algo mucho más sencillo: el carácter que debe tener la movilización de masas en esta etapa de transición al socialismo. Los que defienden a la revolución permanente, sostienen que es internacional y permanente; los que no la defienden, sostienen que es nacional o regional y por etapas. Y punto.
Es decir, de la diferencia cualitativa que aparece entre las combinaciones de consignas según los países, Germain saca la conclusión de que esa diferencia cualitativa hace a la esencia de la revolución permanente. Lo que está haciendo, en realidad, es descuartizar la ley de la revolución permanente en sus partes nacionales o regionales, porque no sólo hay diferencias cualitativas en la combinación de tareas entre países atrasados y adelantados; también las hay entre diferentes países imperialistas y entre diferentes países atrasados. Hay diferencias cualitativas entre la combinación de tareas que se da en Uruguay y la que se da en las colonias portuguesas (dos países atrasados); hay diferencias c ualitativas entre Alemania y Estados Unidos (dos países adelantados).
En última instancia Germain considera a la revolución permanente como el programa de la revolución nacional y democrática en los países atrasados. No la considera el programa y la ley de la revolución mundial hasta la instauración del socialismo en todo el mundo, del cual una nación es sólo una parte supeditada. Por eso no es casual que crea que hay países en los que no se aplica.
Trotsky sostenía exactamente lo contrario:
La teoría de la revolución permanente exige en la actualidad la mayor atención por parte de todo marxista, puesto que el rumbo de la lucha de clases y de la lucha ideológica ha venido a desplazar de un modo completo y definitivo la cuestión, sacándola de la esfera de los recuerdos de antiguas divergencias entre los marxistas rusos para hacerla versar sobre el carácter, el nexo interno y los métodos de la revolución internacional en general.
La revolución socialista empieza en la palestra nacional, se desarrolla en la internacional y llega a su término y remate en la mundial. Por lo tanto, la revolución socialista se convierte en permanente en un sentido nuevo y más amplio de la palabra: en el sentido de que sólo se consuma con la victoria definitiva de la nueva sociedad en todo el planeta. [315]
Como la confusión con la teoría de la revolución permanente no empieza ni terminará con Germain, el propio Trotsky se encargó de aclararla:
Con el fin de disipar el caos que cerca la teoría de la revolución permanente, es necesario que separemos las tres series de ideas aglutinadas en dicha teoría.
En primer lugar, ésta encierra el problema del tránsito de la revolución democrática a la socialista. No es otro, en el fondo, el origen histórico de la teoría.
El marxismo vulgar se creó un esquema de la evolución histórica según el cual toda sociedad burguesa conquista tarde o temprano un régimen democrático, a la sombra del cual el proletariado, aprovechándose de las condiciones creadas por la democracia, se organiza y educa poco a poco para el socialismo.
La teoría de la revolución permanente, resucitada en 1905, declaró la guerra a estas ideas, demostrando que los objetivos democráticos de las naciones burguesas atrasadas conducían, en nuestra época, a la dictadura del proletariado, y que ésta ponía a la orden del día las reivindicaciones socialistas. En esto consistía la idea central de la teoría.
Si la opinión tradicional sostenía que el camino de la dictadura del proletariado pasaba por un prolongado período de democracia, la teoría de la revolución permanente venía a proclamar que, en los países atrasados, el camino de la democracia pasaba por la dictadura del proletariado. Con ello, la democracia dejaba de ser un régimen de valor intrínseco para varias décadas y se convertía en el preludio inmediato de la revolución socialista, unidas ambas por un nexo continuo. Entre la revolución democrática y la transformación socialista de la sociedad se establecía, por lo tanto, un ritmo revolucionario permanente.
El segundo aspecto de la teoría caracteriza ya a la revolución socialista como tal. A lo largo de un período de duración indefinida y de una lucha interna constante, van transformándose todas las relaciones sociales. La sociedad sufre un proceso de metamorfosis. Y en ese proceso de transformación cada nueva etapa es consecuencia directa de la anterior. Este proceso conserva forzosamente un carácter político, o lo que es lo mismo, se desenvuelve a través del choque de los distintos grupos de la sociedad en transformación. A las explosiones de la guerra civil y de las guerras exteriores suceden los períodos de reformas pacíficas. Las revoluciones de la economía, de la técnica, de la ciencia, de la familia, de las costumbres, se desenvuelven en una compleja acción recíproca que no permite a la sociedad alcanzar el equilibrio. En esto consiste el carácter permanente de la revolución socialista como tal.
El carácter internacional de la revolución socialista, que constituye el tercer aspecto de la teoría de la revolución permanente, es consecuencia inevitable del estado actual de la economía y de la estructura social de la humanidad. El internacionalismo no es un principio abstracto, sino únicamente un reflejo teórico y político del carácter mundial de la economía, del desarrollo mundial de las fuerzas productivas y del alcance mundial de la lucha de clases.
Los ataques de los epígonos van dirigidos, aunque no con igual claridad, contra los tres aspectos de la teoría de la revolución permanente. Y no podía ser de otro modo, puesto que se trata de partes inseparables de un todo. Los epígonos separan mecánicamente la dictadura democrática de la socialista, la revolución socialista nacional de la internacional. [316]
Está suficientemente claro: para Trotsky, la revolución permanente tiene vigencia desde los países atrasados hasta los que están construyendo el socialismo. Para Germain sólo rige en los países atrasados. Pero sigamos con Trotsky:
La Cuarta Internacional no establece compartimientos estancos entre los países atrasados y los avanzados, entre las revoluciones democráticas y las socialistas. Las combina y las subordina a la lucha mundial de los oprimidos contra los opresores. Así como la única fuerza genuinamente revolucionaria de nuestra época es el proletariado internacional, el único programa con el que realmente se liquidará toda opresión social y nacional es el programa de la revolución permanente. [317]
Trotsky alerta que en su teoría hay tres partes inseparablemente conectadas en un todo, rio hace distinciones entre países adelantados y atrasados, y sostiene que el único programa es el programa de la revolución permanente. Germain separa una parte de la teoría (la que se refiere a los países atrasados), hace distinciones entre países adelantados y atrasados, y sostiene que el programa de la revolución permanente se aplica sólo a los segundos. Por eso fue necesario volver a Trotsky.
Sigamos con el argumento de Germain de que la diferente combinación de las tareas democráticas y transicionales define qué está y qué no está dentro de la fórmula de la revolución permanente. Para continuar, Germain recurre a la artillería pesada: las demandas democráticas son revolucionarias, transicionales por su peso en los países atrasados y no lo son (son, de hecho, reformistas y mínimas) en los países adelantados, porque en es-tos países el imperialismo no tiene fundamentales razones de clase que le impidan otorgarlas. Dicho en sus palabras:
En los países coloniales y semi-coloniales, las reivindicaciones democráticas tienen generalmente el peso de las reivindicaciones transitorias. Es imposible realizarlas bajo el capitalismo, al menos en su esencia colectiva. En los países imperialistas esto no es verdad. Las reivindicaciones democráticas no serán normalmente garantizadas por la burguesía imperialista decadente. Pero, desde un punto de vista orgánico, económico o social, es decir, en términos de relaciones de clase fundamentales, nada impide a la burguesía garantizarlas como mal menor, para evitar que un movimiento de masas se transforme en revolución socialista victoriosa. Orgánicamente, la burguesía nacional de un país colonial no puede resolver la cuestión agraria sin expropiarse, en gran medida, a sí misma. No hay un obstáculo fundamental de la misma naturaleza para impedir la aplicación del aborto gratuito a pedido, o de la libertad de prensa, o incluso de una ley electoral democrática en un país imperialista. En el caso de una sublevación de masas con potencial revolucionario, la burguesía imperialista puede acordar concesiones para evitar, precisamente, la expropiación.
Normalmente, el imperialismo no estuvo dispuesto a acordar la independencia nacional a Polonia; tampoco está preparado para hacerlo hoy día con Irlanda, Finlandia, o Québec. Pero en el caso de una situación prerrevolucionaria, de un ascenso pujante de las luchas obreras, de un peligro real de constitución de una república obrera en algunas de esas nacionalidades, no hay ningún interés fundamental dé clase que impida al imperialismo transformar una cualquiera de esas nacionalidades en un estado títere independiente.
Por estas razones, el peligro de que un movimiento de masas en un país imperialista basado solamente en demandas por la autodeterminación nacional sea absorbido por la burguesía, es muy real. [318]
Estos párrafos de Germain están repletos de confusiones inadmisibles. En primer lugar, ataca a un enemigo inexistente: un supuesto partido revolucionario que se limita a plantear solamente la demanda de la autodeterminación nacional en un país imperialista. Nadie plantea semejante barbaridad en nuestra Internacional, y si no es así que Germain diga quién es. Lo que se está discutiendo es si las consignas democráticas, en su combinación con las transicionales, tienen o no un gran peso en los países imperialistas. Germain dice que no y nosotros decimos que sí.
La segunda confusión es con respecto a los cambios formales y a los de fondo. Germain nos dice que si hay grandes movilizaciones de masas, el país imperialista puede concederle al país atrasado la independencia formal. Esto es totalmente cierto, pero de lo que se trata es, justamente, de lograr una verdadera liberación nacional, de fondo, no formal. Vale decir, se trata de lograr la independencia como estado soberano, económica y políticamente, y no de transformar una colonia en un estado títere independiente. La cuestión es cómo lograrlo. Nosotros no vemos otra posibilidad que no sea la instauración de la dictadura del proletariado en el país atrasado a través de la revolución obrera que cuente con el apoyo de la clase obrera del país imperialista. ¿Es así, o no, compañero Germain?
Pero hay una tercera confusión, que es la más grave. Para Germain, el imperialismo puede otorgar las demandas democráticas, ya que no hay razones orgánicas en la estructura del país imperialista que le impidan hacer concesiones mínimas de tipo democrático (aborto, libertad de prensa, etc. ). En cambio, en los países atrasados, la burguesía nacional no puede hacer ese tipo de concesiones en su esencia colectiva; por ejemplo, no puede admitir la revolución agraria. Esto es cierto, pero el compañero Germain olvida que las burguesías nacionales también pueden hacer concesiones democráticas mínimas al movimiento de masas (aborto, libertad de prensa, etc. ) porque no hay ninguna razón orgánica que les impida hacerlo. Y también olvida (y esto es lo realmente grave) que el imperialismo no puede hacer, en su esencia colectiva, la concesión democrática de liberar económicamente a todas sus colonias. Si la burguesía nacional no puede hacer la revolución agraria porque sería expropiarse a sí misma en gran medida; el imperialismo tampoco puede conceder la independencia nacional completa a los países dependientes, porque sería también expropiarse a sí mismo, y no ya en gran medida sino en forma total. Significaría que dejaría de ser imperialismo.
De este monumental olvido teórico de Germain se desprende un no menos monumental y peligrosísimo olvido político. El apoya la demanda de autodeterminación nacional aplicada a cualquier país colonial en particular, pero se olvida de esa demanda aplicada a todo el imperio. Y de allí deduce que un movimiento de masas en el país imperialista basado en la lucha por la autodeterminación nacional corre el peligro de ser absorbido por la burguesía imperialista. ¿A usted le parece, compañero Germain, que un movimiento de masas que plantea la liberación de todos los países explotados por el imperialismo puede ser absorbido por la burguesía imperialista?
La demanda de la autodeterminación nacional en todo el imperio toca directamente la estructura del régimen imperialista: no es una demanda parcial, ni formal, sino estructural. Ningún país imperialista puede otorgar el derecho a la autodeterminación nacional, económica y política a todos los países del imperio, sin dejar de ser imperialista. Hay una diferencia cualitativa entre esa demanda democrática y las otras que cita Germain. Esta demanda democrática esencial es tan importante como la nacionalización de todo el comercio exterior, la tierra y la industria del propio país imperialista. Son demandas que no pueden ser absorbidas por el régimen capitalista, como tampoco puede serlo la de la autodeterminación nacional para todo el imperio por el régimen imperialista.
Este simple problema no está ni siquiera planteado por Germain: él minimiza y parcializa la demanda por la autodeterminación nacional al país que lucha por ella, y no la generaliza como una tarea democrática estructural y fundamental para el proletariado del país imperialista.
Reconoce que los obreros del país metropolitano deben apoyar las luchas por la autodeterminación nacional, pero no dice que ellos deben no sólo apoyar, sino plantear esta tarea para todo el imperio, ni que justamente los únicos que pueden generalizarla en forma absoluta son los trabajadores de los países imperialistas.
Sin embargo, Lenin escribió volúmenes enteros explicando que una de las tareas democráticas principales del proletariado ruso era liberar las nacionalidades que sufrían el yugo imperialista del zarismo. Y es lo mismo que planteaba la Internacional comunista cuando decía:
Todos los partidos de la Internacional Comunista deben explicar constantemente a las multitudes trabajadoras la extrema importancia de la lucha contra la dominación imperialista en los países atrasados. Los partidos comunistas que actúan en los países metropolitanos deben formar ante sus comités dirigentes comisiones coloniales permanentes que trabajarán con los objetivos indicados anteriormente. Los partidos comunistas de las metrópolis deben aprovechar toda ocasión que se presente para poner en evidencia el bandidismo de la política colonial de sus gobiernos imperialistas así como de sus partidos burgueses y reformistas. [319]
Y Trotsky no sólo coincidía con esa política, sino que esbozaba una línea de acción para el futuro:
Una Europa Socialista proclamará la plena independencia de las colonias, establecerá relaciones económicas fraternales con ellas y, paso a paso, sin la menor violencia, por medio del ejemplo y la colaboración, las introducirá en una federación socialista mundial. [320]
Germain coincide, sin lugar a dudas, con la política bolchevique hacia las nacionalidades oprimidas. Pero su concepc ión del imperialismo no va más allá del imperialismo territorial, fronterizo. Basta con que se interponga un mar o un océano entre el país imperialista y la colonia o semicolonia, para que Germain piense que la tarea democrática de la liberación nacional queda casi exclusivamente en manos del proletariado del país dependiente al que, eso lo reconocemos, plantea que hay que apoyar. Ni el hecho de que la más grande movilización de masas en los últimos tiempos en los Estados Unidos haya sido originada objetivamente por la defensa de la independencia nacional de Vietnam, le hace cambiar de posición.
Germain no se da cuenta de que, si en los países atrasados la revolución democrática deviene socialista, en los imperios capitalistas la revolución socialista deviene, en un sentido, democrática, porque libera no sólo a los obreros metropolitanos, sino también a los pueblos y naciones colonizadas por ese imperialismo, lo que es una tarea democrática de primera magnitud.
Este problema no ha sido planteado a fondo en relación a los países imperialistas y, por lo tanto, no lo hemos desarrollado programáticamente aunque, como vimos, tenemos claras indicaciones para solucionarlo. La solución vendrá de responder a estas preguntas: ¿Cómo se aplica concretamente en un país imperialista la consigna democrática de la autodeterminación nacional para todas las colonias, semicolonias y países dependientes del imperialismo? ¿Cómo se realiza esta tarea antes de la toma del poder por el proletariado y después? Concretamente: ¿qué hacemos en Estados Unidos a favor de las semicolonias latinoamericanas y en Francia a favor de sus colonias y semicolonias antes y después de tomar el poder? Una consigna es la ruptura de todos los pactos colonizantes (OEA para Estados Unidos, Commonwealth para Inglaterra, OCAM y Yaounde I y II para Francia y el MCE respectivamente) y el otorgamiento de la más total y absoluta independencia.
¿Qué hacemos con las inversiones y préstamos imperialistas? Tenemos que estar por la expropiación a favor de los países coloniales y semicoloniales. Pero, ¿cómo? No podemos dárselos a las burguesías y a los terratenientes para que sigan explotando a los trabajadores. Esto plantea un programa democrático dentro del país imperialista, que tiene que tener consecuencias transicionales. Porque para evitar que la independencia nacional se transforme en nuevas cadenas para los explotados de las colonias, hay que combinar esa consigna con la de Federación de Estados Socialistas del ex-imperio, planteando que las empresas de propiedad imperialista en los países coloniales, expropiadas por el proletariado metropolitano, sean administradas por la clase obrera colonial. Es decir, tenemos que imponer el control obrero como condición fundamental, para que no sean vehículo de una nueva explotación. Si no es ésa, tendrá que ser una variante transicional parecida.
Pero lo importante de esta discusión no es esto, sino el revisionismo de Germain, que no se plantea esta consigna democrática fundamental de autodeterminación nacional de las colonias, semicolonias y países dependientes, para todo el imperio, incluyendo, en primer lugar, al proletariado del país imperialista. Y no la plantea porque él sólo la ve desde el punto de vista de un país, cuyo proletariado, aislado, lucha por ella. Pero la gran tarea democrática de destruir el imperio, de liberar a iodos los países oprimidos, ¿puede ser normalmente otorgada por el imperialismo? ¿Eso es lo que cree Germain? ¿O cree que sólo se logrará con la revolución obrera, y por ningún otro medio? Y si cree esto último, ¿no considera que las tareas democráticas de la revolución socialista en los países imperialistas son gigantescas e imposibles de lograr si el proletariado no toma el poder?
Sigamos ahora con la revolución permanente desde el punto de vista interior (por llamarlo de alguna manera) de los países adelantados.
Trotsky ha insistido mucho en la importancia de las demandas democráticas en los países adelantados. Refiriéndose a la Italia fascista y a España, lo mismo que a Alemania, no sólo destaca la importancia de estas consignas, sino incluso dice que puede haber una etapa democrática en el proceso de revolución en esos países (en España la da por hecha):
Pero, en el despertar revolucionario de las masas, las con-signas democráticas constituirán inevitablemente el primer capítulo. Aunque el proceso de la lucha no permita que se regenere el estado democrático ni por un solo día lo que es muy posible; ¡la lucha misma no puede evitar las consignas democráticas! Cualquier partido revolucionario que intente saltar esta etapa se romperá el cuello. [321] Trotsky saca esta conclusión con base en el análisis de que la existencia del imperialismo hace retroceder a la humanidad. En Alemania no hubo ni hay dictadura proletaria, pero sí hay una dictadura fascista; Alemania retrocedió inclusive de las conquistas de la democracia burguesa. En tales condiciones, renunciar de antemano a las consignas democráticas y al parlamentarismo burgués significa allanarle el camino a la regeneración de la socialdemocracia. [322]
Pero este planteamiento de Trotsky no es exclusivamente para los países fascistas. Algo muy parecido plantea para Estados Unidos, comparándolo con la Italia fascista y la etapa democrática de la Revolución Rusa: ¿Es forzoso que Norteamérica atraviese una época de reformismo social? El proyecto plantea la pregunta y contesta que todavía no se puede dar una respuesta definitiva, pero que en gran medida depende del Partido Comunista. Eso es correcto en general, pero no basta. Aquí recurrimos una vez más a las leyes del desarrollo desigual y combinado. En Rusia se usaba el argumento de que el proletariado no había pasado aún por la escuela democrática, que en definitiva podría conducirlo a la toma del poder, para refutar la revolución permanente y la toma del poder por el proletariado. Pero el proletariado ruso atravesó el período democrático en el curso de ocho meses, de once a doce años si contamos desde la época de la Duma. En Inglaterra ya lleva siglos y en Norteamérica este sucio embrollo ya dura bastante. La desigualdad también se expresa en que las distintas etapas no son combinadas sino recorridas muy rápidamente, como ocurrió con la etapa democrática en Rusia.
Podemos suponer que cuando caiga el fascismo en Italia la primera oleada que lo seguirá será democrática. Pero sólo podría durar unos meses, no años.
Puesto que el proletariado norteamericano, en tanto que proletariado no ha librado grandes luchas democráticas, ya que no ha combatido por la legislación social, por estar sometido a presiones económicas y políticas crecientes, es de suponer que la fase democrática de la lucha requerirá un cierto tiempo. Tal vez no será como en Europa, una época que duró décadas: más bien, quizás, un período de años o, si los acontecimientos se desarrollan con ritmo febril, de meses. Hay que aclarar el problema del ritmo, y también debemos reconocer que la etapa democrática no es inevitable. No podemos predecir si la próxima etapa obrera comenzará el año que viene, dentro de tres años, de cinco años, o tal vez de diez años. Pero sí afirmar con certeza que, apenas el proletariado norteamericano se constituya en partido independiente, aunque al principio lo haga bajo una bandera democrático-reformista, atravesará esta etapa con bastante rapidez. [323]
Todo esto fue resumido por Trotsky en Tareas y Métodos de la Oposición de Izquierda Internacional (diciembre de 1932), donde codificaba la esencia del marxismo contemporáneo:
Reconocimiento de la necesidad de movilizar a las masas mediante consignas transicionales que correspondan a la situación concreta de cada país y, en particular, mediante consignas democráticas cuando se trate de luchar contra las relaciones feudales, la opresión nacional o la dictadura imperialista descarada en sus diversas variantes (fascismo, bonapartismo, etcétera). [324]
Es decir qué para Trotsky las consignas democráticas ponen un signo igual entre casi todos los países imperialistas (los que tienen abiertas dictaduras bonapartistas, fascistas, etc. ) y los países atrasados (los que tienen relaciones feudales u opresión nacional).
Los compañeros de la mayoría plantean que en Europa se está llegando, o ya se llegó, a regímenes fuertes, bonapartistas o semi-bonapartistas. Según Trotsky, eso significa que hay que luchar particularmente por consignas democráticas. Pero Germain, al dividir los países como lo hace, elimina la importancia fundamental que este tipo de consignas tiene en los países adelantados.
La combinación de etapas y tareas, también se da en la URSS, y también allí tienen gran importancia las consignas democráticas y mínimas. La lucha por la autodeterminación de Ucrania, bajo la consigna Por una Ucrania independiente y soviética, que podemos ampliar con adecuaciones tácticas a todos los países del Este de Europa, plantea la relación entre esta tarea y consigna democrática fundamental y la revolución política. Pero aun si estuviéramos bajo un estado obrero normal, estarán planteadas combinaciones de tareas, uno de los rasgos fundamentales de la revolución permanente. Y lo que es más importante, se daría en todo su esplendor la fórmula de la revolución permanente, ya que estaríamos a punto de lograr que se transforme en realidad el objetivo central de nuestro programa: la movilización en permanencia de los trabajadores.
Esta discusión teórica contra el revisionismo germainista tiene profundas y decisivas consecuencias prácticas para la vida de todas nuestras secciones. No es por casualidad que el documento europeo de la mayoría no plantee como una de nuestras tareas básicas en Europa la tarea democrático burguesa de la unidad alemana, quizás la más importante que deben encarar nuestra sección alemana, nuestras secciones europeas y el proletariado europeo en su conjunto. Esta tarea nos la plantea la decadencia imperialista, porque la burguesía alemana ya había conseguido la unidad. Sin Austria, pero la había conseguido. El imperialismo, junto con la burocracia, ha hecho retroceder a Alemania en esta gigantesca tarea histórica a más de un siglo atrás. Pero Germain no plantea la necesidad de esta tarea porque seguramente pensará que, como es democrática, el imperialismo podrá resolverla sin ningún impedimento orgánico, económico y social. Si para ello es necesario que Alemania esté al borde de transformarse en una república obrera, a caballo de una mo vilización de masas tras la consigna democrática de la unidad alemana, y nosotros no hemos levantado esa consigna, mediremos en carne propia los resultados catastróficos del revisionismo ger